Mi querida Clementina


 

Et in Arcadia ego

 

Reverendo padre Hermenegildo.

Desde la √ļltima vez que nos vimos, en los soportales de la Colegiata, y charlamos animadamente sobre toros y pol√≠tica, enmend√°ndoles la plana a los se√Īores diputados entre pulgarada y pulgarada de tabaco, compartiendo novedades y alg√ļn puyazo a expensas del maestro Lagartijo, han pasado cuatro d√≠as‚Ķ Nada m√°s que cuatro d√≠as, qu√© poco cuesta decirlo. Tres de ellos he estado delirando, sin echar un pie fuera de la cama por culpa de las calenturas, sin comer ni beber y maniatado por las s√°banas. Hoy, por fin, he podido recostarme y pedir recado de escribir, papel y pluma, para garabatear con mano insegura lo que ocurri√≥ en la Torre del Diezmo el domingo por la tarde, cuando aparecieron los bandidos y se llevaron a Clementina a punta de pistola.

Mi peque√Īa, mi dulce Clementina. Luz de mi vida, regocijo de mi asendereado esp√≠ritu [esta frase est√° tachada en el original].

No creo que sea √©ste el lugar m√°s apropiado para sacar a relucir las buenas prendas de Clementina; todo el mundo en la provincia las conoce o ha o√≠do hablar de ellas, y no tengo yo ni he tenido nunca alma de Argos ni √≠nfulas de poeta. Yo s√≥lo soy un humilde servidor de Su Excelencia, el marqu√©s de La Dehesa, y lo m√≠o son los n√ļmeros, no las letras. Sumar las partidas de abono y restar el consumo de pienso, multiplicar los rendimientos trimestrales y ajustar en lo posible el jornal de los peones, dividiendo las raciones de comida y los gastos para el mantenimiento. Tratar cada d√≠a con arrendatarios que huelen a sudor, a pachar√°n viejo, √©sa es mi penitencia. Ensuciarme la boca de juramentos, las botas de esti√©rcol; que las columnas encajen, que los asientos de Su Excelencia sean confortables, aunque por el camino tenga que escamotear recibos y empr√©stitos y hacer malabares con las letras de cambio, forzar la intenci√≥n de un convenio o desnaturalizar la propiedad de un vi√Īedo, un pinar o una acequia.

Hay un cuadro, no obstante, que expresa todo lo que yo querr√≠a decir con palabras y no s√© c√≥mo, lo que yo imagino cuando cierro los ojos por la noche y me dejo arrullar por los recuerdos, todo lo que siento, o lo que a m√≠ me parece que siento. Se trata de una pintura al pastel que Lucas Becerra, un muchacho de la tierra protegido de Su Excelencia, me confi√≥ poco antes de viajar a Valencia y m√°s tarde a Par√≠s, la Babilonia de nuestro tiempo; ciudad √©sta donde, seg√ļn tengo entendido, se dedic√≥ con la mayor prodigalidad del mundo a dilapidar el caudal de su talento entre mendigos y lisiados a quienes convidaba a aguardiente en caf√©s de mala muerte, y cerilleras de catorce o quince a√Īos, raras veces de m√°s de diecis√©is, con las que bailaba al comp√°s de la tuberculosis por las callejuelas a oscuras de Montmartre. El cuadro de Becerra est√° colgado en mi alcoba, sobre un bur√≥ de palo santo; no es muy grande, que digamos ‚Äďno es m√°s grande, por ejemplo, que una caja de puros, si descontamos el marco‚Äď, pero no lo tendr√≠a en mayor estima si fuera el retablo de una bas√≠lica. Muestra la apoteosis de Clementina, mi Santa Clementina, retozando coquetamente en el prado. El flequillo corto, muy gracioso, le cae sobre la frente. Un terrier peque√Īo, de pelo tostado, brinca risue√Īo y hace cabriolas junto a un abrevadero. El cielo est√° despejado, sin una sola nube; es un cielo de primavera, de un azul muy intenso, ribeteado de oro. Clementina levanta la cabeza y el rostro se le ilumina. Se muestra tranquila, radiante de gozo, igual que una madona del Renacimiento.

La pintura es mi refugio, mi santuario; a ella vuelvo cada d√≠a al terminar la jornada. Por su delicadeza, por la voluptuosidad de los trazos y el colorido, cualquiera podr√≠a imaginarse que es hija del talento de Honorato Fragonard, de un Watteau o de alguno de sus disc√≠pulos. La contemplo ahora mismo, mientras escribo estas l√≠neas ‚Äďel gesto manso de Clementina, un poco somnoliento, la guirnalda de flores silvestres que lleva con tant√≠sima gracia‚Äď, y no puedo evitar que los ojos se me llenen de l√°grimas.

Estos √ļltimos d√≠as han sido los peores de mi vida. La cabeza me da vueltas cada vez que me acuerdo, y tengo que apoyarme en la almohada y respirar profundamente. Un matarife afila un cuchillo en un rinc√≥n de mi alcoba, un matarife de pelo grasiento, mal afeitado, con las cejas bastas como cepillos de p√ļas y el mandil salpicado de sangre. Fuma sin prisa mientras afila la hoja, frot√°ndola arriba y abajo con una lima met√°lica, arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que el cigarrillo se le consume en los labios. Despierto sudoroso, con la sensaci√≥n de estar asfixi√°ndome, cuando le veo pisar la colilla y dirigirse hacia Clementina con el cuchillo en la mano. Mi cuarto es un velatorio, la cripta de una iglesia. Un cresp√≥n de fiebre negra me cubre la cabeza. Los bandidos se arraciman a los pies de mi cama, sentados entre los cirios en banquetas de enea; unos se santiguan, o reprimen un bostezo, otros dan cabezadas, y hay quien se suena los mocos, gargajea y vuelve a son√°rselos. Se oye una voz que dice, sin mucho convencimiento: ¬ęSiempre se van los mejores¬Ľ, y otra voz que repone, pasado un tiempo razonable: ¬ęSi es que no semos naide¬Ľ. Los sue√Īos se suceden sin orden ni concierto. Gatos, avispas, cucarachas, un sapo que atrapa a una lib√©lula, y las alas rotas, aplastadas, desapareciendo en su boca. Sue√Īo que estoy ensartado en el espet√≥n de una parrilla, rodeado por una comparsa de gigantes y cabezudos que cantan y bailan, y me untan con aceite, ¬ęper istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam‚Ķ¬Ľ, me sazonan abundantemente el lomo y las costillas y, mientras las mozas giran en corros conc√©ntricos con gran algazara, dos m√°scaras grotescas, Fray Manteca y el Alguacil Borrajas, a punto est√°n de llegar a las manos, discutiendo acaloradamente sobre c√≥mo estar√≠a m√°s sabroso, si en salsa vinagreta o con ajolio.

Vinieron por la ermita de la Virgen del Yugo, poco despu√©s de la hora del √°ngelus. El sol afilaba las sombras, sacando punta a las encinas, convirtiendo los pinos en horcas y los cipreses en alabardas viejas. Era domingo por la tarde, fiesta de Santa Efigenia, y no hab√≠a nadie o casi nadie en casa de Su Excelencia, y muy poca gente en el resto de las dependencias, excepci√≥n hecha del ganado, recogido ya en los establos, de dos o tres zagales que corr√≠an, chillando y persigui√©ndose por los lavaderos y la acequia, y del t√≠o Emerenciano, el antiguo sobrestante, que se hab√≠a dormido a la sombra de un olivo con una navaja y una cu√Īa de queso en las manos. Yo cruzaba en aquel momento por la explanada del patio, y los vi venir desde lejos como quien ve acercarse el pedrisco. Estaban los once, toda la cuadrilla, montados unos en burro, otros a caballo, con los hermanos Briones a la cabeza del grupo. No me cost√≥ mucho reconocerlos, aunque no los hubiese visto en mi vida, gracias en parte a los bosquejos de los bandos judiciales y a los pliegos que venden los ciegos, y sobre todo a las historias que van corriendo por ah√≠ de boca en boca, de plaza en plaza, y que acaban desaguando entre vinos y humoradas en la taberna de Paco el Ciruelo, donde se juega a las cartas hasta las tantas de la madrugada. Pedro, el mayor, seco, oliv√°ceo, con su traje de pana gastada, le dec√≠a algo a Santiago, se√Īalando primero la paridera y luego los cobertizos. √Čste, muy atento, asent√≠a sin despegar los labios, como si las palabras de su hermano fueran las del Evangelio de San Pedro. Santiago el Barbas, o el Forzudo, que tumb√≥ a un cabestro de un pu√Īetazo en la frente, el Goliat del Jiloca, lo han llamado alguna vez los peri√≥dicos de Teruel y Zaragoza; y no van muy desencaminados. De no haberlo visto con mis propios ojos, nunca hubiera cre√≠do que fuera tan grande, tan fiero, con aquel aspecto de jabal√≠ que rasca el suelo y baja el hocico, y se dispone a embestir. Al otro lado de Pedro estaban los gemelos, Tom√°s y Mat√≠as, bromeando con su primo Nicodemo, el idiota.

Me qued√© paralizado. Entraban cabalgando por la puerta de los carros y yo segu√≠a inm√≥vil. Tendr√≠a que haber salido corriendo en cuanto los vi cruzar por las eras, y quiz√°, con un poco de suerte, me hubiera dado tiempo de alcanzar las afueras de Villanueva o incluso de Daroca, pero no fui capaz de moverme; de hecho, no pude defenderme y casi ni hablar en todo el tiempo que estuvieron los bandidos, s√≥lo temblar, igual que un rat√≥n que ha ca√≠do en un nido de culebras y no acierta a escapar ni a revolverse, y lo √ļnico que hace es esperar. Esperar a que lo engullan.

Lo mismo me ocurría a mí.

‚ÄďBueno, bueno, bueno‚Ķ pero, ¬Ņqu√© tenemos aqu√≠? ¬ŅPues no es esta garrapata, esta sanguijuela gorda, don Torito Roboviejo, el sacrist√°n de Su Ilustr√≠sima Indolencia?

Los gemelos me rodearon sin desmontar de sus cabalgaduras, y con ellos estaba el tonto Nicodemo, que no paraba de re√≠rse. ¬ę¬°Roboviejo!, ¬°Roboviejo!¬Ľ, coreaba sin descanso, mostrando una lengua gorda y salivosa que se agitaba como si fuera una larva. ¬ę¬°Roboviejo!, ¬°Roboviejo!¬Ľ, que enseguida se convert√≠a en ¬ę¬°Raboviejo!, ¬°Raboviejo!¬Ľ, y estallaba en carcajadas.

Pedro, en el centro del patio, observaba el trabajo de sus hombres, concienzudos c√≥mo hormigas; c√≥mo iban saqueando el granero, la bodega, la casa de Su Excelencia, ¬ęel marqu√©s de la Rapi√Īa¬Ľ, dec√≠an los gemelos, y el tonto repet√≠a con un acento siniestro: ¬ę¬°la Rapi√Īa!, ¬°la Rapi√Īa!, ¬°ja, ja, ja!¬Ľ Los muebles volaban por los aires antes de estrellarse contra el suelo, las antig√ľedades francesas, los biombos japoneses, la porcelana, las alacenas, el estr√©pito de los espejos venecianos al reventar en mil pedazos. No respetaban nada, ni los relicarios de taracea, ni los escudos de alabastro. Esa chusma de anarquistas sin escr√ļpulos, m√°s da√Īinos que una plaga de langostas, ese hatajo de bucaneros, esos turcos sarracenos, capaces de cortarle una mano a su madre para empe√Īar las sortijas. Rajaban los colchones de parte a parte y los tiraban por las escaleras, esos perros sacr√≠legos, sin collar y sin amo. Descolgaban los cuadros de familia y hac√≠an sobre ellos sus cosas, con perd√≥n, las aguas, apostando una perra chica a que acertaban en los bigotes de los marqueses, y una perra gorda a que lo hac√≠an en las cofias de sus esposas. Reun√≠an los mejores animales, los m√°s lustrosos, vacas, cabras, ovejas, que corr√≠an enardecidas de un lado para el otro, aplastando a las gallinas. Santiago bufaba, gru√Ī√≠a, se calaba el sombrero hasta las orejas y volv√≠a a quit√°rselo, trataba de poner un poco de orden a fuerza de pulmones. M√°s que gritar, retumbaba, parec√≠a un olifante en el fragor de la batalla. Soltaba unos juramentos que hubieran agrietado un campanario.

‚ÄאּDon Gorgojo!, ¬°don Melindres!, ¬°ja, ja, ja! ¬°Al√≠ Pach√° y los Cuarenta Capones!

Tom√°s, Mat√≠as y el tonto Nicodemo, Tom√°s, Mat√≠as y el tonto Nicodemo, Tom√°s, Mat√≠as y el tonto Nicodemo, dando vueltas y m√°s vueltas a mi alrededor, igual que un tiovivo, o como si estuvi√©ramos en una corrida de rejones. Me escup√≠an, me insultaban, me empujaban con el pie o con la culata de la tercerola, y yo no hac√≠a nada para defenderme, no les dec√≠a nada, ten√≠a la mirada en el suelo y la boca cerrada, igual que Jes√ļs en la corte de Herodes. ¬ęDon Mondongo en Salmorejo, don Morcillo Burro y Viejo, don Redondo al Vino Tinto¬Ľ. O√≠ un quejido, un mugido lastimero, y no necesit√© m√°s para saber que se trataba de Clementina. La hab√≠an atado con una soga de c√°√Īamo y tiraban de ella bruscamente, con m√°s fuerza que acierto, sac√°ndola casi a rastras del establo. Quise acercarme, pero no me dejaron. Me ten√≠an acorralado, igual que a un cordero durante la esquila.

‚Äď¬ŅPero se puede saber qu√© modales son esos, don Torrezno? ¬ŅEs que quiere irse as√≠, sin decir ni mu?, ¬Ņni un vaya usted con Dios?, ¬Ņni un triste buenas tardes, se√Īor m√≠o? ¬ŅY todo por esa vaca colorada? ¬°Acab√°ramos, que vienen faldas!

¬ęEsa vaca maciza, ¬°menuda tarasca con patas!, con cuatro fanegas de culo y unas tetas como dos almiares de paja¬Ľ. Me preguntaron si era mi amiga, se re√≠an, el tonto se atragantaba de tanto re√≠rse, mi entretenida. Mi querida Clementina, pobrecilla, qu√© culpa tendr√≠a ella. Yo tartamudeaba, intentando justificarme, pero ellos volv√≠an una y otra vez a la carga; y cuando Su Excelencia estaba de viaje, ¬Ņqu√© hac√≠a yo por las noches? Seguro que aprovechaba para visitar el establo y darme un atrac√≥n de ternera, o dos‚Ķ ¬°o tres! ¬ę¬°Vaya, vaya, don Tarambana!, ¬°a su edad! ¬ŅQu√© dir√≠a el marqu√©s si le viera?¬Ľ Uno de los gemelos me retorc√≠a el moflete, gui√Ī√°ndome un ojo, como se hace con un ni√Īo descarado. Y qu√© becerros tan lucidos iba a darme, de tres o cuatro arrobas para arriba, con sus rabicos bien peinados, con sus cuernecicos, cepillados y limpios para la feria. El mayor ser√≠a el heredero, el segundo vestir√≠a los h√°bitos, el tercero har√≠a carrera en el ej√©rcito ‚Äď¬ę¬°bravo!, ¬°bravo!¬Ľ, aplaud√≠an‚Äď, y cuando volviese de permiso con el lomo todo lleno de medallas, banderillas y divisas, con el cuarto, el quinto y el sexto, para celebrarlo, har√≠amos una barbacoa de padre y muy se√Īor m√≠o. No podr√≠a decir con certeza qu√© ocurri√≥ a continuaci√≥n, si fue por aquellas palabras que me escarbaban por dentro, y me apretaban como un dogal en el cuello, o fue por la impotencia, por ver c√≥mo tiraban de Clementina y se la llevaban de mi lado; no s√© si forceje√©, o si trastabill√© y me empujaron. El caso es que me fui de bruces contra Nicodemo, que bland√≠a un vergajo, una fusta larga y retorcida con la que hac√≠a molinetes a diestro y siniestro. El tonto se sobresalt√≥, me golpe√≥ con la fusta en la cabeza, se desequilibr√≥ al impulsarse de nuevo y ambos ca√≠mos al suelo.

‚ÄďY a quien Dios se la d√©, que San Pedro se la bendiga, ¬°am√©n, am√©n!

Cuando abr√≠ los ojos el patio estaba desierto. Intent√© levantarme, pero las piernas no me respond√≠an, no soportaban mi peso, y volv√≠ a derrumbarme como un monigote de trapo. Me llev√© un pa√Īuelo a la brecha para limpiarme la sangre. En el horizonte, el sol se pon√≠a. Las siluetas de los Briones, envueltas en una nube de polvo, se iban haciendo cada vez m√°s peque√Īas. Sonaron, en medio del p√°ramo, las cuerdas de una bandurria, varios rasgueos en√©rgicos, y luego la voz de uno de los bandoleros, cantando una jota:

 

Cien vacas tiene el marqués.

No quedar√°n ni los cuernos.

Ma√Īana las guisaremos

con seticas y ajos tiernos.

 

La voz se fue atenuando. Los bandoleros se hab√≠an alejado tanto que pronto dej√© de o√≠r nada. La sangre segu√≠a saliendo, a pesar del pa√Īuelo; notaba el pulso en las sienes, y c√≥mo resbalaba caliente, lentamente, por la mejilla y el cuello. Empec√© a marearme. Antes de perder el conocimiento, recuerdo haber deseado con todas mis fuerzas que la Guardia Civil diese pronto con su guarida, que no escapase ninguno, ni los m√°s j√≥venes de la cuadrilla, ni siquiera el tonto Nicodemo; que acabasen entre rejas, o mejor, cargados de grillos, de hierros, exhaustos, sedientos, arrastrando los pies por el polvo del camino; que la gente les escupa, la buena gente que respeta el orden y cumple la ley a rajatabla, los tahoneros, los aguadores, los boticarios, los mozos de cuerda, que los apedreen cuando crucen los pueblos y pasen frente a las masadas. Que el verdugo les parta el cuello en el cadalso, atados con correas al garrote vil. Ver c√≥mo el tornillo va girando, girando, girando, c√≥mo gimen y temblequean y se mojan los calzones mientras el tornillo sigue su curso, girando, sofoc√°ndoles, c√≥mo se retuercen pidiendo clemencia, ¬°crack!, y sus cabezas expuestas como escarnio y advertencia en el humilladero a la entrada de Belchite, Calatayud, Calamocha. Todo esto dese√© en un instante, y, para mi verg√ľenza, odi√© como nunca hab√≠a odiado antes, como espero no volver a odiar a nadie.

El odio es un sentimiento perverso, que siembra tu alma de abrojos. Te caldea la sangre cuando tienes fr√≠o, te embriaga el juicio. Hace que te sientas m√°s grande de lo que eres, casi desp√≥tico. Es como un cachorro de tigre que se acurruca a los pies de tu cama; si lo alimentas y dejas que crezca, no tardar√° en devorarte. √Čsa es su naturaleza.

Padre, van con la carta 5 reales en moneda de vell√≥n. Estoy convencido de que ser√° suficiente para oficiar una misa por el alma de Clementina, que Nuestra Se√Īora la acoja en su seno. Lleva el dinero Vicentico, el peque√Īo de la molinera; un arrapiezo de cuidado, a tenor de lo que dicen. Duro, seco, igual que un guijarro, la mirada insolente, que habla poco y se r√≠e con disimulo. Har√≠a bien en no fiarse de √©l m√°s que lo justo, porque es de la piel del Diablo. Si falta algo en la faltriquera, aunque s√≥lo sea calderilla, no se ande con sermones; dele un buen pescoz√≥n de mi parte y m√°ndelo de vuelta a la Torre del Diezmo, que ya arreglaremos cuentas.

Suyo afectísimo,

d. Toribio Castillejo,

Administrador de Rentas y Contribuciones

del marqués de La Dehesa.

 

¬© DOMINGO ALBERTO MART√ćNEZ

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