La gota que colma el vaso


         –Mira, Laia, es que no sé qué hacer. Me acuerdo al principio, cuando íbamos al monte los fines de semana, a Collserola, al Tibidabo, qué manera de correr entre los árboles, qué energía, trepando por los senderos que picaban hacia arriba; era para verlo, siempre él el primero, abriendo camino. Y ahora, ya ves. Se pasa el día entero durmiendo en el sofá, parece un trapo viejo, o en una butaca pegada al radiador. No puedo llevarlo a ninguna parte. Si lo saco a pasear por la playa, a los cinco minutos da pena verlo, con la lengua fuera y los ojos llenos de lágrimas. –Junta las manos con vehemencia, las separa, las agita como si estuviera espantado una mosca–. Y mejor no hablar de irnos de casa y que se quede él solo. Si salimos dos o tres días, ya estamos llamando a tu tía para que se acerque a echarle un vistazo, a comprobar que todo está bien, que aún tiene comida. Y esto, lo último, collons! Esto ya, mira, Laia, esto ya es la gota que colma el vaso. Vas por el pasillo y pisas un charco, y a fregar, a limpiarlo todo, o de repente se ahoga, empieza a toser y vomita en la alfombra, o en la colcha de la cama, y venga a poner lavadoras. De un tiempo a esta parte todo son preocupaciones. Hay que ir detrás de él continuamente. Se mea en la entrada, en cualquier parte, o deja por ahí escondida alguna sorpresa, como el día que se hizo sus cosas debajo de la mesa, y ¡puf!, cómo olía, cuando estuvieron aquí el Quim y la Maite, quina vergonya! Y así todos los días. Cuando no se asfixia, te despierta aullando a las tantas de la madrugada. Yo es que no puedo más, Laia. ¿Qué quieres que haga? Esto a mí me supera. Mira, le damos la pastilla, así no se puede estar, ni él ni nosotros. Le damos la pastilla y que descanse, el pobre, es lo mejor para todos, lo más humano; o lo llevamos un día al campo, lejos, como si nos fuéramos de excursión, al Montseny, a la Garrocha, y lo dejamos a sus anchas, que corra si quiere, o que se tumbe a la bartola. Lo dejamos en libertad, él solo, y que sea lo que Dios quiera.

          Hay un silencio.

         –Caray, Oriol –Laia traga saliva, no sabe muy bien qué decir–, que no és un gos, el senyor Nicolau, que es el teu pare…

          Oriol se enciende un cigarrillo, el tercero en poco rato.

          –Entonces, ¿qué? Mejor lo llevamos al campo, ¿no?


Diada - 1

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Jaque a la reina


 

Porque esta vida no es,

como probaros espero,

más que un difuso tablero

de complicado ajedrez.

Omar Jayam

 

–Su Eminencia me pone en un compromiso –suspiró doña Isabel, mirando al cardenal de soslayo.

–No más que los moros granadinos, y bien que vais saliendo airosa…

La reina no dijo nada. Situó la torre blanca junto al rey, fuera ya de peligro, y aprovechó el siguiente movimiento para protegerse con la dama. Las espadas estaban en todo lo alto. Dirigidos con tesón y una pizca de malicia, los peones avanzaban, se trababan, las figuras se plantaban en el frente de batalla; y en este juego de posiciones, intenciones y suspicacias, el cardenal Mendoza se manejaba como pez en el agua.

–No os enroquéis, mi señora –era un hombre resuelto, de fe y de espada, al que no le gustaba perder la iniciativa–. Don Cristóbal es un marino capaz, que sabrá llevar a buen puerto los pendones de Castilla.

La empresa de Colón estaba sobre el tablero. El cardenal se afanaba, atacaba sin tregua. Intentaba convencer a la reina para que financiara el proyecto de las Indias. Aventuró un peón, que perdió a las primeras de cambio; así y todo, cabalgaba a rienda suelta y no se daba por vencido. Don Pedro González de Mendoza, canciller mayor de Castilla y gran cardenal de España, no tenía tiempo para florituras. Encaraba a su oponente a campo abierto, sin circunloquios. Aguijaba lanza en ristre sin pensárselo dos veces. Sus figuras se lanzaban tras las líneas enemigas y, antes de ser abatidas, se sacudían a diestro y siniestro como una rata en un saco.

Un viejo músico de tez oscura, con rostro de pergamino, turbante y chilaba, rasgueaba las cuerdas de un laúd sentado al amor del fuego. Las pulsaba con delicadeza, con los ojos cerrados. Abría la boca y en sus coplillas se mezclaba el perfume de las rosas y los limoneros, la llamada a la oración del almuédano con el aroma del narciso y el incienso, el trazo infinito de la profesión de fe sarracena –la ilaha ila allah–, en alabastro blanco y rojo almagre, con la flor de la canela, el jazmín y el clavo. Su voz llenaba la estancia. Era triste y profunda, parecía deslizarse como un hilo de plata y acompasar el ir y venir de los camareros, sus vueltas y revueltas sobre las alfombras de intrincada geometría persa. Cuando la música cesaba, mientras el viejo paladeaba un sorbito de moscatel entre una canción y otra, podía sentirse el crepitar de los leños en la gran chimenea de mármol. Los sirvientes se apresuraban entonces. Atizaban el fuego, llenaban las copas vacías, ofrecían con sumisa deferencia alfajores y arropes, tortas de miel, higos, pasas, pistachos.

Don Pedro se acarició la barbilla, indeciso. Los caminos del Señor son inescrutables, pensaba. Su mirada, al recorrer el tablero, era la del zorro cuando ronda un gallinero. Se dio cuenta de que los costados estaban bien pertrechados y vigilados, a distancia de diagonal, por la dama blanca. Consideró despacio sus posibilidades, así como los distintos modos que tenía para cargar con sus tropas, y llegó a la conclusión de que sólo si insistía por el centro sería capaz de sortear las defensas de la reina y adentrarse sin mayores complicaciones en los dominios del rey.

–Dos Cristóbal, os lo puedo asegurar a fe de prelado y vasallo vuestro –dijo, moviendo el alfil–, es un varón de gran ánimo y esforzado. Las derrotas que ha trazado para surcar la mar Océana no las habían ideado ni los cartógrafos de más lustre.

El cardenal venía con la espada desnuda en la mano, igual que su bisabuelo en la batalla de Aljubarrota[1]. Picó espuelas de nuevo y, encomendándose a san Jorge, patrón de los caballeros, arremetió con la convicción de un ariete contra el cuerpo de peones.

–Su Majestad haría bien en recibirle –añadió, desplazando la torre por su columna–. Hablé con él por Pentecostés, si mal no recuerdo. Es un orador notable, como vos sabéis, y muy elocuente… ¡ejm! Me hizo pensar en el sermón de san Pedro, cuando se dirige a la muchedumbre y clama: «Hombres de Israel, oíd estas palabras: sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días de incertidumbre derramaré el Espíritu del Señor, y ellos profetizarán».

Se oyó de repente el rumor mal reprimido de una carcajada. A un lado de la estancia, sentadas en media docena de sillas y con las cabezas tan juntas que parecían cebollas, las damas de la reina cosían y parloteaban, tejían e hilvanaban sus hablillas, sus enredos y patrañas, entre risas deshilachadas. Doña Isabel se volvió hacia ellas y las contempló con el ceño fruncido. Durante un instante dio la impresión de que fuera a sermonearlas o, como poco, a censurar su conducta; pero pasó el rato, la reina apuntó algo en un cuadernillo que llevaba con aspecto de breviario –«Es vuestro turno», musitó, tras corregir la posición de un caballo–, y volvió a sumirse en el juego.

El cardenal no replicó, o al menos no lo hizo de inmediato.

–La vida de don Cristóbal… –comenzó a decir, aunque pronto se quedó sin ideas y con la frase a medias.

Se frotó los ojos, que ya volvían a llorarle. Si continuaba forzándolos de esa manera, no tardarían en arderle como ascuas. «La vida de don Cristóbal…», repetía en voz baja, casi para su coleto. Lo repitió un par de veces, mientras se estrujaba el pensamiento con la terca minuciosidad de la piedra de un molino. «La vida de don Cristóbal…», mascullaba, con voz ronca. Los rasgos se le afilaban a causa de la concentración y, más que hablar, parecía que estuviera masticando las palabras con las muelas. Don Pedro tamborileaba sobre la mesa, incapaz de reprimir la impaciencia. Tenía cierta ventaja posicional –al menos en apariencia– y conservaba mayor número de piezas. Las huestes de la reina, sin embargo, lejos de doblar la rodilla, habían sabido replegarse y hacerse fuertes alrededor de sus figuras. Sus peones se sucedían y reforzaban mutuamente, ocupaban buena parte del eje de la vanguardia y convertían la conquista de cada casilla en una lenta y penosa sucesión de escaramuzas.

El cardenal carraspeó.

–La vida de don Cristóbal… –volvió a comenzar, con tono inseguro–, ¡ejm!, tiene trazas, desde luego, y guarda alguna semejanza con la vida del profeta Jonás. La corte portuguesa lo tacha injustamente de f-fanático, en nuestra tierra se le niega el pan y la sal y él, a pesar de todo, porfía y no se rinde, como si… ¡ejm!, como si el Espíritu del Señor le hubiera revelado el itinerario hacia el Catay y las islas del Cipango.

Don Pedro modificó un tanto la disposición de sus líneas. La resistencia de las blancas se le estaba atragantando, y ya no sabía qué camino tomar para resolver sus jugadas. Podía alentar el valor de sus hombres, como había venido haciendo hasta ahora, o combinar los asaltos directos con algún tipo de trampa o de emboscada. A estas alturas, cada estrategia que empleaba le llevada de manera inexorable a una nueva encrucijada; las certezas raleaban, y en su lugar se multiplicaban y enraizaban con fuerza los matojos de dudas y la achicoria amarga. Se le ocurrió de momento ajustar el entramado del sitio; que los zapadores socavasen las defensas de la reina, y después ya se vería. El cardenal iba a mover, pero titubeó. Iba a decir algo sobre el marino genovés, pero se quedó como petrificado, con la boca entreabierta y la mano en el aire, igual que la mujer de Lot al volverse hacia Sodoma; y cuando por fin se decidió y avanzó una casilla, no tardó mucho en arrepentirse. Hubiera sido mejor, quizá… si hubiese intentando sortear los peones por… o acaso el caballo, ¡sí, claro, eso era!, ¿cómo podía no haberse dado cuenta? Don Pedro suspiró, contrariado. La cabeza le bullía como si fuese una olla y notaba un hormigueo que le trepaba por las piernas, camino del espinazo. Pensó en un mulo, un penco rucio y medio ciego, cosido a mataduras. El caballo, claro, se decía. El caballo era la clave –se arrellanó en el sillón lo mejor que pudo–. Y rumiaba aquellas palabras que le dejaban en la boca el sabor de las almendras rancias.

Repasó mentalmente el desarrollo del juego. Sus piezas habían espoleado desde el primer movimiento. Al paso, al trote, embrazando los escudos y cargando con las lanzas. Enseguida al galope, a tumba abierta. Lidiaban con las blancas, con las lorigas desgarradas y los yelmos abollados por los golpes. Aguijaban, los caballos porfiaban, piafaban, se revolvían, se encabritaban, las espadas chocaban con estrépito; y por el codo abajo, la sangre centelleaba. Mediada la partida, no obstante, al cardenal le ocurría lo que a los ermitaños que se retiraban al desierto para orar y mortificarse. Una cosa era el ideal –reflejado con poética elocuencia en martirologios y libros de horas– y otra, muy otra, la mezquina realidad de la carne.

Don Pedro levantó la cabeza e hizo una seña. Uno de sus criados se le acercó entonces a vivo paso. Traía entre las manos un almohadón de terciopelo azul, con el lema familiar –«Dar es señorío, Recibir es servidumbre»– bordado en letras de oro. Se detuvo entre reverencias, entre reverencias lo mullía y, antes de volver sobre sus pasos, se lo puso a su señor en la espalda, entre reverencias y con sumo tiento. Pero su señor no dijo nada. Apenas si le hacía caso. Bebía vino, un traguito, se humedecía los labios. ¿Qué hacer?, se repetía. Contemplaba el tablero, aquel arabesco blanco y negro, cada vez más complejo. Intentaba avanzar y se embarullaba. La fatiga le pisaba la nuca con sus pesados escarpes de acero. El cardenal cerró los ojos y se frotó las sienes. Tenía la impresión de que las piezas se movieran de un lugar a otro sin que nadie las tocara. Pensó en un mulo, un penco rucio y con anteojeras. Su dueño le muele los lomos con una vara de avellano. Le golpea en el pescuezo, en los ijares, tras las orejas. El mulo jadea. Sus dientes son romos como dados de hueso, negros y amarillos. Abre la boca y tose. La barriga se le infla, se le desinfla, las patas le temblequean, y una sangre espesa y cárdena le resbala por el belfo cada vez que respira. Don Pedro había presenciado la escena de manera fugaz, al llegar cabalgando junto a su padre. Mucho tiempo había pasado desde aquel día, más de cincuenta años; y sin embargo, el chasquido de los azotes, el resuello de la pobre bestia, que sangraba por los cuatro costados, o el gesto despiadado de su dueño, apretando los dientes y golpeando, golpeando, golpeando sin descanso, todo ello lo tenía grabado a fuego en la memoria, y era incapaz de olvidarlo. Recordaba el barranco del Alamín, a las afueras de Guadalajara; un páramo de tierra ocre y guijarros. Recordaba a lo lejos las ruinas de una ermita, la de san Telmo, incendiada tiempo atrás por un rayo. El cielo frío, turbio, color ceniza. Y recordaba sobre todo al dueño, un tipo astroso, mohíno, cargado de espaldas, un menestral o un quincallero, con un brazo tullido, el derecho, que le caía todo a lo largo del cuerpo. Que se volvió y los miró un instante, de medio lado, y se humilló levemente al reconocer al señor marqués con un de sus vástagos; y que en cuanto pasaron de largo y desaparecieron por la puerta de las murallas, siguió adelante con su faena.

 

 

El cardenal Mendoza dio un respingo. Acababa de oír, o creía haber sentido, el graznido de un cuervo. Escuchó con atención, y nada. El susurro de los criados al deslizarse con cuidado, el chisporroteo de las bujías, que ardían en sus candeleros, las risillas sofocadas de las damas. Poco más. Don Pedro respiró aliviado. Les tenía un miedo irracional a aquellas bestezuelas. A veces soñaba con ellas, con sus picos afilados, con el brillo frío de sus ojos; y despertaba de golpe, en medio de la noche, con un alarido a flor de labios y el corazón latiéndole en la garganta. El cardenal soñaba con el otro mundo cada vez con mayor frecuencia. Cerraba los ojos y veía el firmamento sobre la tierra durante el día de la Ira y el Juicio Final. Un san Miguel avejentado, desnudo y flácido, pesaba las almas de los hombres con gesto de indiferencia. A su alrededor, y para mitigar la espera, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis jugaban a las tabas y a los dados, o, por mejor decir, tronaban y se tiraban de las barbas. Jeremías daba un puñetazo en la mesa. «¡Fullero! –estallaba–, ¡hideput…!» Ananías le respondía dedicándole una higa. Un salterio pasaba volando por el aire; y entre votos a fray Dulcino e improperios, aquellos micos desdentados acababan apostándose las túnicas, las coronas y aun la salvación eterna. También los pecadores andaban a la greña. Se empujaban, se tiraban de las orejas, se hacían la zancadilla. La mayoría caía del platillo de la balanza no tanto por el peso de sus culpas como por su estupidez y su contumacia. Abajo, en el suelo, demonios con forma de sapo o cochinilla y esqueletos vestidos con hábitos frailunos aguardaban provistos con grandes mallas y señuelos para pájaros. Atrapaban al vuelo a los condenados, sus almas negras, como niños que cazan mariposas. Los cargaban de cadenas, los sujetaban con argollas bien ceñidas, para que no pudiese huir ninguno, y tiraban de ellos por el cauce de un río seco. Al final del camino había un pescado gigantesco, un rape, varado en tierra, con la cabeza ancha y aplastada, salpicada de espinas, y la boca tan abierta y oscura que más que una boca parecía una gruta. Allí arrojaban los diablos a los pobres pecadores, que se retorcían antes de hundirse en las simas del infierno, e imploraban clemencia dando gritos y llorando.

Ajedrez - 5

Contó dos, tres, cuatro… seis peones blancos. Cinco, si descontaba el que estaba a punto de entregar. Doña Isabel reflexionaba largamente, con las manos entrelazadas bajo la barbilla. El juego se había convertido en una urdimbre bien trenzada de embustes y añagazas, y no convenía precipitarse. Le pareció que el cardenal dudaba, que no acometía con el mismo empeño que antes. La reina levantaba la vista de cuando en cuando y observaba a su rival con disimulo. Escudriñaba sus facciones, aquella mueca de hastío, de busto de alabastro blanco, e intentaba leer en su rostro igual que leía en el tablero el devenir de las piezas.

Cinco peones, se dijo, mordiéndose el labio. Las torres, los caballos, el rey y la dama; y la partida que, poco y poco, se escoraba hacia las tablas, de la misma manera que lo hace un toro cuando siente que renquea y se le doblan las patas. La reina había seguido con atención las últimas jugadas, cada maniobra, cada error y cada táctica. Había perseverado con la paciencia de Penélope, y con su misma inteligencia, hasta descifrar el mecanismo de las negras. Ahora, si quería doblegar la voluntad de su adversario, no le quedaba más remedio que actuar en consecuencia. Dejar a un lado las prevenciones y buena parte de sus cautelas, y meterse en faena. Y tal y como lo pensó y lo vio claro, así lo hizo, pues no por nada corría por sus venas la sangre de los Borgoña, y en sus ojos, en el sesgo azul metálico de su mirada, siempre hubo quien dijo haber visto el desparpajo que hiciera célebre a la reina Catalina de Lancáster, su abuela paterna. Doña Isabel adelantó por la izquierda el caballo del rey, para emplearlo más tarde como cabeza de puente. La fortuna se alió con ella y, tras salir con ventaja de las primeras refriegas, consiguió completar el cerco de la torre negra, que no tardaría en caer más de tres movimientos.

–Os oigo elogiar a micer Cristóbal –dijo entonces, rompiendo el silencio– y dar pábulo a sus pretensiones, y me da por pensar en el país de Cucaña, donde hay quien dice, y su Eminencia lo habrá oído, que los montes son de queso y los ríos de vino, los lechones cuelgan de los árboles, gordos y en su jugo, y las casas, en lugar de adobe, son de bizcocho y membrillo.

El cardenal palideció. Estaba distraído contemplando el fuego de la chimenea, y el reproche de la reina le sorprendió como si le hubieran cogido en falta. Buscó la torre con insistencia. Pasó revista luego al resto de sus figuras, sobre todo a las más próximas. Abrió la boca para defenderse, pero justo cuando estaba a punto de mover, la reina volvió a tomar la iniciativa. Batió palmas –«¡Señoras! –exclamó–, ¡por favor, señoras!»– y se encaró con sus damas:

–Demos gracias a Dios –dijo– y a Nuestra Señora del Perpetuo Silencio por ser mesuradas a la hora de conducirnos, y no groseras e ignorantes, ni tampoco charlatanas, una de esas alcahuetas que deja a su ventura los quehaceres de la casa, se arremanga los faldones y sale a escape, doña Flor o doña Urraca, una de ellas, que corre de plaza en plaza, de corro en corro, que mete la cuchara en todos los cocidos; y no hay comadre a la que no visite, ni suegra ni madrastra, y jura, perjura, maldice, se tira de los pelos, se golpea en el pecho con el puño cerrado, la muy tunanta, y no es capaz de quedarse callada ni por pienso, ni aunque el cielo se abra sobre su cabeza y se le aparezca la Santísima Virgen sentada en un trono de rico oro y pedrerías, y rodeada por una cohorte de ángeles, arcángeles y los espíritus de los Bienaventurados, que entonan sin cesar el sanctus, sanctus, sanctus.

La reina hizo una pausa, que aprovechó para pedir otra copa. Hablaba con calma, doña Isabel, y muy suavemente, como era hábito en ella cuando lo que quería era hacerse entender. Escogía las palabras con prudencia, sólo las imprescindibles, y, al expresarse, lo hacía de la misma manera que jugaba al ajedrez, esto es, sin elevar la voz ni alterar el gesto. Sus damas, mientras tanto, la escuchaban en silencio, con las manos pudorosamente recogidas sobre el regazo. Las más jóvenes se habían ruborizado hasta la raíz del cabello. Tenían la vista clavada en el suelo. Y había alguna, y más de una, que hubiera dado de buena gana el mayorazgo de su hermano por conocer las artes mágicas del hada Morgana, convertirse en cucaracha y desaparecer por una grieta en aquel mismo instante.

–Que para bien decir, a mi juicio, no es menester dar un cuarto al pregonero, ni chillar a los cuatro vientos como si fuese día de mercado y repicasen al unísono todas las campanas de la iglesia de santa Bárbara.

Doña Isabel de Trastámara, reina de Castilla, de Aragón y de Sicilia, era una mujer de carácter, a veces autoritaria, que no dudaba lo más mínimo a la hora de imponerse a sus súbditos, ya fuera de grado o por fuerza. Los que la conocían y trataban a menudo, hombres probos y de buen juicio como el padre Hernando de Talavera, autor del opúsculo doctrinal ¿Por qué creer en Dios? Porque Dios lo manda, o quien habría de ceñirse andando el tiempo los hábitos de Gran Inquisidor, fray Tomás de Torquemada, se hacían lenguas del rigor casi ascético con el que se gobernaba, y elogiaban por encima de cualquier otra virtud la fortaleza de su espíritu. Cuando había que cabalgar, ella era la primera en apremiar a su montura. Partía de sus predios y se internaba por los puertos de la sierra, tanto si nevaba como si el sol caía a plomo. De León marchaba hacia Zamora, luego a Toro, a Tordesillas, y de aquí hasta Segovia pasando por Medina. No había empacho que no venciera, ni accidente en el camino que la obligara a detenerse. El rey Fernando reclamaba su presencia en la villa de Baza para levantar la moral de sus hombres, que comenzaban a impacientarse por la duración del asedio y la hostilidad de los musulmanes, y allá que iba ella, acompañada por sus damas y una tropa ligera.

Había veces, no obstante, en las que todo parecía confabularse en contra de los intereses de la corona. Disturbios, violencia, saqueos, los corsarios berberiscos, que ponían en peligro el comercio de la costa. El inquisidor Pedro Arbués había sido degollado por una banda de sicarios mientras rezaba en la catedral de Zaragoza, y en Barcelona la voracidad de las oligarquías locales, los mal llamados ciutadans honrats, amenazaba con dejar a las clases populares sin el panem nostrum quotidianum. Sobre la mesa se acumulaban despachos llegados de los cuatro puntos cardinales. Los había de Compostela y de Tarifa, de Tudela, en Navarra, e incluso de la lejana isla de La Palma, y la reina daba la impresión de estar más pálida y ojerosa que de costumbre. Sus consejeros, seriamente preocupados, apelaban a su buen juicio y le rogaban que delegara alguna de sus funciones o, en todo caso, que moderase su celo; a lo que ella esbozaba una media sonrisa y les contestaba que el Señor no la había puesto en el trono para holgar, y que la rueca no había sido hecha para una reina. Un ballestero, les ponía como ejemplo, en el campo de batalla, sólo tiene una oportunidad, una buena, de salir del pavés que lo protege y disparar contra su enemigo; y llegado el momento no pude dudar, no tienen tiempo, o desaparecerá engullido bajo los cascos de la caballería.

–¡Y hasta aquí de tanta algarabía!

Doña Isabel consultó su cuadernillo. Repasó algunas páginas, haciendo hincapié en las últimas anotaciones, que releía sin prisa y en voz baja, como si la partida no fuese con ella. Cuando acabó, miró al cardenal de hito en hito. «Hablemos de números, si os place», le propuso; y casi sin darle tiempo ni para alentar, cogió la dama con vehemencia, cruzó medio tablero en diagonal y fue a plantar sus reales en las mismas barbas del rey negro.

–Es la economía, mi señor don Pedro –suspiró entonces, encogiéndose de hombros–, y la flaqueza que acarrean los caudales de Castilla desde que hay guerra con Granada. Lo que hace que el empeño de vuestro navegante siga en el dique seco no es otra cosa que su elevado coste, tanto en hombres y bastimentos como en simples dineros.

Acertó a pasar mientras la reina hablaba una esclava mestiza, muy joven, esbelta como una gacela, que llevaba una bandeja con gajos de fruta en almíbar y pétalos de rosa, almojábanas de queso fresco y pastelillos de hojaldre rellenos de trufa. Su nombre era Aixa, pero desde que entró al servicio de don Pedro, todos la llamaban Juana.

–Lo recibimos en las cortes de Salamanca, a micer Cristóbal –la reina hizo un ademán para llamar a la esclava–, y no mucho después acudió a nuestro encuentro en Alcalá de Henares. Platicó muy de cierto sus razones, y debatió los fundamentos que traía con gente letrada y de seso.

La bandeja era de ébano con taracea de nácar, y tan surtida estaba que, más que una bandeja, parecía el zoco de los dulces de Damasco.

–Había maestros en el arte de la astronomía, cosmógrafos, cartógrafos, había gente de mar y capitanes, e incluso nos acompañó un grupo de mercaderes recién llegados de la Serenísima República. Y todos ellos escucharon con el mayor interés la relación que micer Cristóbal les fue haciendo de sus propósitos, vieron sus cálculos y sus diagramas, así como muchos otros papeles de los que traía bajo el brazo.

Los orejones de albaricoque tenían el aspecto de las alhajas orientales, piedras pulidas, menudas, y lo mismo podría decirse de los buñuelos sefardíes o los tocinillos de cielo, que las monjas de la Encarnación preparaban cada otoño para la casa de los Mendoza. No es pues, de extrañar, que a la reina le costara decidirse, y que se tomara su tiempo antes de escoger un racimo de zarzamoras.

Acto seguido, la esclava hizo una reverencia y se retiró llevándose la bandeja.

–Mucho se ha dicho sobre el asunto de las Indias en los últimos meses. Mucho he deliberado, creedme, y mucho y muy reciamente se han debatido los pros y los contras entre mis consejeros y los privados del reino. Y si bien es verdad que micer Cristóbal cuenta con acérrimos valedores, próceres y gentes de abolengo que le abrieron sus puertas cuando llegó a nuestras tierras en busca de amparo, no es menos cierto que varones hay en Castilla, y no son pocos, que toman sus juicios por burlas y cosas de embeleco, lo tratan de estrellero, o peor, de petulante, y me recuerdan a cada paso que ya la Junta de los Matemáticos desacreditó sus cálculos en la corte portuguesa, y que no por ventura los tachó de supercherías y fuegos fatuos.

El juego tocaba a su fin. Como en el caso de dos ejércitos o dos tigres salvajes que se buscan y se rehúyen, que se ocultan y desaparecen entre la espesura y las anfractuosidades del terreno, para luego aparecer de repente y lanzarse uno a la garganta del otro, la lucha se recrudecía por momentos, y cada enfrentamiento se libraba a cara de perro. Las blancas hostigaban al rey contrario desde la posición de la dama. Habían conseguido sacudirse el dominio de las negras y ahora avanzaban por los flancos con paso redoblado, formando columnas volantes y capturando piezas de camino.

–No seré yo, en todo caso, quien discuta el talento de vuestro navegante, pues doctores tiene la Iglesia, y basta con que uno diga arre para que el otro diga so.

Las negras, por su parte, intentaban reagruparse y recobrar la iniciativa; pero a doña Isabel no le temblaba el pulso. Hablaba y hablaba, y al cardenal apenas le dejaba meter baza.

–Lo que sí que deberíais saber, y no digo que su Eminencia no lo sepa, sino que parecéis ignorarlo, o que os conviene ignorarlo… –Hubo un rápido intercambio de posiciones. La reina entregó un peón en su retaguardia y, tras llevarse a la boca una mora bien negra y carnosa, y enseguida otra, tomó un sorbo de vino y le ganó a su rival el caballo que conservaba–. Catad, os decía, que mientras nosotros conversamos apaciblemente y nos solazamos junto a la lumbre, mientras bebemos y bromeamos y nos enzarzamos con los trebejos, mis vasallos más fieles están ahí fuera, entre la niebla y el cieno, encastillados en las riveras del Darro.

El cardenal apuntaló sus defensas lo mejor que pudo. Movió después el alfil hacia la dama blanca, que se le antojaba un tanto desguarnecida; y en la siguiente jugada tuvo que volver grupas a toda prisa para evitar el jaque.

–Vos sabéis lo que ha venido ocurriendo en estos reinos durante los últimos años, y no tendría ni que recordároslo. El hambre, las emboscadas, las marchas a paso ligero por los desfiladeros de las Alpujarras. Los milicianos de las peonadas concejiles caminando con la vista clavada en el suelo; estaban agotados, cubiertos de polvo, el calor durante buena parte del día resultaba insoportable. Los bueyes que cargaban con los mantenimientos se volvían locos por culpa de la sed y las picaduras de los tábanos, o eran arrastrados por los aluviones de los ríos al llegar la primavera. Las lluvias torrenciales anegaban los vados, los puentes se tronchaban, había inundaciones y corrimientos de tierra, y los carros, las bombardas, los ribadoquines, los ingenios para el asedio, se quedaban atascados e inútiles en medio de ningún sitio, y ahí mismo había que desmantelarlos. ¿Cuántas veces estuvimos a puntos de darnos por vencidos?, ¿cien veces?, ¿un millar? Eso sólo Nuestro Señor lo sabe. Lo único que yo puedo deciros es que apretamos los dientes, nos encomendamos al cielo y seguimos adelante. No bajamos los brazos cuando el traidor Muley Hacén nos ganó por la mano la fortaleza de Zahara, ni tampoco tras caer derrotados en los arrabales de Loja, donde tantos buenos donceles entregaron sus almas. Nos levantamos con braveza, grado a Dios, cada vez que nos derribaron. Nos ceñimos los correajes y el almófar, y volvimos a la carga. Combatimos duramente por cada palmo de terreno que les tomamos a los moros, y de esta guisa cayó Álora y cayó Ronda, y más tarde se rindieron Málaga, Almería, Mojácar.

Las blancas atravesaban una casilla tras otra. Lo hacían a punta de lanza, y tan rápido como les era posible, de la misma manera que lo hacían los ejércitos cristianos en su asalto a los últimos bastiones nazaríes. Doña Isabel movía a conciencia, intentando arrinconar a su adversario; sabía que tenía el triunfo al alcance de la mano, y no iba a dejar que nadie se lo arrebatara.

–Ahora mismo, mi señor don Pedro –continuó, y al hacerlo apuntó al cardenal con la pieza que acababa de coger del tablero, la torre del rey–, mis manos están en la guerra, igual que mis pensamientos. Granada es infiel todavía, y mal podría yo aventurar cientos y aun miles de ducados, por mucho que me pluguiera cruzar la mar Océana y llegar hasta las Indias, si en las arcas castellanas sólo hay para las tropas –La reina se comió otra mora, la última que le quedaba–, y ni un cuartillo más –apostilló, dando el tema por zanjado.

 

 

Fátima, esclava como su hermana pequeña Aixa y, como ella, ligera e inquieta como las golondrinas que sobrevuelan las azoteas de Córdoba, llenó hasta el borde la copita de moscatel del viejo Ghurab, que sonrió con gratitud cuando la muchacha se retiraba y rasgueó suavemente las cuerdas del laúd, de manera que nadie le oyese decir: «as salamu alaykum», casi como si suspirara. Abu Ghurab era viejo, muy viejo, y las pupilas se le estaban marchitando. Cuando tocada, sin embargo, sus dedos tenían el nervio arrogante y la refinada elegancia de los caballos de sangre andaluza. Acariciaba las cuerdas con la despaciosa cadencia de las elegías del ciego al Tutili, y quien lo escuchaba creía estar viendo los palacios y las almunias de Medina Azahara, los viñedos, las palmeras, los arriates de amapolas, antes de que los jinetes berberiscos sitiaran la ciudad y la saquearan, y dieran sus restos al fuego. Pasó por su lado un criado, que arrojó una brazada de leña seca dentro de la chimenea, pero él no se dio cuenta. Miraba hacia el techo, que apenas veía. Pellizcaba las cuerdas con la yema de los dedos y pensaba en una cúpula estrellada de lapislázuli y oro. Pensó en una araña, en los ocho ángeles de alas tornasoladas que sostienen sobre los hombros el trono de Dios, y cantaba:

 

Hermosa era la llama, y breve,

como todo lo que es hermoso;

pues todo lo que es hermoso

tiene su momento, y pasa.

 

–Pensad, mi señora, en todo caso…

El cardenal se calló, se aclaró la garganta. Buscaba la torre con insistencia. La tenía delante mismo de las narices, y aun así le costó encontrarla. «Es la economía, mi señor don Pedro –le había dicho la reina, haciendo caso omiso de todos sus argumentos–, y la flaqueza que acarrean los caudales de Castilla desde que hay guerra con Granada». Ahora ella le miraba y sonreía, y jugueteaba con un racimo de zarzamoras. «Lo que hace que el empeño de vuestro navegante siga en el dique seco no es otra cosa que su elevado coste, tanto en hombres y bastimentos como en simples dineros». El cardenal levantó una pieza, el alfil, con cierta torpeza. Le estuvo dando vueltas entre los dedos, hasta que se cansó y lo dejó donde estaba.

–Pensad, ¡ejm!, mi señora, en lo poco que se aventura si don Cristóbal anda errado, un puñado de maravedíes, unos miles, poco más. –Bebió vino, un sorbo, otro, un largo trago, que nunca le supo tanto a nada–. Y pensad por el contrario en todo lo que se aprovecha si la Providencia del Señor… ¡ejm!

Cogió el alfil de nuevo y, con la pieza en vilo, habló de ganancias de tierras, de seda y especias. Don Pedro traía la lección bien aprendida, e hizo alarde de sus dotes para la retórica. Habló sobre la fama y el señorío de doña Isabel, que aventajarían a los de su propio abuelo, el rey Enrique, cuyos embajadores habían sido recibidos por el poderoso emir de Samarcante. Habló largo y tendido sobre beneficios comerciales y espirituales, aunque no tenía la mente puesta en lo que decía ni sabía a ciencia cierta si atacar, dicho por boca de su sobrino[2], a cureña rasa, o tocar a toda prisa a rebato.

Al estudiar el tablero con detenimiento, la distribución de las piezas y las figuras que conservaba, el cardenal se descubrió atado de pies y manos. Tenía algunos peones libres, no muchos, que podía manejar con cierto desahogo. Había perdido eso sí ambos caballos, el último ahora mismo, y el alfil no sabía dónde dejarlo. Don Pedro se vio a sí mismo en el pellejo de Boabdil, el último sultán granadino, gobernando el ajedrez de la guerra desde lo alto de la Alhambra; y un escalofrío le recorrió la espalda. Ballestas, bombardas, arcabuces, espingardas. Las huestes cristianas asoman por el horizonte, mesnada tras mesnada. No tarda en sentirse el runrún de la caballería, el tumulto, los relinchos, las trompetas. Luego, y cada vez más cerca, el fragor de las espadas. Los cuarteles de Castilla y los pendones de san Jorge se extienden como una mancha de aceite por todo el valle del Darro. ¡Santiago y cierra, España!, se oye gritar entre la puerta de Elvira y la de la Albahaca. Un soldado envuelto en flechas, igual que un alfiletero. Otro, a un lado, abierto en canal de un tajo. La batalla no es una batalla, es una carnicería; aun así, es incapaz de apartar la mirada. Observa a los hidalgos castellanos, cómo danzan y corvetean sobre sus peones marroquíes, cómo los trituran sin esfuerzo aparente, como si no fueran más que pajas y estiércol. Y aquellos enormes bolaños de piedra, de hierro, bañados en brea ardiente, que atruenan por todas partes –es el fin del mundo, masculla amedrentado–, que revientan las murallas, el suelo se estremece, parece que estuviera a punto de rasgarse por las costuras. Y a su alrededor, los baluartes más sólidos caen reducidos a escombros.

–Escuchad, mi señor don Pedro, y prestad atención a mis palabras. –La voz de la reina lo sacó abruptamente de sus cavilaciones–. No está en mi mano conocer los designios del rey, y tampoco voy a prometeros nada que después no pueda cumplirse; pero hacedme caso, y enviad a micer Cristóbal a las cortes de Santa Fe pasado el mes entrante. Habrá allí nobles y ricoshombres. Despacharemos ampliamente con don Luis de Santángel, que sabe de cifras y de caudales, y él nos dirá lo que puede hacerse.

El cardenal guardaba silencio. Hizo mención de responder, pero no acertaba a enhebrar el hilo de sus pensamientos. Se sentía estúpido, desarbolado y estúpido, y le dio por pensar en la liebre de la conseja, aquella liebre holgazana a la que una tortuga le da sopas con honda. Don Pedro miraba a la reina, esbozaba una mueca de circunstancias y volvía a mirar el tablero. Contaba las piezas, las suyas, las blancas, las que había ganado; volvía a contarlas, como si no terminara de comprender la naturaleza del juego ni los férreos engranajes que lo articulaban; y se hacía cruces, incrédulo todavía, aunque pronto ya a la carcajada –apuró la copa de un trago–, porque estaban a punto de darle jaque, y sólo ahora se percataba.

 

 

Anochecía. El campanario de santa María de la Fuente desgranaba con unción y mansedumbre la llamada al recogimiento.

–Es tarde –musitó la reina.

Era la hora del ángelus.

Se levantó con un frufrú de telas casi imperceptible, y a continuación lo hicieron sus dueñas. Una luz gris y pálida se colaba en la cámara a través de los ventanucos. Sobre la mesa, la sombra de la dama blanca dominaba el tablero con suficiencia. La custodiaba un caballo aquí, un peón allá; en la esquina contraria, apartado y solo, yacía el rey derrotado. Doña Isabel se despidió con la cortesía que acostumbraba:

–Los alcauciles estaban muy tiernos, la sobremesa ha sido amenísima, y qué decir de este vino vuestro, que tiene un gusto tan suave. Y si hablamos de los trebejos, en mi vida conocí a varón alguno que se dejara sobrepujar por una dama con tanto donaire como su Eminencia. –Y un mohín de ironía perfilaba sus labios cuando añadió, justo antes de marcharse–: Excepto quizás mi marido.

 


[1]           Don Pedro González de Mendoza (ca. 1340-1385), señor de Hita y Buitrago, mayordomo mayor del rey y capitán general de los ejércitos de Castilla. Cuenta la crónica del canciller Ayala que en los campos de Aljubarrota, entre las villas portuguesas de Leiria y Alcobaça, y habiendo perdido el rey su caballo, don Pedro le cedió su montura para que huyese y no fuera hecho prisionero, mientras él se quedaba a pie firme cubriendo la retirada.

[2]           Don Íñigo López de Mendoza (1442?-1515), conde de Tendilla y marqués de la villa de Mondéjar. Reputado militar y diplomático al servicio del rey Fernando. En la Roma del papa Inocencio demostró ingenio y mano izquierda en el ejercicio de su cargo –consiguió el reconocimiento de los hijos naturales de su tío, el cardenal Mendoza, así como un segundo jubileo para el convento de santa Ana de Tendilla–. Tras volver de Italia, participó en la guerra de Granada, donde se distinguiría por su habilidad en el arte de las emboscadas y los repliegues rápidos.

El matarife


La guerra no es fácil ni para las alimañas. Las trincheras son como ciénagas, resbaladizas y húmedas. Las ratas se multiplican; devoran los cinturones, las cartucheras, se pelean dando chillidos en cuanto se hace de noche. Encogidos, agotados, niños con disfraz de soldado, el rostro ennegrecido por el humo y leve bozo, matan el tiempo contemplando los renglones de unas cartas que a duras penas sabrían deletrear, pero que se saben de memoria. Cartas de sus padres, de sus novias, fotografías gastadas de tanto manosearlas, que todavía conservan el aroma de la ansiedad y el pan de hogaza. Discuten, los que tienen ganas, o silban cancioncillas patrióticas; unos luchan inútilmente con los piojos, otros se adormilan mirando la luna entre las alambradas, a la espera del siguiente combate, que quizá sea el último. La guerra no es noble, ni santa, sino lúgubre y descarnada; y un olor a suciedad, el olor de los cuerpos que se pudren sin nadie que los entierre, hinca los dientes hasta la médula del alma.

La guerra no es fácil ni para las alimañas. Para Ordovás el Mudo la guerra fue particularmente cruenta. En su mundo sin luces ni palabras, una bala le atravesó el muslo, dejándole una cojera que todavía hizo su introversión más sombría, su marginación, inconscientemente autoimpuesta como la del eremita, más siniestra. En medio de la tropa, con su mirar fijo cuajado de esquirlas, con su rostro cuadrado y térreo, mal afeitado, mal tallado en madera nudosa y basta, él parecía solo en medio del desierto. Cuando había que matar, arrastrando su cojera, el instinto sanguinario de un depredador le lanzaba en medio del combate; cuando había que morir, un fanatismo de asceta iluminado lo arrojaba al campo de batalla. Cuando, finalmente, un trozo de hierro le atravesó el ojo derecho, todos creyeron que Ordovás el Mudo había dicho sus últimas palabras.

No se trata de simple placer físico, sino de una efervescencia mental semejante al orgasmo; a pesar del olor a sangre y a vísceras, a carne fresca, que enrarece la atmósfera. Siente la vibración de la cinta transportadora. Frente a él, una res que lo mira con sus ojos grandes, legañosos, implorantes. No le tiembla el brazo al descargar el golpe. Los sesos le salpican en el delantal y de la cabeza abierta cuelgan un globo ocular y la lengua. El resto es pulpa rojiza.

El matarife descansa. Se frota las manos y vuelve a preparar el martillo. La cinta transportadora corre frente a él… ¡pum! No le ha dado bien. El animal se estremece, patalea, chilla como un ferrocarril al llegar a la estación; apenas ha tenido tiempo de moverse y ¡pum!, otro golpe. En el momento de recibir el segundo impacto, saltan en el aire las cuatro patas y todo su pesado cuerpo parece levitar, antes de desplomarse con estrépito. La cinta vuelve a correr llevándose los restos del animal, que se convulsiona espasmódicamente, hacia las tijeras de sus compañeros: ris-ras, las venas de la derecha, ris-ras, las de la izquierda. Esta vez la res ni siquiera le mira. Agacha la cabeza, contempla el suelo, claudicando ante su destino. El primer golpe tampoco la mata, la deja respirando tortuosa, monstruosamente, asfixiándose en un prolongado resollar, mientras en el belfo se le forman burbujitas de baba y sangre. Cuando golpea de nuevo, piensa en su mujer. La muerte le sobreviene de inmediato.

Son muchas las veces a lo largo de la jornada en las que ha hecho el mismo movimiento. No suele fallar, lo hace mecánicamente. Es un trabajo sencillo. Hoy, sin embargo, cada vez que golpea, masculla algunas palabras para sí mismo, como si estuviera rezando, o encomendándose a Dios o al Diablo, y se toma unos segundos para limpiarse el sudor de la frente. Hoy, una sensación extraña, un cosquilleo, le recorre los brazos y le baja por la columna cada vez que golpea. Recuerda sin querer esbozos de guerra, sensaciones en el piquete con el fusil en la mano o avanzando a duras penas entre un aguacero de balas. Corre la cinta transportadora. La vaca es blanca, completamente blanca, igual que un traje de boda; y en sus ojos cristalinos adivina los de su mujer. Escucha su risa, saborea aquellos labios suyos, gruesos, mórbidos, su aliento en la boca, acariciándole, bajándole por el cuello; se le acelera el corazón, tiene la piel de gallina, la mano le tiembla un poco justo cuando la vaca lanza un mugido… pero los brazos caen, y con ellos el animal se desploma, muerto.

Matadero

La guerra no es fácil ni para las alimañas. Para Ordovás el Mudo la guerra fue particularmente cruenta. En su mundo sin luces ni palabras, una bala le atravesó el muslo, dejándole una cojera que todavía hizo su introversión más sombría, su marginación, inconscientemente autoimpuesta como la del eremita, más siniestra. En medio de la tropa, con su mirar fijo cuajado de esquirlas, con su rostro cuadrado y térreo, mal afeitado, mal tallado en madera nudosa y basta, él parecía solo en medio del desierto. Cuando había que matar, arrastrando su cojera, el instinto sanguinario de un depredador le lanzaba en medio del combate; cuando había que morir, un fanatismo de asceta iluminado lo arrojaba al campo de batalla. Cuando, finalmente, un trozo de hierro le atravesó el ojo derecho, todos creyeron que Ordovás el Mudo había dicho sus últimas palabras.

Sin embargo, Ordovás volvió del país de las sombras. La herida curó, dejando la cuenca vacía como un pozo, como un souvenir de la batalla de Alfambra. Lisiado y aún convaleciente, los médicos, que algunos días antes lo daban por desahuciado, lo mandaron a casa. En su pueblo, lejos de la sangre y el dolor de la guerra, el tartamudo ex combatiente hizo, siguió haciendo, lo único que sabía hacer, el único trabajo para el que había demostrado tener facultades.

El día entra rápido en la tarde como un cuchillo en la carne, la luz reverbera violenta en los cristales del matadero. De su derecha, cada poco rato, le llega el rumor de los hachazos y el agua hirviendo. Huele a quemado, y un charco de sangre se coagula en el suelo alrededor de sus botas. Vuelve a frotarse el sudor, siempre con la colilla colgando del labio; se limpia la moquita con la manga. Está cansado, lleva horas sin detenerse. Suelta un juramento, pero lo hace para sí mismo, porque nadie le escucha. El tiempo se escurre a su alrededor con la tozuda rapidez de la cinta transportadora… ¡Pum! Otro golpe. La cinta sustituye el cuerpo muerto por otro vivo. Es trabajo, simple rutina… no. Para él, hoy, es algo más que rutina.

El animal ante él, un ejemplar viejo, de carne correosa y gesto sombrío, le hace pensar en su hermano, a quien al volver de la guerra sorprendió con su esposa. Sus mismas entrañas. Le revienta un ojo del golpe, y tarda un poco más de lo necesario en acabar con él, apretando los dientes, como si quisiera sonreír y no conociera las instrucciones. Él nunca sonríe, y ya no lo hace cuando la cinta transportadora se lleva los restos de su hermano en un charco de orines. Ahora, mirándole llorosa, hincándole en el pecho los garfios de su mirada, descubre a su hija, o a quien durante algunos años pensó que lo era. La sospecha es como un parásito en el cerebro, arrastrándose por los intersticios, gangrenándole los recuerdos, poniendo huevos y multiplicándose día y noche. Se limpia el sudor de la frente, se frota la sangre de los guantes en el delantal. Sangre de su sangre, piensa. Cierra los ojos y levanta los brazos, mecánicamente, se deja ir…

–¡Vamos!, ¡vamos!

Alguien lo detiene, y al volverse, se topa con la mirada inexpresiva del encargado.

–¡Vamos!, ¡vamos! –insiste, empujándolo con brusquedad.

¿Ya es la hora? Encogiéndose de hombros, Ordovás el Mudo se deja arrastrar. Atraviesan la nave del matadero, que de pronto se le antoja interminable como en un sueño. Al salir al exterior recibe un bofetón de aire frío. Se ha hecho de noche. Respira profundamente, llena de aire fresco sus pulmones, limpiándolos del hedor a entrañas y pelo chamuscados.

–¡Vamos!, ¡vamos!

Intenta protestar, pero ya no es el encargado quien lo empuja, sino un guardia civil, que lo conduce de malas maneras hacia su compañero, plantado a unos metros con el fusil al hombro. No comprende lo que ocurre, pero no le gusta y forcejea. El guardia civil saca algo, una porra. Él se la quita de las manos y lo golpea en la cabeza como si fuera una vaca. Huye. Su camino, de repente, está salpicado de curiosos que chillan y se apartan a trompicones. A su espalda oye voces. Sin dejar de correr –cargando a duras penas su cojera, buscando una salida a la parpadeante luz de su único ojo, resollando como un toro acorralado–, se vuelve y descubre siluetas espasmódicas que chillan y desaparecen, un guardia civil en el suelo, a cuatro patas, con el rostro lleno de sangre; y su compañero –lo ve muy bien, muy lentamente, como si no hubiese visto otra cosa en su vida–, que apunta con el fusil y dispara.

Sólo al sentir el balazo atravesándole la espalda y caer derribado como un fardo, sólo al notar la dejadez, la somnolencia que le baja los párpados con sus dedos helados, Ordovás el Mudo se da cuenta de que hoy no ha ido a trabajar.


 

Agua quemada


 

La mano de Jehová vino sobre mí y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos, y me hizo pasar cerca de ellos por todo alrededor. Y he aquí que eran muchos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera.

Ezequiel, 37, 1-2

 

Camino por un páramo entre la maleza, bajo la atenta mirada de un buitre que me sobrevuela. Atardece, la luz es casi fría. Un lagarto trepa frente a mí por un pedazo de sillar del tamaño de un hombre. Es largo, como de un codo o media vara, pardusco, con una cresta de púas que va del pescuezo hasta la cola y garras negras y afiladas. Lleva algo entre las fauces, quizá sea un escuerzo, o un gazapo muerto, o puede que haya atrapado en alguna charca del contorno una cría de ajolote. Doy un paso hacia él para verlo mejor, pero se escurre por una grieta en cuanto nota mi presencia y desaparece.

El cielo se diluye, comienza a lloviznar. Las nubes se persiguen a horcajadas del viento. Van cerrando a toda prisa su amenaza de tormenta sobre el monte Popocatépetl, con su penacho blanco y ese aspecto de gigante destronado que tiene durante el invierno. Avanzo con cuidado, siguiendo el curso de una acequia seca. Ortigas, cañas rotas y zarzales invaden el cauce por donde antes corría a raudales y espejeaba el agua que bajaba de los manantiales de Chapultepec, la colina de los saltamontes. No muy lejos de donde me encuentro, un grupo de indios esclavos, marcados con hierros al rojo, desmantela piedra a piedra un muro de mampostería. Me apoyo en una pilastra truncada, caída de lado, y contemplo cómo se afanan bajo la lluvia. Machacan a martillazos media docena de cabezas con forma de murciélago, de ocelote, de serpiente emplumada, todas ellas de la factura más fina, recogen los cascotes en capazos y los arrojan por un barranco que les sirve de escorial improvisado. «¡Fonseca!» El viento se desliza a ras de tierra, silba y se arremolina, parece incluso que susurre. «¡Capitán!», respondí yo, casi al unísono. Cortés me miró con aquel gesto tan suyo, tan reconcentrado y suyo, desde lo alto de su montura. Picó espuelas con fuerza, volviéndose por donde había venido; y yo supe de inmediato lo que iba a tener que hacer.

–¡Vamos!, ¡vamos!

Los indios cargan los sillares a la trémula luz del ocaso. Sus cuerpos magros, desgarbados, sin más ropa que unas calzas de estameña, me hacen pensar en un puñado de canoas arrastradas por la resaca y trituradas mar adentro por la tempestad y las olas. Hay un soldado junto a ellos, que hace las veces de mandón o capataz de la cuadrilla. Va paseándose de un lado para el otro, ufano como un gallo, con su calzón acuchillado y una gorra de plumas amarillas. Vigila a los indios, «¡vamos!, ¡vamos!», los aturde con sus voces, «¡más rápido, holgazanes!», los dirige con mano de hierro, «¡que ya tendríamos que haber acabado!», como si tuviera que vérselas con una recua de mulas testarudas o fuera el cómitre de una galera. Cuando ve que alguno se detiene, ya sea para respirar un instante, para toser, volver a toser y frotarse los ojos, o bien, simplemente, porque tropieza y se dobla y se marea, y ya no puede ni con el peso de su alma, el soldado se abalanza sobre él y le golpea con un vergajo en los riñones y las corvas. El soldado es implacable. Le golpea en el espinazo, en las costillas, le patea la nariz y la boca. Le sigue golpeando hasta que el pobre desgraciado tiene el coraje de levantarse y volver al trabajo, o bien se da por vencido, pierde el sentido y se derrumba.

Todavía me da tiempo de ver al soldado, antes de seguir adelante. Se quita la gorra, que se mete en el cinto, se escupe en las manos. Agarra por los pies al moribundo y, entre votos e improperios, va tirando de él en dirección al barranco. La vida es un engranaje terrible, ya lo decía el filósofo. A veces nos sorprende, nos arranca una sonrisa. La mayoría de las veces, en cambio, nos aplasta los pulgares; y la que se ríe es ella, y nosotros nos quejamos.

Cascotes, muros sin techumbre, taludes de tierra agrietada, el esqueleto de una casa. Me interno por las ruinas de los arrabales, cerca de la orilla del lago. El terreno es irregular y pantanoso, los mosquitos se arraciman como una horda de jenízaros y hay que andar con mucho ojo para no resbalar en un charco de agua sucia, infestado de sanguijuelas, o meter el pie en el nido de una víbora. Hace sólo unos meses, sin embargo, todo era muy distinto. Había huertas, bosquecillos de encinos, prados salpicados de orquídeas. A poco que uno se dejara ir por los senderos cubiertos de arena, podía sorprender el vuelo efímero de una libélula, o bien sentía al cabo de un momento el murmullo de un arroyo al brincar entre las piedras. El palacio de recreo del cacique Motecuçoma se enseñoreaba de sus posesiones con la soberbia de un príncipe europeo, y a su sombra, justo aquí, en esta zona, se encontraban las guaridas de las fieras y el estanque de las garzas coloradas. Tigres, onzas, gavilanes, cocodrilos y cernícalos, búhos, cuervos, papagayos, oropéndolas, venados. No debió ser más hermoso el jardín del paraíso, según lo muestran en sus grabados los maestros venecianos, ni debieron juntarse en el arca muchos más animales. Cientos de indios mexicanos se esmeraban cada día en el mantenimiento del recinto, limpiando las fuentes, las pérgolas, los cántaros para las iguanas, trabajando en las granjas y los invernaderos, recogiendo los huevos de las tortugas o dando de comer a los patos. Los artesanos amanteca hacían acopio durante la época de muda de las plumas más variadas, grandes y pequeñas, rojas, verdes, amarillas, con las que luego tejían sus labores; pulseras y abanicos, las insignias de los guerreros, los escudos para el combate. Los sacerdotes escogían entre las bestias los mejores ejemplares, muchas veces halcones o águilas reales, les descoyuntaban las alas con la soltura de un verdugo del Santo Oficio y se los ofrecían en sacrificio a sus dioses. Entonces llegamos nosotros, durante el mes que ellos dicen Quecholli, con nuestros perros y nuestros caballos, y los arcabuces que escupían truenos allá por donde pasábamos. Caímos sobre la laguna como una plaga de langostas sobre un campo de trigo dorado, y cuando al fin nos dimos por satisfechos, no quedaba piedra sobre piedra. Las granjas y los invernaderos ardieron hasta los cimientos; las fieras, las que no consiguieron huir cuando el fuego se acercaba, murieron abrasadas en sus jaulas.

Aún hay noches en las que me parece oír el eco de sus gritos, sus rugidos de angustia. Y soy incapaz de dormir hasta bien entrada el alba.

Muchas cosas han cambiado desde que los españoles llegamos a México. Una luna turbia, jaspeada de herrumbre, se asoma débilmente a través de las nubes. La lluvia va dejando poco a poco su lugar a la noche. Respiro profundamente, levanto la vista y miro alrededor. Los confines de las ruinas se desdibujan a lo lejos, entre la bruma. Más allá, la tierra se llena de broza, de yerbas pajizas, carrizos, algún fuego disperso.

Rodeo un montículo de escombros y vigas tronchadas. Escucho de pronto un gruñido. Me giro, echando mano al cuchillo y, a un lado, descubro el cadáver de un hombre. El cuerpo está completamente carbonizado. Su rostro no es humano, es una máscara, un pedazo de cuero, la corteza negra y seca de un árbol. No tiene mejillas, ni labios tampoco; los dientes le asoman por el agujero de la boca esbozando una mueca convulsa. A su lado, como si se tratara del sacerdote que le administra los santos óleos, monta guardia un buitre negro, que en estas tierras he oído llamar zopilote. El zopilote me mira con la cabeza hundida entre las alas, traga algo que llevaba en el pico –un pico curvo, afilado como un garfio– y grazna de nuevo. Aletea despacio, sin prisa, abre las alas y vuelve a plegarlas, da algunos saltitos a derecha e izquierda. Cuando se detiene, al cabo de un rato, lo hace más o menos donde estaba. Ladea la cabeza arrugada, gris ceniza, y me acecha con gesto nervioso. Si fuera un león o una pantera, me digo para mis adentros, y no un simple buitre del tamaño de un pavo, se hubiera lanzado sobre mí sin pensárselo tanto.

Vuelvo atrás sobre mis pasos y me dirijo hacia Coyoacán, antes de que se haga más tarde. La cabeza me pesa sobre los hombros y me quema como si fuera un brasero. Por suerte, la casa de mi paisano Cristóbal de Olid [1] no está lejos, y en cuanto él lleve a buen fin sus empresas en el golfo de las Hibueras, yo partiré para España y la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, donde he de dar cuenta de todas mis faltas. A veces pienso en todo lo que he visto, en todo lo que yo mismo he hecho con mis manos desde que embarqué para las Indias, no siendo más que un mozo sin barbas. Pienso en la ciudad sobre el lago, aquel entramado de canales, grandes templos y avenidas, de jardines flotantes jalonados de sauces, campos rojos de amaranto, pienso en las manzanas de casas blancas, de una o dos plantas, y el trajín de los mercados bajo el sol del mediodía. Fue a principios de noviembre, en el año de Nuestro Señor Jesucristo de 1519, cuando los españoles llegamos a México. Una muchedumbre se congregó para salir a nuestro encuentro, unos a pie, atestando las calles, otros en canoas adornadas con flores. Los señores de las ciudades ribereñas, los príncipes de Tacuba, Zumpango, Azcapotzalco, acudían bajo palio vestidos con sus mejores galas. Los capitanes de los guerreros águila nos daban la bienvenida en su lengua con gran ceremonia, y besaban el suelo con la palma de la mano en señal de paz. Había bailes y cánticos que se entrelazaban unos con otros igual que las olas al romper en la orilla. Nos pusieron guirnaldas, collares de perlas, nos obsequiaron con mil y un presentes, a cuál más valioso. Jarrones, chalchihuis, hachuelas de cobre, escudos con traviesas de concha de nácar. Los indios nos recibieron como si fuésemos dioses, que ellos llaman teúles. Nosotros, a cambio, les pagaríamos con grillos y a palos, y los marcaríamos como si fuesen ganado.

 

 

Oí ruidos metálicos, ruido de caballos al trote y de relinchos. Los perros estaban nerviosos; ladraban, gruñían, mordisqueaban las correas intentando zafarse. El capitán Diego de Ordás y el paticorto Pedro de Ircio arengaban a sus hombres antes de lanzarse al combate, «¡vamos!, ¡vamos!», con gestos bruscos, a grandes voces. La vanguardia de las tropas era un avispero. Ballesteros, rodeleros, escopeteros. «¡El flanco derecho!, ¡orden!, ¡orden!» El viento del norte sacudía con violencia los pendones de Castilla. Vi a Sancho Ezcurra, un sargento veterano, ya no sé si navarro o vizcaíno, con media cabeza entrapajada por alguna pedrada recibida en combate. Se había acuclillado y silbaba con parsimonia, ajeno por completo al trajín que le rodeaba, y afilaba su faca. A su lado estaba Andresico, su sobrino, un mancebo de pelo crespo y gordezuelo, con más aspecto de bachiller en decretos que de explorador o de soldado, y una ristra de amuletos que manoseaba con fervor y medio hincado de hinojos.

–¡Garay! –grité–, ¡Arellano!, ¡acercad esa pieza tres varas! –Mis hombres se esforzaban, calzaban las cureñas, apilaban los bolaños de hierro–. ¡Avivad la lumbre!, ¡con brío!, ¡rápido! –Cargaban los falconetes y las culebrinas deprisa y con pericia.

Todo estaba listo. Oí de nuevo mi nombre, «¡Fonseca!, ¡la puta que te!», esta vez en boca de Alvarado, con tono agrio. No había tiempo que perder. Que el Señor se apiade de nuestro espíritu, murmuré entre dientes. Me santigüé y saqué la espada.

–¡Fuego! –ordené–, ¡fuego! ¡Santiago y a ellos!

Lo siguiente que recuerdo es el ruido, el estruendo inmisericorde de los cañones. Los caballos lanzándose al galope. Recuerdo las mandíbulas como cepos de los perros, a un guerrero águila con los sesos desparramados de un arcabuzazo. El humo, las picas, los charcos de sangre, el archipiélago de cuerpos que flota boca abajo en la laguna. Y a Sancho Ezcurra que arremete contra un muchacho de once, doce años, lo empuja, lo tira contra un muro, lo agarra por la nuca y, antes de que pueda revolverse, le clava la faca en las costillas y la hunde hasta la empuñadura.

 

Agua quemada - 7

 


 

[1]           Cristóbal de Olid (1488-1524), capitán y maestre de campo, lugarteniente de Cortés en la conquista de México. Natural de Linares, era un hombre alto, tosco, ancho de hombros, buen luchador a pie y a caballo, aunque algo inconstante en sus lealtades. En las Hibueras, actual República de Honduras, fue juzgado por rebelión y condenado a muerte.

Por una cabeza


 

Por una cabeza

de un noble potrillo

que justo en la raya

afloja al llegar,

y que al regresar

parece decir:

«No olvidés, hermano,

vos sabés, no hay que jugar».

Carlos Gardel

 

Don Cornelio Manso del Sotillo, sobrino del marqués de Feria y Loscorrales, condestable del Porco, tesorero de la muy noble orden de San Lamberto de Zaragoza y señor de la Virgen de Estercuel, alcalde de minas, a la sazón, de la villa imperial de Potosí y, por más señas, recién casado, era un viejo crápula y disoluto, un perturbado, estragado tras años y años de libertinaje sin freno. El muy gentil caballero, a sus setenta y tantas primaveras –«la flor de la edad, ciertamente», solía argüir Su Ilustrísima con una sonrisa de iguana–, había decidido sentar cabeza ante los ojos de Dios y lo más granado de la sociedad virreinal; esto es, banqueros, racioneros, capellanes, capitanes generales, muy ilustres alguaciles de la Real Audiencia de Charcas. Allí estaban los infanzones, los hijosdalgo, los cristianos viejos, con sus valonas blancas y los jubones negros, y, en los primeros bancos, las alegres cortesanas, con sus collares de perlas y los brocados de Flandes. Para celebrar el enlace, don Cornelio escogió la suntuosidad plateresca de la catedral de santa Onerosa y, como oficiante, al padre Angeliño Espírito, gallego y franciscano, reputado de santo en toda la provincia por levitar entre pulgada y pulgada y media justo al consagrar la hostia.

La agraciada, pobrecita, era apenas una niña, novicia del convento de la Inmaculada, recién salida de las faldas de las monjas. Don Cornelio había pagado su peso en oro; y como quien se da el capricho de una yegua cordobesa quiere desde el primer momento hacer uso de la misma, y lucir su gracia y su donaire, y montarla, y trotar y aun cabalgar a todas horas, así quiso él hacer uso y aun abuso de sus derechos conyugales. El viejo era un libertino, lo había sido toda la vida, y cubría a la muchacha como si él fuera un bigardo y ella, la pobre, pobrecita, una tierna beguina. La insultaba, la abofeteaba, le reprochaba su beatería, su falta de gracia, la llamaba china, loba, zamba prieta, la humillaba cada noche para diversión de los criados más indiscretos, que escuchaban junto a la puerta o agazapados entre los arcones. Le desgarraba el corpiño con los tentáculos de sus dedos y, a mordiscos, con los cuatro tocones de los dientes, le cosía los pechitos blancos y el botón de los pezones.

La muchacha, doña Catalina, lloraba sin consuelo. Lloraba y sollozaba, mientras su marido resoplaba como un fuelle. Lo hizo durante meses, hasta que ya no pudo soportarlo; y un día, corriendo, huyendo sin aliento, perdida en un laberinto de histeria y pasadizos, acabó por dar con las caballerizas. Allí conoció a Juanillo, el mozo de cuadras –un efebo mestizo, de piel cobriza, con los ojos grandes, negros como ascuas–, que también la conoció a ella.

 

 

El arrabal minero despertaba con el alba. Todos los días, a la incierta luz del amanecer, cientos de hombrecillos, los llamados mitayos[1], iban asomando de sus madrigueras. Éste bostezaba, aquél se persignaba, el de más allá se acuclillaba y comenzaba a hacer fuerza; luego unos y otros se dejaban ir, lentamente, entumecidos por el sueño todavía. Indios, cholos, moriscos, criollos, mulatos anémicos, de mirada huidiza, que chapaleteaban en el barro y no dejaban de avanzar. El viento soplaba del norte, a ráfagas. Era un aire brusco, sucio de polvo. Se les enroscaba en los brazos, entre las piernas, los zarandeaba con fuerza nada más salir de casa; y sin embargo, ninguno se detenía. A pesar del cansancio y del frío, y de la losa del hambre, que les hacía encogerse y blasfemar a cada paso en media docena de lenguas. Caminaban en fila de a uno o bien en pequeños grupos, hombro con hombro, igual que una recua de mulas huesudas. Dejaban atrás el poblado, aquel apretujamiento de rancherías, de cabañas y zahúrdas, y atacaban sin demasiado entusiasmo las primeras rampas del cerro.

El Cerro Rico descollaba poderoso y tranquilo, dominando el altiplano como una atalaya en el corazón de los Andes. Por su aspecto árido y terroso, por su tamaño y aquella marabunta de mineros que día tras día encharcaba sus laderas, que subía y bajaba y era engullida por los sumideros de las bocaminas, hacía pensar en un termitero humano. Más de un siglo había pasado desde que los españoles lo abordaran con sus picos y sus ansias de riqueza. En todo este tiempo, sus entrañas otrora de piedra y plata maciza se habían ido transformando golpe tras golpe en un amasijo de galerías y resquebrajaduras. Encrucijadas, bifurcaciones, pozos ciegos, socavones. Los mineros se afanaban. Se arrastraban, trepaban a pulso, se descolgaban como arañas por las grietas más peligrosas. Cientos, miles de hombres topo, tan sucios de polvo y mugre que, en lugar de carne y hueso, parecían hechos de barro. Resonaban los gritos, los golpes de las barretas, y ellos picaban, picaban, picaban, cercados por la oscuridad, entre la confusión y el ruido. Picaban durante diez o doce horas, a veces durante todo el día –un día entero, sepultados bajo tierra– si por cualquier motivo doblaban turno. Escarbaban en las paredes con cien aparejos distintos, todos primitivos, la mayoría de ellos comido por la herrumbre. Alguno incluso lo hacía con las uñas, a mano desnuda, porque era tan pobre que no podía permitirse ni siquiera una rasqueta. Llenaban los costales hasta los bordes, se los cargaban a modo de zurrón y emprendían el viaje de regreso. Y rezaban, ¡vaya si lo hacían!, como hubiera rezado el más incrédulo de los hombres de haber estado en su pellejo. Rezaban porque el camino era largo y el aire les quemaba como un trago de aguardiente. Rezaban porque los cestos, cargados de mineral, no bajaban de las siete arrobas, porque jadeaban como perros en verano y los travesaños de las escaleras chirriaban de humedad sólo con poner la vista encima. Rezaban, sobre todo, para no tropezar. Porque sudaban, y el sudor les irritaba los ojos, pero les faltaban manos para frotárselos, sujetando el cesto a la espalda, apoyándose en las paredes, rezando para que la vela que llevaban atada a la frente no se apagara, justo entonces. Por eso rezaban, para no tropezar, a pesar de las tinieblas. Para no resbalar y escurrirse por una brecha y rebotar entre las rocas y reventar, igual que una sandía, al estrellarse contra el suelo.

Potosí - 7

También Juanillo rezaba. Pensaba y pensaba, se devanaba los sesos y no podía creer la mala suerte que tenía. La humedad bajo tierra era una argolla que le apretaba el cuello. Levantaba el pico sobre los hombros y casi enseguida comenzaba a sudar; a los pocos minutos el calor se volvía insoportable. El muchacho arremetía contra la roca. Golpe tras golpe, la galería se iba convirtiendo en una nube de polvo, de tierra, partículas de azufre, arsénico, plomo. Picaba, picaba. El polvo le arañaba bajo los párpados. Picaba, jadeaba, los ojos le ardían. Intentaba respirar, pero se sofocaba; tosía y escupía, y tenía que buscar una chimenea que trajese un poco de aire fresco del exterior para no caer redondo al suelo. Entonces pensaba en doña Catalina, cada vez que se le nublaba la cabeza. Los habían descubierto una noche, un mozo de espuelas, en las caballerizas de don Cornelio; desde entonces, su vida transcurría en una celda del infierno. El Cerro Rico era un lugar hostil e inhumano. En el poco tiempo que llevaba encerrado, había visto a viejos cargados de arrugas, de hambres, de inviernos, de hijos; a niños expósitos, pequeños esclavos, que tosían y tosían y, a la entrada de las minas, molían la roca y cernían el polvo del mineral. Había visto a hombres hechos y derechos llorar como niños, y a otros que se arañaban el cuello con los garfios de sus dedos como si quisieran hurgarse hasta los pulmones para poder al fin respirar.

Los días pasaban sin dejar apenas rastro. Día tras día pasaban los meses, y Juanillo sentía como si todo alrededor se fuera diluyendo. Avanzaba casi a ciegas, a trompicones. Respiraba aquel aire espeso, lo masticaba, aquel aire metálico y venenoso. Subía, bajaba, recorría toda una maraña de minas, galerías, corredores transversales. Atravesaba los túneles más angostos, los más inhóspitos, reptando la mayor parte del tiempo, con miedo de que el próximo temblor lo enterrara para siempre. A veces no podía evitarlo y, cuando la oscuridad se le anudaba en la garganta, dos gruesas lágrimas le resbalaban por las mejillas. Lloraba en voz baja, Juanillo, y con un poco de vergüenza. Lo hacía cuando sentía el mordisco de la fiebre y estaba solo, él solo, perdido como un náufrago. Tragaba aire a bocanadas, se detenía un instante, escupía a un lado y, entre un golpe y otro, le daban ganas de tirarse a un pozo de cabeza para acabar de una vez por todas con aquella vida miserable.

Con todo, lo peor eran los ojos. El sudor le empapaba el cuello, el pecho, la espalda, le corría con un escalofrío por los riñones y las corvas. El muchacho parpadeaba, picaba y parpadeaba. Tenía las uñas astilladas, llenas de tierra; cada vez que se frotaba el sudor, era como si le atravesaran las pupilas con una aguja. A las pocas semanas de llegar al cerro los párpados se le habían infectado; se le llenaron de legañas, costras de pus, pequeñas llagas. Juanillo apretaba los dientes, entornaba los ojos, que le ardían, y seguía trabajando. Cuando el dolor era tan agudo que casi no podía ni respirar, masticaba hojas de coca. Todo el mundo lo hacía bajo tierra. La coca le amodorraba, le ayudaba a sobrellevar la angustia, la soledad, el dolor del hambre. Más tarde, al terminar la jornada, se acurrucaba en alguna grieta y rezaba hasta caer dormido. Otros se emborrachaban. Bebían vino de quema, chicha de maíz, bebían y bebían y, al volver a casa, pagaban su frustración con sus mujeres, mientras sus hijos berreaban. El muchacho sólo tenía a su patrona, la Virgen de la Cabeza. Era a ella a quien imploraba, noche tras noche, con fervor de flagelante. Pero cada día era el mismo día. La esperanza se le escurría entre los dedos como si fuera arena fina, y el mozo Juanillo ya se veía hecho un despojo; un viejo escuálido, tembloroso, afilado como una lasca, que deambula a tientas por las galerías más profundas, las abiertas en plena roca, a cientos de pasos de cualquier otro minero, y tan lejos de la superficie como lo está un pobre indio de la tribu yanacona de Su Sacra y Católica Majestad el rey de España.

 

 

Y sin embargo, no hay que dejarse llevar por el desaliento, ni lamentarse por la derrota antes de entrar en combate, pues hasta los galeotes que viven amarrados al remo alimentan la secreta ilusión de ser liberados un día. Juanillo perdió un ojo, el derecho; pero justo cuando creía que iba a quedarse ciego, sumido en la oscuridad más penosa, y rezaba, y se atormentaba y se tiraba de los pelos, soñó con la voz de doña Catalina, que le susurraba quedamente al oído: «Hágase la luz». Y al despertar volvía a ver tan claro, aunque solo fuera por un ojo, como no lo había hecho desde que lo encerraran bajo tierra. Para terminar de redondear la casualidad, que siempre habrá quien llame milagro, ocurrió por aquel entonces que el alcalde de minas entregara la cuchara, arrastrado hasta la huesa por sus ardores juveniles y sus ínfulas de Amadís octogenario. Cuentan las malas lenguas en los mentideros de la villa que al viejo se le había secado la mollera; que se bebía los días enfrascado en sus crónicas de la conquista y que las noches se le hacían cortas a lomos de doña Catalina. Cuentan que si fue ella misma, en el ardor del combate, la que dejó caer como sin darse cuenta lo oportuno de una expedición contra los indios rebeldes de la frontera; y quién mejor que todo un caballero de san Lamberto[2] para encabezarla, susurró suavemente, para sojuzgar aquellas marismas insalubres en nombre del rey y ganar para la Vera Cruz las almas idolátricas de sus moradores. El alcalde de minas era un hombre anciano, irresoluto, que de primeras no dijo nada. Sólo picaba, picaba, rumiaba y resoplaba. La idea le seducía, se solazaba, la acariciaba, ya casi relinchaba. Tan buen sabor de boca le dejaba que no dudó en hacerla suya; y antes de una semana, para llevarla a cabo sólo faltaba fijar la ruta y ponerse en marcha.

La expedición era un despropósito. Iba a ser una merienda de negros, pues don Cornelio, a caballo, más que don Cornelio parecía don Quijote. No hay más cera que la que arde, murmuraba la gente en las iglesias, en la cola del confesionario; y es que aquel hombrecillo mustio y desgarbado, que tan bien se conducía en el lecho de Venus, en el campo de Marte era un auténtico zote. El manípulo le sonaba a griego, la falange macedonia a árabe bereber, y puesto ya un pie en el estribo, todavía no era capaz de distinguir entre una gola y un gorjal, ni sabía a ciencia cierta para qué se emplea un bacinete, de no ser para lo excusado. Así y todo, allá que va el bizarro don Cornelio, todo gravedad y empaque, con el cabello recién teñido y una nueva dentadura de marfil y alambres de oro. Le sigue una tropilla de mercenarios mal pagados, un negro, un fraile, el cocinero, el cronista de la villa, dos chihuahuas peleones, Saladino y Bayaceto, un barbero, un mozo de espuelas, algunas acémilas con la impedimenta y media docena de mestizos ganapanes. Ya podría haberle acompañado un escuadrón entero de monos voladores o los trescientos elefantes de Aníbal, que el resultado hubiera sido el mismo. Los salvajes chiriguanos, sin más ropa que sus tatuajes, no tuvieron piedad de ninguno. Los derribaron con sus hondas de las cabalgaduras. Desollaron a los soldados, vivos todavía. A los peones no los dejaron ni revolverse. Se comieron a los chihuahuas, que el Señor los guarde, y a don Cornelio le cortaron la cabeza.

La noticia causó un revuelo fuera de lo corriente. Pasaron semanas, y en la villa imperial era como si no hubiera otro tema que ése. Doña Catalina se convirtió en viuda de la noche a la mañana. El luto la hermoseaba, contrastaba con la suave palidez de sus facciones.  Ella lo sabía, sabía que los hombres la observaban, que se detenían al verla aparecer y la seguían con la mirada, sabía que se abismaban en la turgencia de sus atributos; y se dejaba ver, todas las tardes, camino de la iglesia de las Angustias, con sus elegantes vestidos se seda negra y encaje y una lágrima rielando en los lagos de sus ojos melancólicos, siempre a punto de caer. Mientras tanto, el mundo entero parecía girar en torno a su marido. Las fuerzas vivas de la ciudad acuñaron una tirada limitada de medallitas de cobre con su efigie. Se organizó una colecta para sufragar un busto nuevo en la plaza del Regocijo. Hubo jornada y media de volatines y acróbatas, cabras saltarinas, vacas enmaromadas; y como colofón y fin de fiesta, por san Cornelio, llegó lo inesperado. Por orden del nuevo alcalde y, según parece, a instancias de doña Catalina, se hacía saber que todo aquel que llevara más de cuatro años trabajando en el cerro sería considerado libre, siempre y cuando no fuera por causa de sangre ni por cualquiera de los delitos perseguidos por el Santo Oficio. Los pregoneros se desgañitaban por las esquinas, y en las corralas y los mercados eran las comadres las que no daban abasto. Unas se hacían lenguas de la nobleza de la viuda. Otras, las menos, torcían el bigote y decían que si aquí había gato encerrado.

Lo que nadie sabía es que doña Catalina todavía recordaba con cariño y cierta nostalgia las noches pasadas en las caballerizas. Cuando se hincaba de hinojos a la vista de todos y fingía rezar con una devoción impostada, no era por su marido por quien pedía. Ni fue tampoco por los mineros, aquella sucia turba de gandules y borrachos, por quienes se arrodilló frente al nuevo alcalde de minas y, abrazándole las rodillas, gimió y lloró y suplicó largo rato, igual que una Magdalena, hasta que lo sintió suspirar y ablandarse. Pero esto nadie lo supo ni lo sabría nunca, ni siquiera su confesor, el padre Angeliño Espírito, que a la vejez gozaba de una beatífica sordera. Si algo había aprendido en el convento de la Inmaculada Concepción era a nadar y guardar la ropa. La amnistía corrió en bandos y pasquines por toda la provincia. Escribanos, pordioseros y aguadores llevaron y trajeron en jácaras y agudezas la generosidad de la pobre viuda, tan joven, tan desamparada; e incluso las alcahuetas más redomadas se vieron en la tesitura de alabar las buenas prendas de doña Catalina, reputada ya de santa, o callar y tragarse el sapo.

El caso es que a Juanillo, antes de que supiese por dónde le daba el aire, lo cogieron por el pescuezo y, casi en volandas, lo sacaron de la mina. Eres libre, le dijeron. Es un milagro, suspiró él, pensando con devoción en la Virgen de la Cabeza. Y como seguía clavado en el sitio sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, le calzaron un puntapié para que arrease, ¡con Dios!, o amanecía de nuevo en el pozo.

 

 

La tarde se consumía cuando alcanzó lo alto del cerro. Hacía frío en la cumbre, un cierzo áspero, seco. A su alrededor, los matorrales se sacudían como si estuvieran en llamas. El muchacho, sin embargo, se resistía a emprender el descenso. Estaba muy cómodo allí arriba, sin ningún capataz que le golpease ni le diese una orden. Se encontraba a sus anchas, y tan protegido que le hubiese gustado hacer de aquel lugar su refugio, levantar con sus manos cuatro paredes de piedra y que el resto del mundo siguiera su curso. Juanillo contemplaba los últimos fulgores del crepúsculo, las nubes carmesíes, añil y oro, y el brillo cristalino de la luna llena. El firmamento se abría antes sus ojos y se desplegaba como un códice sagrado, muy antiguo, cuyos trazos y colores se han ido desluciendo con el paso de los siglos, pero que aun así resulta espléndido todavía. Nimbos, centellas, remolinos de plata y fuego. La noche estrellada palpitaba sobre las cuatro regiones del mundo. El muchacho vio aparecer por el oriente la gran cruz de Viracocha, señor del viento y los mares; vio cómo las constelaciones trazaban surcos y jeroglíficos en su lenta deriva por el océano del cosmos. El cielo se había convertido en un semillero de fanales y luminarias, y él pensó en su señora, la Virgen de la Cabeza.

Bajó la mirada hacia el llano. No tenía prisa, y se dejó llevar con la docilidad de una hoja por los campos y los caminos, por las lomas salpicadas de ermitas, la de san Millán, la de Santiago, la de Nuestra Señora de los Remedios, por los cauces sinuosos de los arroyos. Vista desde lo alto del cerro, la villa parecía un modelo hecho a escala o una ciudad de juguete. Las casas, las cuadras, los claustros, todo tenía un aspecto tan frágil, incluso las iglesias con sus campanarios, tan de barro y piedrecitas, que sólo con soplar o dar un grito hasta el palacio que ocupaba la Real Ceca de la Moneda saldría volando como un castillo de naipes. Juanillo respiró profundamente. Se sentía libre, más grande de lo que era, y durante un instante paladeó el sabor sutil y embriagador de la arrogancia. Supo lo que era ser Jesús el Nazareno, el hijo del carpintero, cuando el Diablo lo elevaba por encima de los tronos de los hombres y lo incitaba al desvarío.

Potosí - 1

El muchacho se santiguó un par de veces. Pensaba en su señora, la Virgen de la Cabeza; en la mina lo hacía a todas horas. Noche tras noche, se arrodillaba frente a una oquedad abierta en la roca, que él hacía servir a modo de oratorio. Cerraba los ojos, entrelazaba las manos a la altura de la frente, «ave Maria, gratia plena, Dominus tecum», y comenzaba a rezar. Juanillo recitaba con fervor sus oraciones. Se golpeaba en el pecho con el puño cerrado, «mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa». Agachaba la cabeza hasta sentir el tacto húmedo del suelo; se doblaba sobre sí mismo, igual que una s minúscula, y pedía a la Virgen que intercediera por él ante su único Hijo, que lo protegiese de los peligros del cerro y lo amparase bajo su cálido manto de terciopelo blanco. La mayoría de las veces estaba tan cansado tras todo un día de picar y picar y masticar tierra, que se quedaba dormido a las primeras de cambio.

Lo siguiente que veía era el rostro de doña Catalina. El Cerro Rico se perdía a su espalda, y con él el cansancio y el frío, la soledad e incluso el hambre. La luz de la luna se filtraba por un respiradero del techo. Dentro de las caballerizas, doña Catalina descansaba en silencio, recostada entre los fardos de heno; una leve sonrisa le iluminaba el semblante. Parecía un lirio, tan frágil, o una escultura de mármol. La Santísima Virgen en el momento del tránsito y su ascensión a los cielos, con las manos entrelazadas sobre el regazo y las mejillas arreboladas, y el cabello en desorden, muy negro, que se le vencía hacia un lado. Juanillo se inclinaba sobre ella casi con reverencia. La besaba en la frente, en los pómulos, en los ojos cerrados. Bebía de sus labios como si estuviera sediento. Ambos se habían quitado las ropas, que les estorbaban; y sus cuerpos encajaban mutuamente como lo hacen las ruedas de un engranaje.

El viento arreciaba y decidió seguir adelante. Echó a andar cerro abajo, primero con cuidado, muy lentamente, sorteando las piedras sueltas para no resbalar y dejarse los sesos. Conforme avanzaba, no obstante, y según rompía a sudar, comenzó a animarse. Caminaba con paso alegre, triscando entre las rocas. Recordaba las uñas de doña Catalina, clavándose en su nuca, recorriendo arriba y abajo los senderos de su espalda; y una sonrisa de anhelo floreció en sus labios.

El muchacho estaba de un humor excelente. Le dio por pensar que si él hubiera sido Nuestro Señor Jesucristo, aquel viejo tahúr del Diablo no habría tenido ni que trucar los dados para sacarle ventaja y ganarle, al menos, por una cabeza. Y mientras la muy noble y señorial villa rica de Potosí se le insinuaba, y crecía, y abría como un burdel las cien bocas de sus calles y amenazaba con tragárselo de nuevo, el mozo Juanillo no se lo pensó dos veces. Redobló el paso, escupió por el colmillo y, como quien no quiere la cosa, comenzó a silbar una coplilla arrabalera.

 


 

[1]           Mitayos, trabajadores forzados. Indígenas obligados a servir a la corona durante un periodo de tiempo determinado.

[2]           San Lamberto de Zaragoza, patrón de los labradores. Su amo lo decapitó por no renegar de Cristo. San Lamberto cogió su cabeza del suelo y, ni corto ni perezoso, se fue caminando junto a una pareja de bueyes hasta la cripta de santa Engracia, donde pidió que lo enterraran. Goya lo representaría en la cúpula de la Regina Martyrum vestido de baturro y con la cabeza bajo el brazo.