«La Petite Danseuse de quatorze ans»

   Es una de las grandes obras de Degas y, sin duda alguna, su escultura más famosa, y, sin embargo, es muy poco lo que sabemos a ciencia cierta sobre Marie Geneviève Van Goethem, la muchacha que trabajó de modelo durante horas y horas a solas con el artista, y a la que algún tiempo después le perdemos la pista definitivamente.

   La periodista Asunción Serena, corresponsal en París, tiene la clave de su accidentada existencia.

Degas: La increíble y triste historia de la «Pequeña rata»

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La carne


   Güendy solo quería bailar, pero su padrastro se encerraba con ella en el baño cada vez que su madre no estaba. Su padrastro era un hombre despótico. Enorme, desmañado y cruel, era El buey desollado de Rembrandt.

   –Croisé derecho al frente. Paso a la derecha en uno, brazo en dos, seguido por un plié tendu. Tres, cuatro. Vamos, por grupos. Otra vez.

   Güendy acababa de cumplir trece años; y seguía siendo una niña, con su tez mestiza y los ojos azules, y un cabello indomable, rizado y largo, que flotaba en el aire en los giros y las contorsiones.

   –Sonrisa, ¡y pensad! Pensamos en lo que hacemos. En los brazos… las piernas… en la punta de los dedos. ¿Qué estás haciendo?, ¡no mires al suelo! ¡Ligera, ligera! Ahora arriba al descender. En círculo, brazo abierto a un lado… y volvemos a cinco.

   Ella solo quería bailar. Vivir toda su vida en uno de esos cuadros llenos de muchachas que se ajustan las cintas de las zapatillas, sentadas en las grandes manchas doradas de los ventanales, que se reflejan en los espejos poniéndose, quitándose las horquillas, arreglándose el moño, mientras la profesora corrige y manda repetir con voz de urraca los ejercicios de barra.

   Faltaban cinco minutos para que terminara la clase del jueves. Los jueves su madre tenía turno de noche, y su padrastro la esperaba en casa para cenar e irse a la cama. Güendy se mordía nerviosa el labio, levantando continuamente la vista para mirar la hora. Tres minutos. Hizo una pirueta doble sobre el pie derecho en punta. Dio algunos pasos rápidos a través de la sala, revoloteando, y de un salto, igual que una mariposa de alas blancas, salió por la ventana.


 

El sastrecillo


   Mientras el sastre forcejeaba en su banco de trabajo con un penacho de plumas de guacamayo, y bufaba y se tiraba de los pelos por culpa de los uniformes de la Guardia Republicana, rebosantes de medallas repujadas, de galones de colores y un sinfín de escarapelas, un niño de cuatro o cinco años, sentado en el suelo, jugaba con la lluvia de recortes que caía de la mesa a cada rato. Trabajaba con ahínco, igual que su padre. Imitaba sin darse cuenta sus guiños, sus trazas, los ademanes, cómo fruncía el ceño, de qué manera se rascaba la barba. Comparaba con gesto de entendido los distintos géneros, las hechuras y el corte; y sólo al cabo de un examen riguroso decidía en qué parte del disfraz iba a convertirse aquel trozo de almazuela, de tafetán o de encaje.

   ¡A formar!, le ordenó de repente a un fantoche de madera que había a su lado. El muñeco no dijo nada, ni siquiera despegó los labios. ¿Y para qué iba a hacerlo, si no levantaba ni dos palmos del suelo? El sastrecillo cogió un retal, un pedazo de brocado que parecía de plata. Primero lo vestiría de general, se dijo para sus adentros, quizás de dictador, puede que incluso de Henri I Christophe; después ya se vería. Comenzó a desnudarlo. Le quitó el pañuelo de la cabeza, el chaleco y la camisola con chorreras, también el fajín, los calzones bombachos, y sustituyó por un sable de aguja el alfanje otomano. El muñeco suspiraba, ¡con lo bien que había empezado el día! Y pensaba en el escaparate, aquella misma mañana, cuando los rayos del sol hacían reverberar con una gracia infinita sus galas de bufón arlequinado.

   El sastrecillo acabó pronto su tarea. Contempló su creación, le dio la vuelta, ajustó la pose, le movió los brazos; el resultado, desde luego, no podía ser más convincente. Quién hubiera podido pensar que aquel militar distinguido, dotado de un coraje sin par, que aquel tirador triunfante al que los poetas saludarían como el Gran Libertador de la Patria, fuera sólo unos minutos antes el andrajoso y taimado Davy Bones Patchwork, ¡valiente granuja! El rey de los piratas, los corsarios y los canallas más rastreros entre Punta Pespunte y la Bahía de los Tiburones de Trapo. Resbaló entonces de la mesa un recorte de tela blanca y vaporosa, que comenzó a aletear en el aire y fue cayendo poco a poco, igual que una paloma al descender desde el cielo. El niño lo atrapó al vuelo, y casi antes de cogerlo ya intuía qué uso darle. En menos de lo que canta un gallo el muñeco se había vestido y desvestido tantas veces como un cómico ambulante. Había sido César y Alejandro, sir Lancelot, el caballero del Lago, Porfirio Díaz y Costuritas, el torero más famoso de la época.

   Ahora, se dijo el sastrecillo, rascándose la barbilla, ¿por qué no disfrazarlo de Papa?


 

¡Aúpa, Echeveste!


   Levanta los brazos en señal de victoria cuando ve el cartel de cincuenta metros para la meta. Después de casi dos horas de carrera en solitario quiere disfrutar del momento. Ha sido una etapa muy dura, seguramente la más sufrida, la peor que recuerda; tiene el culo como el cráter del Vesubio y la vejiga a rebosar desde hace quince kilómetros, pero el sacrificio ha valido la pena. El ataque tras coronar el primer puerto de la jornada, con el asfalto mojado todavía por la lluvia de la madrugada, bajando a tumba abierta y asomándose al balcón de cada precipicio, apretando los dientes al cruzar un banco de niebla y acelerando al salir, curva tras curva.

   Abre una lata de cerveza para celebrarlo –la undécima, la duodécima… la mesa parece el skyline de la isla de Manhattan– y otra bolsa de Doritos tamaño extragrande, mientras por la tele Ultra HD de 65 pulgadas va desfilando un rosario de ciclistas con la boca abierta y el rostro desencajado, y a continuación repiten a cámara lenta la llegada del ganador, superponiendo la clasificación de la etapa sobre un paisaje nevado. Tres minutos y cuarenta segundos después aparece McJohnkins, el americano, jefe de filas del Ammonia Head, que en las rampas más pronunciadas de Plateau de Beille se ha descolgado del grupo de cabeza y ha dicho adiós al maillot de líder.

   –¡Jódete, capullo! –gruñe Echeveste, dirigiéndole una peineta a la tele–, ¡puto drogata!

   Apura la cerveza de un trago y suelta un eructo, y levantándose pesadamente del sofá, «¡aúpa, Echeveste!», se dice, rascándose la barriga.

   –¡Uf!, tengo las pelotas en carne viva… me voy a mear.


 

Todo lo que sube


   Había una urraca frente a ella, dando saltitos sobre el tablado, con la capucha negra de la cabeza y las plumas azul metálico de la cola. Recordó cuando era niña, los jardines del palacio de Schönbrunn, cómo corría persiguiendo a los gansos, cómo se caía y rodaba por la hierba, gritando, riéndose, salpicando agua a sus caniches en la orilla del estanque, mientras su preceptor, el abad de Vermond, la amonestaba inútilmente. ¡Valiente entrometido!, ¡ese viejo cascarrabias!, ¡aquella panza con peluca! Le señalaba el cielo con un gesto admonitorio, estaba anocheciendo, y le reprochaba que hubiera vuelto a descuidar sus lecturas, el estudio concienzudo de Lactancio, que se quedaba otra vez para mañana, y las fábulas comentadas de Monsieur de La Fontaine.

   El chasquido de un mecanismo, ¡clonc!, y la urraca que salió volando, espantada por los gritos de la muchedumbre, pour la liberté!, vive la Révolution!, cuando la cabeza de María Antonieta cayó rebotando dentro del cesto de mimbre como un atadijo de ropa.


 

La 3ª dimensión. Caso práctico


   Dado un punto en un plano. Llamamos a ese punto José Antonio Corominas. José Antonio Corominas es un niño aplicado, que ha heredado cierto aire de besugo de su padre, el conserje José Antonio –también llamado el conserje Cuatro Ojos en el colegio de los Padres Escolapios–. Hoy es el primer día que el niño José Antonio va solo a la iglesia. Su madre le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que mirar a derecha e izquierda. Su abuela le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que mirar a derecha e izquierda. El kiosquero gordo de la esquina le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que comprarle una bolsa de almendras garrapiñadas, y que luego, si quiere, puede mirar a derecha e izquierda… y hasta debajo de los bancos. José Antonio es un niño obediente, con el pelo repeinado y sus 80 céntimos de almendras abultándole el bolsillo. Cuando va a cruzar la calle, mira hacia la derecha, mira hacia la izquierda, y le cae un tiesto en la cabeza.


 

El espíritu de la fiesta


   Soy una riada de mozos que culebrea por la calle Mercaderes. Napoleón, Caravinagre, Toko-Toko, los kilikis. Soy la charanga cuando pasa por la plaza del Castillo. Los tambores y los txistus. El bullicio, los dantzaris. Hemingway grita, ¡bravo!, ¡bravo!, asomado a un balcón de Estafeta. Los irrintzis, los gaiteros. Soy el bacalao al ajoarriero. Un grupo de muchachas vestidas de roncalesas. Las voces graves del Agur Jaunak, que llenan la Navarrería. Soy el maestro Turrillas y las dianas de «la Pamplonesa». ¡A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición! Un estallido. ¡Vamos!, ¡vamos! Se oyen voces, ¡viva San Fermín!, cánticos, gora San Fermin! Se abren las puertas de los corrales. Los pastores agitan las varas. Los mozos, ansiosos, impolutos, vestidos de blanco y rojo, se aprietan, se empujan y corren por la cuesta de Santo Domingo. Soy zaíno, bragado –resuenan los cencerros de los cabestros–. Soy el toro, y salgo.


Fin de la historia


   Cuando Blancanieves se despertó de la siesta, el bosque donde los enanitos tenían su cabaña era un gimnasio, un McDonald’s, una montaña rusa gigante, tres mil plazas de aparcamiento para coches, motos, bicicletas, minusválidos, y siete plantas de centro comercial.