El árbol de la lechuza

Hacía frío esa noche, y Bartaś comenzó a impacientarse. Notaba un hormigueo que le subía por los brazos, un entumecimiento en la punta de los dedos. Se los había desollado a fuerza de cavar y cavar sin descanso, de arañar la tierra y arrancar guijarros; pero no podía detenerse. No a estas alturas, desde luego, ahora que ya quedaba tan poco. Golpeó dos piedras de sílex. Lo hizo a tientas, varias veces, masticando juramentos, hasta que saltaron las primeras chispas. Cuando prendió la llama en el hueco de una cañaheja, lo que vio le dejó sin aliento. Collares de ámbar, de cuarzo pulido, hebillas con forma de lobo cuyos ojos relampagueaban con el reflejo del fuego, monedas de plata, brazaletes, zarcillos, campanillas de bronce y de oro macizo. Era un cielo resplandeciente en el corazón de la tierra, y Bartaś tuvo que frotarse los ojos porque no terminaba de creer lo que estaba viendo; aquel firmamento jaspeado de estrellas que no se atrevía a tocar, por si se esfumaba en un sueño.

Se acabó ser una mula de carga, se dijo, escupiendo a un lado con resentimiento. Trabajar hasta caer derrengado cargando calderos del mar al estero, echar el agua al aljibe y vuelta a la playa, siempre con prisa, peleándose con los cangrejos, espantando a las gaviotas, rastrillando las parcelas y las balsas con los pies mojados y las uñas roídas por el salitre, con los lomos sudorosos, marcados a diestro y siniestro por el látigo del capataz, ese hijo de perra. Llenando una tinaja tras otra para engordar a las mismas familias de siempre, los mismos gorgojos. Los dueños de todo. Se acabó el olor de las morenas, el abrirlas de un tajo para sacarles las tripas; arrancar la raspa de los rodaballos, desmenuzar el hígado y los intestinos, y ponerlos a macerar en salmuera; y remover bajo un sol de justicia las agallas, la sangre y las huevas. El capataz: «¡Vamos, escoria!, ¡mala raza!, ¡que hasta mi abuela tiene más energía!», mientras el látigo chasquea y le muerde la nuca. Añadir pececillos enteros, salmonetes, pejerreyes, una pizca de pimienta, algo de anís o ajedrea, y remover y seguir removiendo envuelto en una nube de moscas. Se acabaron para siempre las salinas, las factorías de salazón y salsa de pescado, el llenar carretadas de arcilla para abastecer los alfares. No muy lejos, hacia el este, había una isla, Ibosim, la isla de Bes, el genio enano, la isla de las Fragancias. Allí nadie le conocía. Compraría un barquito, una falúa o con suerte una liburna, y surcaría el océano rápido y libre como una libélula, traficando desde Masilia hasta Cirene y de Gadir a Siracusa con marfiles labrados y papiros de Egipto, perfumes, incienso, especias de oriente, oro de Ofir y vino de Rodas, y esas pequeñas hebreas de ojos rasgados y uñas de gata que traían de cabeza a los senadores de Roma.

Pero eso sería mañana, o pasado mañana; ahora tenía que apresurarse.

–¡Espabila, borrico! –se recriminó, revolviéndose como una comadreja en la madriguera de un conejo–, o aún va a cogerte la aurora con la boca abierta.

Sorteó la urna cineraria de la sacerdotisa, haciendo el gesto de los cuernos para conjurar el mal fario, antes de centrarse en las joyas y escoger las que juzgó más valiosas, las más ligeras y manejables. Las guardó en una talega de cuero, y se escurrió fuera del túmulo por el mismo agujero por el que había entrado.

La necrópolis era un islote de niebla perdido en el océano del bosque. Dio algunos pasos vacilantes, primero hacia la izquierda, después en dirección contraria, topándose continuamente con los leones de piedra que jalonaban las tumbas; espíritus protectores con las fauces abiertas y unos dientes como puñales, que no le quitaban la vista de encima. Parecía que en cualquier momento fueran a lanzarse sobre él por profanar la tranquilidad de los muertos. Bartaś, sin embargo, no tenía de qué preocuparse, o al menos eso es lo que se decía a sí mismo. Le había ofrecido libaciones de aceite y de miel a Ataecina, diosa de la salud y la buena ventura, y «la gran madre blanca que baja del cielo» no solía descuidar a sus feligreses. Por si no fuera suficiente, se había encargado de que el guardián de la necrópolis pasara una tarde de lo más distraída. Aquel mercenario de acento norteño y barba trenzada, el tal Cerdulario… o Cerdubarbo, el de los ojos saltones, con una cicatriz que le zigzagueaba por la mejilla hasta la boca y la barriga redonda como un almiar de cebada, ese tal Cerdualgo, había trasegado tanto vino en honor de la Dama Culebra, que a estas alturas estaría durmiendo la mona en el primer rincón con el que se hubiera topado, resollando despreocupadamente entre la paja y las cagarrutas de las cabras.

Bartaś encontró por fin lo que andaba buscando, el castaño hendido por un rayo que indicaba el camino hacia el este. Tocó la talega colgada del cinto; la acariciaba como si fuera un amuleto cuando oyó a lo lejos el graznido de una lechuza, un grito áspero, ululante, seguido por un largo chillido que le heló la sangre. Un mal augurio, pensó. Fue lo último que pensaría. Sintió un desgarrón en medio del pecho, un golpe seco como un puñetazo. Vio, o creyó ver, un rostro a medias animal, a medias humano, «¡t-tú!», que venía decididamente a su encuentro desde detrás del castaño, y una zarpa negra como un murciélago que se le metía en la boca y lo dejaba sin aire.

 

 

Se arrodilló como si fuera a desmoronarse, hincando pesadamente una rodilla en el suelo. ¡Uf!, qué dolor, suspiró, masajeándose los riñones con los nudillos. Tenía la espalda hecha añicos por pasar la noche al raso. En otros tiempos –hacía muchas lunas de eso– daba igual lo poco que durmiera o la distancia que hubiera recorrido el día anterior; se levantaba de un salto con el canto del gallo, fresco y dispuesto para entrar en combate. Entre su pueblo, los orgenomescos, «los que se embriagan con la carnicería», los débiles y los deficientes eran abandonados en el bosque, entre las fieras, o ellos mismos se arrojaban al fuego durante la celebración del solsticio de invierno. Los fuertes seguían adelante, cantando alegremente al son de las cornamusas, sin preocuparse lo más mínimo de hacia dónde les llevarían sus pasos. Vadeaban marismas, trepaban por las estribaciones de las cordilleras o se descolgaban por las paredes cortadas a pico de los acantilados, se abrían camino por las vaguadas encharcadas de barro; hostigaban a sus enemigos hasta encerrarlos en sus castros, que tomaban por la fuerza y saqueaban, quemando todo lo que no pudieran llevarse. Tras el pillaje, todavía con un avispero de gritos en la cabeza, gruñidos, tumulto de espadas, gemidos y llantos de mujeres y niños, con el rostro congestionado, negro de hollín, y los brazos salpicados de sangre, no había cuerno de cerveza ni pellejo de hidromiel que fuera capaz de saciarle. Así se había ganado su apodo, la Sima, por sus fenomenales tragaderas; porque nunca se hartaba de comer, beber, cabalgar, de luchar a hierro o a brazo partido.

Le abrió la boca al cadáver. Le cortó la mandíbula inferior con limpieza, con la destreza de un matarife, y la envolvió en un pedazo de tela; con eso sería suficiente para probar sus palabras. Luego limpió el cuchillo en la hierba húmeda de rocío y se incorporó, desperezándose, de la misma manera que lo hubiera hecho un oso al salir de su cueva. Ahora todo era distinto. Casi no le quedaban dientes. Tenía el gusto estragado, lo mismo le daba una pierna de cordero que un puñado de tierra; sus digestiones eran largas y lentas como las de las salamandras. Por las noches, las tripas le ardían, daba vueltas y más vueltas y no pegaba ojo hasta la madrugada. Despertaba de repente, aterido, tiritando, intentaba respirar y se sofocaba. Tosía, tosía, escupía hilachas de sangre. Por la mañana descubría con un hastío indecible que el jergón volvía a estar empapado. Para su desgracia, había envejecido sin otro sacrificio en el campo de batalla que tres dedos del pie izquierdo y unos cuantos costurones. ¿Cómo quería que los dioses le fueran propicios? A estas alturas, lo único que le pedía a su señora, la Dama Culebra, es que los buitres devorasen sus restos y esparciesen sus escasas posesiones; que la muerte saliera a su encuentro armada con una espada afilada, una falcata larga y bien templada, y que lo ensartase de parte a parte como a un cochinillo.

–¡Sí, eso! –exclamó, acomodándose el manto de piel de verraco que le cubría los hombros–, ¡eso mismo!, ¡ja, ja, ja! Un maldito cerdo, ¡oinc, oinc!, ¡un cerdo viejo y bien cebado!

Al reírse, la cicatriz que le cosía la cara tiraba de la boca como si fuera un anzuelo. El rostro entonces se le retorcía, se resquebrajaba, dejando ver a través de las grietas una escena terrible a la luz de la luna. Crespones, espirales de estrellas, danzantes con los ojos vendados que giran y giran en mitad de un calvero. En un extremo, a modo de altar, alcornoques untados con brea y envueltos en llamas. Los iniciados bailan y aúllan sin parar ni un instante, dándose tajos en los brazos con punzones y azagayas; son fanáticos de un ritual prohibido con el cuerpo tatuado con motivos demenciales, esvásticas, tetrasqueles, grecas de serpientes, falos erectos con tentáculos y ojos, las ramificaciones de un relámpago. Bailan y se contorsionan como si fueran de trapo, desquiciada, arrítmicamente, como si no tuvieran huesos o los hubiera poseído Abilu, señor del espanto y los remolinos, mientras los prisioneros atados a los alcornoques arden y se consumen entre alaridos cada vez más roncos, más espaciados.

La risa convertía el rostro de Cerdubarbo en la mueca siniestra de una calavera.

Rebuscando en la talega, dio con unas arracadas de plata con forma de caracola. «Un trabajo muy fino», musitó, tanteando la labor de filigrana con la yema de los dedos. Frotó los pendientes con la manga para quitar la tierra y sacarle brillo a los cabujones, de un azul verdemar intenso. Examinó la trama de cerca, entornando los párpados; las medias lunas cinceladas con esmero y el botón de los engastes. «Me da en la nariz que, o mucho me equivoco, o esto tiene que valer su buen montón de faláricas». Cerdubarbo sopesaba los pendientes en la palma de la mano, echando cuentas mentalmente y valorando sus opciones. En todo caso, no había que precipitarse. El asunto era engañoso, igual que un espino en flor, engalanado con infinidad de ramilletes blancos, rosados, pero que por dentro esconde una maraña de espinas; tendría que andarse con ojo. Si vendía los pendientes a un comerciante con una suegra bocazas, por ejemplo, o a un orfebre que al segundo trago se fuera de la lengua, o incluso si se los ofrecía al santuario para congraciarse con los dioses, corría el riesgo de que tarde o temprano alguien los viese y los relacionase con la tumba profanada. No era frecuente ver joyas de esa categoría rondando por ahí. Darían con él de inmediato, lo torturarían por el simple hecho de pasar el rato, lo despellejarían vivo y lo arrojarían al pozo de los excrementos, donde se pudriría lentamente. Lo más probable, sin embargo, es que no se anduvieran con tantas zarandajas; lo rajarían de arriba abajo igual que a una trucha, desde la tráquea hasta el ombligo, y se acabó lo que se daba. Cerdubarbo se guardó las arracadas en una costura interior de la túnica; hasta que las aguas volvieran a su cauce, lo mejor sería apartarlas de miradas impertinentes. Se sacudió un escarabajo que había empezado a subirle por la punta de una abarca, y se entretuvo viendo cómo se afanaba para darse la vuelta, cómo se sacudía y agitaba las alas, «idiota», hasta que se cansó y le dio una patada.

El guardián de las tumbas se mesaba la barba entrecana, observando la hojarasca que alfombraba la necrópolis, cuando se acordó de Tirsá, la etíope, la del cobertizo con techo de bálago que se vendía entre los establos y las murallas, junto al mercado de la carne.

–Tirsá, claro, la etíope –sonrió–, con ella será fácil llegar a un acuerdo.

Sacaría las piedras y fundiría la plata. Perdería el valor de la joya, pero él al menos conservaría el pellejo. Pagaría todas sus deudas –y quien dice todas, dice unas cuantas–, y aún le quedaría lo suficiente para visitar a Tirsá, la etíope, la de las tetas gordas como las jorobas de una camella del Atlas y unos pezones sabrosos y tiernos como la pulpa de un higo maduro; la que por una falárica de cobre te tocaba con la flauta y los platillos una balada berberisca, por dos te frotaba el trinquete y le sacaba brillo a la gavia, y por cuatro monedas o, lo que es lo mismo, un zorzal y una gallina, se arrodillaba dándote la espalda y te endulzaba los oídos con el mosto de sus alabanzas, musitando entre largos suspiros y algún gritito, ¡ay, por Tanit!, lo buen jinete que eras y lo consumadamente bien, ¡ay, por la gran atalaya de Yeha!, que la estabas embistiendo.

Cerdubarbo le hizo un nudo doble a la talega. Sacó la verga antes de marcharse para aliviar la vejiga, apuntando entre las raíces del castaño a un racimo de hongos y, al cabo, con un último impulso, a la cara sin mandíbula del muerto, intentando acertar sin mucho éxito en el agujero de la garganta.

–¿No dices nada, eh?, ¿ni esta boca es mía? Bueno, amigo, yo me voy para casa. No pongas esa cara, que tengo asuntos pendientes.

Volvería a Lícabrum. En el barrio alto, el de los aristócratas, vivía la familia de la sacerdotisa, una de las más poderosas de la comarca, con sus haciendas y sus minas de plata, sus esclavos, caballos, campos de vid y olivares. Les llevaría las joyas a ellos. Eso sí, primero se acicalaría, pensó, ajustándose el cinto; olía peor que el nido de una abubilla. Buscaría un arroyo y se lavaría a conciencia. La cara, el cuello, se frotaría los sobacos y otros recovecos, se alisaría las ropas. Compondría el gesto adecuado, un tanto afligido, aunque sin alharacas. Puede que incluso se diese un golpe en la frente, un cabezazo contra la corteza de un árbol, o se desgarrase una oreja. La sangre era el perejil de los mejores relatos. Describiría con pasión y elocuencia la lucha a cara de perro con los tres… «¡qué digo tres!, ¡cuatro!, ¡media docena!», con los seis u ocho forajidos «altos y recios como abedules» que le habían salido al paso aprovechando la impunidad de la noche, y cómo había conseguido ahuyentarlos después de acabar con Bartaś, el cabecilla, un esclavo fugitivo que llevaba semanas atemorizando con sus incursiones a los habitantes de la sierra, granjeros y leñadores en su mayoría, picapedreros de la cantera de cal y la gravera, pastores, tramperos, simples labriegos. Con un poco de suerte, quizá hasta quisieran recompensarle.

–A lo que yo me opondré, por supuesto… a no ser que insistan.

Ya lo decían los viejos. No están bien que los perros se muestren soberbios cuando los tiran un hueso, y menos los perros sin amo.

 

 

Amanecía, la niebla se iba levantando, se deshacía en jirones que se quedaban enganchados en las ramas de los árboles, en las copas erizadas de los pinos, dando al bosque un aspecto fantasmagórico. Los melojos de corteza cenicienta, enhiestos como estelas funerarias, los tocones maniatados por las zarzas y los cajigos salpicados de verdín, retorcidos y desnudos, hacían pensar en las ruinas de un panteón abandonado. El guardián de la necrópolis se internó con paso alegre entre los árboles. Aún podía oírse a lo lejos el compás de sus silbidos, una vieja tonadilla orgenomesca, cuando apareció revoloteando majestuosamente una lechuza de plumaje blanco y ocre leonado, que venía a posarse en una oquedad del castaño, donde estaba su nido. Traía entre las garras un sapo verrugoso, de ojos saltones, vivo todavía a tenor de cómo pateaba, que sus polluelos se apresuraron a reclamar piando con insistencia, disputándose los mejores trozos a picotazos y engulléndolos a toda prisa para volver a por otros; de tal manera que, mientras la lechuza ahuecaba las alas y se limpiaba minuciosamente los cañones de las plumas, el sapo quedó reducido a un pellejo vacío al borde del nido, que uno de los pollos, el más menudo, se obstinaba en seguir picoteando.

 

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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