Piccadilly Circus

Esta carta da inicio a un proyecto epistolar de varios autores, que te invitamos a leer y descubrir. Cada sábado se publicará una nueva entrega en alguno de los blogs participantes. Puedes leer todas las cartas siguiendo los enlaces que hay al final del texto.


Sabrás, amigo Félix, que hace unos días fallecía la reina Isabel II a los 96 años de edad, que ya son velas que soplar, después de más de siete décadas sentada en el trono. Es lo que podríamos llamar un estreñimiento real. Fue el 9 de septiembre, para ser exactos. Se disparó una salva de cañonazos por cada año cumplido hasta alcanzar los 96 en Hyde Park y la Torre de Londres, el castillo de Edimburgo y los de Cardiff y Caernarfon, también en los jardines del Museo de York, y las campanas de abadías e iglesias doblaron por toda Inglaterra, Escocia y Gales. El estrépito era mayúsculo, tanto es así que algunos veteranos del ejército salieron de sus casas en camisón, con el gorro de dormir y un fusil de la guerra de Crimea en sus frías y crispadas manos, pensando que los alemanes volvían a hacer de las suyas. Cierto que con los alemanes nunca se sabe.

Tengo la impresión de que en las islas el tiempo va a otro ritmo, todo parece durar un poco más de la cuenta. Las exequias de esta señora, por ejemplo, se han alargado más que el Tour de Gran Bretaña. Durante nueve días el féretro ha hecho un alarde de ubicuidad pasmoso primero y después exasperante; ha aparecido en todas las televisiones y ha sido trending topic en las redes sociales. Ha viajado de oca a oca y tiro porque me toca de Balmoral a Edimburgo, a pie, en tren y en avión (solo ha faltado montarlo en un patinete eléctrico), pin y pon entre el palacio de Buckingham y la abadía de Westminster, y, tras el funeral, vuelta al castillo de Windsor. Ha hecho tantos kilómetros que, una vez en la cripta, va a tener que pasar la revisión de las gomas.

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Al evento, decíamos, han asistido cientos de invitados de todo el planeta vestidos con sus mejores galas. Los dolientes de estricto luto, gaiteros y trompeteros, la Guardia Galesa con sus uniformes recién planchados y sus enormes sombreros de piel de oso. Menudo fiestón se han montado, con heraldos y té de las five o’clock, reyes de armas, mariscales de la corte e incluso la Policía Montada del Canadá. Beckham lloraba a moco tendido y he creído ver pasar a Harry Potter con la bandera a media escoba. En algún momento el funeral parecía un circo a tres pistas con el realizador de la BBC de maestro de ceremonias. Ninguna parafernalia parece excesiva cuando el gasto sale del bolsillo público. En fin, pompa y oropel. Vanidad de vanidades, que dice el Eclesiastés, o lo que viene a ser nuestro equivalente castizo: el muerto al hoyo, etcétera.

Hablando de hoyos. Una de las veces que visité El Escorial acababa de morir Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre del emérito Juan Carlos, llamado de rey Primero o el Campechano. La guía nos comentó al bajar por las escaleras de la cripta que en ese momento sus restos descansaban en el pudridero. ¿El pudridero?, ¿y qué es eso, te preguntarás? Pues se trata, según nos explicó muy cortésmente, de un cuarto pequeño, sin luz ni ventilación alguna, donde los restos regios permanecen de 20 a 30 años, cubiertos de cal viva, hasta que terminan de descomponerse y dejan de oler (mal, se entiende). Ah, el maravilloso milagro de la vida.

Vanidad de vanidades, decíamos, ¿no?

¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón,

¿qué se hizieron?

¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué fue de tanta invención

como traxieron?

En el pudridero los tienes, Jorge. Al fondo, a mano izquierda.

Tema luctuoso el de esta carta que te envío, amigo Félix, pero, ¿cuál mejor para un apasionado de Poe? Y más pisando ya las hojas secas del otoño y a tiro de piedra de Todos los Santos. Sigamos, pues, a paso fúnebre camino del cementerio, donde terminará esta carta. Serguéi Prokófiev moría el 5 de marzo de 1953, el mismo día que Stalin, zar soviético en su reino del terror. La residencia del compositor, pianista y director de orquesta, se encontraba a poca distancia de la Plaza Roja, por lo que fue imposible celebrar un funeral al uso. Había tal cantidad de gente por las calles que el coche fúnebre no pudo llegar hasta allí y el ataúd tuvo que ser llevado por callejones secundarios en dirección opuesta a la de las masas que acudían, por curiosidad u obligación, a llorar la muerte del padrecito Stalin. Los pocos amigos de Prokófiev que asistieron al entierro, los que se atrevieron a ir, los que no estaban en un campo de trabajo siberiano, solo pudieron llevarle flores de papel; las naturales habían sido requisadas por las autoridades para el monumental velatorio de estado. Tres días después de que la muerte de Stalin llenara las portadas de la prensa de todo el mundo, en un recuadrito, en las páginas interiores de algunos periódicos, se daba la noticia, como en sotto voce, de la muerte del genial compositor.

Asumámoslo, mi querido Félix. Vivan o mueran nuestros queridos amos, siempre serán malos tiempos para la lírica, que cantaba aquel.

En fin: la reina ha muerto.

God save the queen!


Puedes leer la siguiente carta en el blog de Félix Molina. ¡Disfrútala!

10 comentarios sobre “Piccadilly Circus

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