Veleros de papel


Había una vez un náufrago que no quería salir de su isla. Cuando una goleta llegaba a la costa, él sólo pedía, si era posible, que le dejasen algunas botellas vacías y las hojas de papel que ya no empleasen. Si un grumete curioso le preguntaba que por qué no quería embarcarse, volver a Venecia o a Roma, él se encogía de hombros, como pidiendo paciencia con un viejo chiflado, y le hablaba de un babuino que vio una vez en una taberna, sentado en un rincón sobre una barrica; un mono curioso, tocado con un fez lleno de parches, que fumaba en una pipa de caña como si no hubiera otra cosa mejor en el mundo. Hacía anillos y nubes de humo, y los observaba flotar y desvanecerse mientras su amo bebía y gruñía, buscando pelea.

–Yo, mio caro pirata, me dedico a escribir lo que voy discurriendo –sonreía, trazando formas absurdas con un palito en la playa–. Lleno el papel de tachones, lo emborrono de espirales y garabatos, ¿has visto el vuelo de una libélula, o los saltitos que dan las urracas? Luego hago un barquito y lo suelto en el mar.

Los marineros volvían al barco; y mientras partían, él les decía adiós con la mano. «Addio, figlioli!, tanti saluti!» Y seguía haciéndolo hasta que la última bandera azul y doraba ondeaba más allá del horizonte, siempre con la misma sonrisa sin dientes.

–Vivo sin tener que vestirme, tengo fruta, agua dulce; por las noches me tumbo en la arena templada y contemplo la luna. Veo cómo las estrellas avanzan como un millar de tortugas buscando las olas, el canturreo regular del océano. Más tarde, me quedo dormido.

»¿Dónde, en Venecia o en Roma, podría hacer lo que hago?

 

DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ ©

Si te ha gustado este relato, Un ciervo en la carretera te va a encantar.

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Todo lo que sube


   Había una urraca frente a ella, dando saltitos sobre el tablado, con la capucha negra de la cabeza y las plumas azul metálico de la cola. Recordó cuando era niña, los jardines del palacio de Schönbrunn, cómo corría persiguiendo a los gansos, cómo se caía y rodaba por la hierba, gritando, riéndose, salpicando agua a sus caniches en la orilla del estanque, mientras su preceptor, el abad de Vermond, la amonestaba inútilmente. ¡Valiente entrometido!, ¡ese viejo cascarrabias!, ¡aquella panza con peluca! Le señalaba el cielo con un gesto admonitorio, estaba anocheciendo, y le reprochaba que hubiera vuelto a descuidar sus lecturas, el estudio concienzudo de Lactancio, que se quedaba otra vez para mañana, y las fábulas comentadas de Monsieur de La Fontaine.

   El chasquido de un mecanismo, ¡clonc!, y la urraca que salió volando, espantada por los gritos de la muchedumbre, pour la liberté!, vive la Révolution!, cuando la cabeza de María Antonieta cayó rebotando dentro del cesto de mimbre como un atadijo de ropa.


 

MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA. 1864. CUSTER SE ENCIENDE UNA PIPA SENTADO EN SU MECEDORA JUNTO A LA CHIMENEA Y, CUANDO SU ESPOSA NO MIRA, SE HURGA EN LA NARIZ CON DISIMULO.


Como decía el general Custer, «el único indio bueno es el indio… oye, Libbie, ¿cómo dices que se llaman estos zapatos? ¿Mocaqué? ¿Que si son cómodos? ¡La madre del pato! Cómodos no, lo siguiente. Parece que estés andando sobre una alfombra de piel de bisonte. Mocasines, ¿eh? ¿Y a quién dices que se los has comprado?»


Custer - 2

Fin de la historia


   Cuando Blancanieves se despertó de la siesta, el bosque donde los enanitos tenían su cabaña era un gimnasio, un McDonald’s, una montaña rusa gigante, tres mil plazas de aparcamiento para coches, motos, bicicletas, minusválidos, y siete plantas de centro comercial.


Olvido


Mi hermana chillaba todas las noches como si la estuvieran ahogando; chillaba y pataleaba en la cama y no me dejaba dormir. Cuando mi madre entraba en el cuarto, yo me escurría entre las sábanas mientras mi hermana tosía y tosía e intentaba recuperar el aliento. Ahora mi madre tiene alzhéimer y está en una residencia. Los fines de semana paso algún rato con ella. Le hablo de la vida, y a veces de mi hermana, de cuando éramos crías. Entonces ella se crispa, igual que si le hubiera pinchado con un alfiler; se vuelve hacia mí y me observa con sus ojuelos grisáceos.

–Olvido, hija mía –me dice, muy seria, con voz temblorosa–. Tú nunca tuviste una hermana.


 

La carne


   Güendy solo quería bailar, pero su padrastro se encerraba con ella en el baño cada vez que su madre no estaba. Su padrastro era un hombre despótico. Enorme, desmañado y cruel, era El buey desollado de Rembrandt.

   –Croisé derecho al frente. Paso a la derecha en uno, brazo en dos, seguido por un plié tendu. Tres, cuatro. Vamos, por grupos. Otra vez.

   Güendy acababa de cumplir trece años; y seguía siendo una niña, con su tez mestiza y los ojos azules, y un cabello indomable, rizado y largo, que flotaba en el aire en los giros y las contorsiones.

   –Sonrisa, ¡y pensad! Pensamos en lo que hacemos. En los brazos… las piernas… en la punta de los dedos. ¿Qué estás haciendo?, ¡no mires al suelo! ¡Ligera, ligera! Ahora arriba al descender. En círculo, brazo abierto a un lado… y volvemos a cinco.

   Ella solo quería bailar. Vivir toda su vida en uno de esos cuadros llenos de muchachas que se ajustan las cintas de las zapatillas, sentadas en las grandes manchas doradas de los ventanales, que se reflejan en los espejos poniéndose, quitándose las horquillas, arreglándose el moño, mientras la profesora corrige y manda repetir con voz de urraca los ejercicios de barra.

   Faltaban cinco minutos para que terminara la clase del jueves. Los jueves su madre tenía turno de noche, y su padrastro la esperaba en casa para cenar e irse a la cama. Güendy se mordía nerviosa el labio, levantando continuamente la vista para mirar la hora. Tres minutos. Hizo una pirueta doble sobre el pie derecho en punta. Dio algunos pasos rápidos a través de la sala, revoloteando, y de un salto, igual que una mariposa de alas blancas, salió por la ventana.


 

La 3ª dimensión. Caso práctico


   Dado un punto en un plano. Llamamos a ese punto José Antonio Corominas. José Antonio Corominas es un niño aplicado, que ha heredado cierto aire de besugo de su padre, el conserje José Antonio –también llamado el conserje Cuatro Ojos en el colegio de los Padres Escolapios–. Hoy es el primer día que el niño José Antonio va solo a la iglesia. Su madre le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que mirar a derecha e izquierda. Su abuela le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que mirar a derecha e izquierda. El kiosquero gordo de la esquina le ha dicho que, antes de cruzar la calle, tiene que comprarle una bolsa de almendras garrapiñadas, y que luego, si quiere, puede mirar a derecha e izquierda… y hasta debajo de los bancos. José Antonio es un niño obediente, con el pelo repeinado y sus 80 céntimos de almendras abultándole el bolsillo. Cuando va a cruzar la calle, mira hacia la derecha, mira hacia la izquierda, y le cae un tiesto en la cabeza.


 

Jorge y el dragón


El dragón sale de la cueva andando lentamente, apoyándose en las alas como si fuera un murciélago, solo que un murciélago de un tamaño monstruoso; es una bestia terrible, cubierta de escamas, con una cresta de púas que va del pescuezo hasta la cola y garras negras y afiladas. El caballero lleva varios días aguardando, él solo en medio de una llanura descarnada, un secarral salpicado de rocas, sin desfallecer en ningún momento. Cuando el dragón lo ve, infla el pecho como si fuera una caldera, parece que vaya a explotar; abre su boca de anaconda y…

–¡Jorge, hijo!, ¿qué haces ahí como un pasmarote?

El niño contempla la iglesia románica a través de las rejas, los muros de sillería, el ciprés junto a la entrada. Cada vez que atraviesa con su madre la plaza de san Pedro, se queda rezagado. No puede evitarlo. Se imagina entonces que es un caballero andante; viste la armadura de san Jorge y, con una longaniza a modo de espada, combate con un dragón de fauces llameantes.

–Trae aquí la longaniza, anda, y ayúdame con la compra.

Jorge no tiene más que tres o cuatro años. Mira a su madre, el carro rebosante, las hojas de borraja, la malla de patatas que asoma por un lado.

–¡Jolín, mamá! –exclama desolado, encogiéndose de hombros–, ¿es que no ves que aún no lo he morido?

Dragón - 2

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Ariadna


El 5 de abril de 1973, tres días antes de que muriese Picasso, el director italiano Federico Fellini anotaba en su «cuaderno de sueños»:

«… Levanté la vista al oír el ruido de una persiana. Una muchacha de torso desnudo se asomaba al alféizar abrazándose los pechos. Me vio y sonrió, sin dejar por eso de recoger la ropa tendida; y su sonrisa fue para mí como una bendición, como una rosa fragante. Como si me hubieran lanzado una rosa recién cortada fresca aún de rocío.

»El ruido de la persiana al caer me sacó de mi ensimismamiento. Cuando me disponía a seguir adelante por las calles desiertas de Roma, me di cuenta de que Pablo había desaparecido».


Fellini - 5

Estofado de Barbastro a la trufa con alcachofas


Hoy vamos a preparar una receta del Alto Aragón rica, rica y, sobre todo, cargada de historia. Lo primero, nos lavamos las manos y desplegamos un mapa medieval del Somontano. Los ingredientes son de la tierra y el papa tendrá que ser de temporada; no vale el obispo de Gerona ni la thermomix, que es muy útil para muchas cosas, pero que todavía no redacta bulas de cruzada. Limpiamos bien y separamos a los infanzones de Urgel de los de la Ribagorza, que no casan bien juntos, y los distribuimos alrededor de Barbastro. Ponemos la ciudad al fuego y, mientras se hace, vamos añadiendo con las catapultas la trufa y la zanahoria, las alcachofas, cortadas en dos mitades, y los picatostes. Cocinamos a fuego lento durante cuarenta días, hasta primeros de agosto, y entonces echamos a los soldados –los borgoñones, los aquitanos, los italo-normandos–, todos bien especiados; añadimos una ramita de tomillo y nos servimos una copa de hidromiel para brindar por la toma del arrabal. Y ya sólo queda que el guiso repose entre diez y quince minutos para que se impregnen bien los sabores; un pellizco de sal por aquí y otro poco de azafrán, y, como diría el abad Le Sanglier, caudillo de los mercenarios de Champaña, et voilà!, le hincamos el diente a Barbastro.


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