El matarife


La guerra no es fácil ni para las alimañas. Las trincheras son como ciénagas, resbaladizas y húmedas. Las ratas se multiplican; devoran los cinturones, las cartucheras, se pelean dando chillidos en cuanto se hace de noche. Encogidos, agotados, niños con disfraz de soldado, el rostro ennegrecido por el humo y leve bozo, matan el tiempo contemplando los renglones de unas cartas que a duras penas sabrían deletrear, pero que se saben de memoria. Cartas de sus padres, de sus novias, fotografías gastadas de tanto manosearlas, que todavía conservan el aroma de la ansiedad y el pan de hogaza. Discuten, los que tienen ganas, o silban cancioncillas patrióticas; unos luchan inútilmente con los piojos, otros se adormilan mirando la luna entre las alambradas, a la espera del siguiente combate, que quizá sea el último. La guerra no es noble, ni santa, sino lúgubre y descarnada; y un olor a suciedad, el olor de los cuerpos que se pudren sin nadie que los entierre, hinca los dientes hasta la médula del alma.

La guerra no es fácil ni para las alimañas. Para Ordovás el Mudo la guerra fue particularmente cruenta. En su mundo sin luces ni palabras, una bala le atravesó el muslo, dejándole una cojera que todavía hizo su introversión más sombría, su marginación, inconscientemente autoimpuesta como la del eremita, más siniestra. En medio de la tropa, con su mirar fijo cuajado de esquirlas, con su rostro cuadrado y térreo, mal afeitado, mal tallado en madera nudosa y basta, él parecía solo en medio del desierto. Cuando había que matar, arrastrando su cojera, el instinto sanguinario de un depredador le lanzaba en medio del combate; cuando había que morir, un fanatismo de asceta iluminado lo arrojaba al campo de batalla. Cuando, finalmente, un trozo de hierro le atravesó el ojo derecho, todos creyeron que Ordovás el Mudo había dicho sus últimas palabras.

No se trata de simple placer físico, sino de una efervescencia mental semejante al orgasmo; a pesar del olor a sangre y a vísceras, a carne fresca, que enrarece la atmósfera. Siente la vibración de la cinta transportadora. Frente a él, una res que lo mira con sus ojos grandes, legañosos, implorantes. No le tiembla el brazo al descargar el golpe. Los sesos le salpican en el delantal y de la cabeza abierta cuelgan un globo ocular y la lengua. El resto es pulpa rojiza.

El matarife descansa. Se frota las manos y vuelve a preparar el martillo. La cinta transportadora corre frente a él… ¡pum! No le ha dado bien. El animal se estremece, patalea, chilla como un ferrocarril al llegar a la estación; apenas ha tenido tiempo de moverse y ¡pum!, otro golpe. En el momento de recibir el segundo impacto, saltan en el aire las cuatro patas y todo su pesado cuerpo parece levitar, antes de desplomarse con estrépito. La cinta vuelve a correr llevándose los restos del animal, que se convulsiona espasmódicamente, hacia las tijeras de sus compañeros: ris-ras, las venas de la derecha, ris-ras, las de la izquierda. Esta vez la res ni siquiera le mira. Agacha la cabeza, contempla el suelo, claudicando ante su destino. El primer golpe tampoco la mata, la deja respirando tortuosa, monstruosamente, asfixiándose en un prolongado resollar, mientras en el belfo se le forman burbujitas de baba y sangre. Cuando golpea de nuevo, piensa en su mujer. La muerte le sobreviene de inmediato.

Son muchas las veces a lo largo de la jornada en las que ha hecho el mismo movimiento. No suele fallar, lo hace mecánicamente. Es un trabajo sencillo. Hoy, sin embargo, cada vez que golpea, masculla algunas palabras para sí mismo, como si estuviera rezando, o encomendándose a Dios o al Diablo, y se toma unos segundos para limpiarse el sudor de la frente. Hoy, una sensación extraña, un cosquilleo, le recorre los brazos y le baja por la columna cada vez que golpea. Recuerda sin querer esbozos de guerra, sensaciones en el piquete con el fusil en la mano o avanzando a duras penas entre un aguacero de balas. Corre la cinta transportadora. La vaca es blanca, completamente blanca, igual que un traje de boda; y en sus ojos cristalinos adivina los de su mujer. Escucha su risa, saborea aquellos labios suyos, gruesos, mórbidos, su aliento en la boca, acariciándole, bajándole por el cuello; se le acelera el corazón, tiene la piel de gallina, la mano le tiembla un poco justo cuando la vaca lanza un mugido… pero los brazos caen, y con ellos el animal se desploma, muerto.

Matadero

La guerra no es fácil ni para las alimañas. Para Ordovás el Mudo la guerra fue particularmente cruenta. En su mundo sin luces ni palabras, una bala le atravesó el muslo, dejándole una cojera que todavía hizo su introversión más sombría, su marginación, inconscientemente autoimpuesta como la del eremita, más siniestra. En medio de la tropa, con su mirar fijo cuajado de esquirlas, con su rostro cuadrado y térreo, mal afeitado, mal tallado en madera nudosa y basta, él parecía solo en medio del desierto. Cuando había que matar, arrastrando su cojera, el instinto sanguinario de un depredador le lanzaba en medio del combate; cuando había que morir, un fanatismo de asceta iluminado lo arrojaba al campo de batalla. Cuando, finalmente, un trozo de hierro le atravesó el ojo derecho, todos creyeron que Ordovás el Mudo había dicho sus últimas palabras.

Sin embargo, Ordovás volvió del país de las sombras. La herida curó, dejando la cuenca vacía como un pozo, como un souvenir de la batalla de Alfambra. Lisiado y aún convaleciente, los médicos, que algunos días antes lo daban por desahuciado, lo mandaron a casa. En su pueblo, lejos de la sangre y el dolor de la guerra, el tartamudo ex combatiente hizo, siguió haciendo, lo único que sabía hacer, el único trabajo para el que había demostrado tener facultades.

El día entra rápido en la tarde como un cuchillo en la carne, la luz reverbera violenta en los cristales del matadero. De su derecha, cada poco rato, le llega el rumor de los hachazos y el agua hirviendo. Huele a quemado, y un charco de sangre se coagula en el suelo alrededor de sus botas. Vuelve a frotarse el sudor, siempre con la colilla colgando del labio; se limpia la moquita con la manga. Está cansado, lleva horas sin detenerse. Suelta un juramento, pero lo hace para sí mismo, porque nadie le escucha. El tiempo se escurre a su alrededor con la tozuda rapidez de la cinta transportadora… ¡Pum! Otro golpe. La cinta sustituye el cuerpo muerto por otro vivo. Es trabajo, simple rutina… no. Para él, hoy, es algo más que rutina.

El animal ante él, un ejemplar viejo, de carne correosa y gesto sombrío, le hace pensar en su hermano, a quien al volver de la guerra sorprendió con su esposa. Sus mismas entrañas. Le revienta un ojo del golpe, y tarda un poco más de lo necesario en acabar con él, apretando los dientes, como si quisiera sonreír y no conociera las instrucciones. Él nunca sonríe, y ya no lo hace cuando la cinta transportadora se lleva los restos de su hermano en un charco de orines. Ahora, mirándole llorosa, hincándole en el pecho los garfios de su mirada, descubre a su hija, o a quien durante algunos años pensó que lo era. La sospecha es como un parásito en el cerebro, arrastrándose por los intersticios, gangrenándole los recuerdos, poniendo huevos y multiplicándose día y noche. Se limpia el sudor de la frente, se frota la sangre de los guantes en el delantal. Sangre de su sangre, piensa. Cierra los ojos y levanta los brazos, mecánicamente, se deja ir…

–¡Vamos!, ¡vamos!

Alguien lo detiene, y al volverse, se topa con la mirada inexpresiva del encargado.

–¡Vamos!, ¡vamos! –insiste, empujándolo con brusquedad.

¿Ya es la hora? Encogiéndose de hombros, Ordovás el Mudo se deja arrastrar. Atraviesan la nave del matadero, que de pronto se le antoja interminable como en un sueño. Al salir al exterior recibe un bofetón de aire frío. Se ha hecho de noche. Respira profundamente, llena de aire fresco sus pulmones, limpiándolos del hedor a entrañas y pelo chamuscados.

–¡Vamos!, ¡vamos!

Intenta protestar, pero ya no es el encargado quien lo empuja, sino un guardia civil, que lo conduce de malas maneras hacia su compañero, plantado a unos metros con el fusil al hombro. No comprende lo que ocurre, pero no le gusta y forcejea. El guardia civil saca algo, una porra. Él se la quita de las manos y lo golpea en la cabeza como si fuera una vaca. Huye. Su camino, de repente, está salpicado de curiosos que chillan y se apartan a trompicones. A su espalda oye voces. Sin dejar de correr –cargando a duras penas su cojera, buscando una salida a la parpadeante luz de su único ojo, resollando como un toro acorralado–, se vuelve y descubre siluetas espasmódicas que chillan y desaparecen, un guardia civil en el suelo, a cuatro patas, con el rostro lleno de sangre; y su compañero –lo ve muy bien, muy lentamente, como si no hubiese visto otra cosa en su vida–, que apunta con el fusil y dispara.

Sólo al sentir el balazo atravesándole la espalda y caer derribado como un fardo, sólo al notar la dejadez, la somnolencia que le baja los párpados con sus dedos helados, Ordovás el Mudo se da cuenta de que hoy no ha ido a trabajar.

 

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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5 comentarios sobre “El matarife

  1. Unas pocas palabras de reconocimiento, noblesse oblige, a Ricardo Escalante, quien en su siempre interesante y esclarecedora bitácora (http://www.ricardoescalante.com) trae a colación a Nicolás Maduro a cuenta de nuestro matarife, Ordovás el Mudo. No queremos dejar pasar la ocasión sin expresar nuestra solidaridad con el pueblo venezolano, cuya situación, durante tanto tiempo bajo el pie de uno u otro tirano, nos hace pensar en “El coloso”, de Goya.
    Desde aquí, mi comprensión y mi compromiso con la libertad y la democracia.

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  2. Gracias por invitarme a estas lecturas. Lo prefiero escribiendo textos largos y no microcuentos que, para mí, son como esos calditos en los que se encierran gallinas y verduras y se las reduce a su mínima expresión. Su escritura tiene pasión. Incomoda, sorprende, golpea y, a la vez, resulta placentera. Felicitaciones.

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