We the pinball

Estos días está siendo triste noticia, junto a la pandemia de Covid-19 que venimos sufriendo a nivel mundial desde hace ya varios meses, la violencia de la policía estadounidense, que el pasado 25 de mayo se cobró una nueva víctima en la persona de George Floyd, un ciudadano afroamericano, en la ciudad de Mineápolis.

Desde este foro decimos: no al racismo, no a la xenofobia. Queremos apoyar la lucha en defensa de los derechos civiles de todas las minorías injustamente perseguidas por el color de su piel, su sexo o su religión, y solidarizarnos con la causa del #BlackLivesMatter.

La novela que estoy corrigiendo en estos momentos lleva por título Trovas de fierro y está ambientada en una prisión del sur de los Estados Unidos, casi en la raya con México. El tercer capítulo, «We the pinball», empieza así…

 



 

Una losa de cemento que se emplea de camastro, un lavabo, un retrete, un tablero en la pared con un taburete enfrente. Cuatro paredes lisas, color pera podrida, es lo único que voy a ver de acá hasta el desayuno; un rectángulo de concreto repletico de rayones, calaveras, garabatos («fingers broken…»), hojas de marihuana, el símbolo de Batman. «… heart go on».

También yo escribo, tacho, ¡bah! La bandera de la estrella solitaria.

¡Que pinga!

Y diez horas por delante. Diez horas de sesenta minutos cada una, de sesenta segundos cada uno, de. Pueden contar, ya yo hice la prueba. Echas las persianas e intentas dormir, pero no lo consigues; la luz del pasillo se cuela entre las barras. Bostezas, te das la vuelta. Los ojos se te pegan. Quieres dormir, pero la tela del traje es basta, es como esparto, tela de saco. Tienes calor, frío. Comienza a dolerte la cabeza. ¿Te dormiste? No, ¿cómo? Viste cosas que, ¿cuánto tiempo? Ibas en un carro por los pasillos de lo de la tía, manejando a puras volanteadas, choqueteando con las puertas, bajando de tres en tres los escalones. Oyes el ruido del agua corriendo por las cañerías. Te levantas, frotándote los ojos; vas a mear a tientas. Piensas en el puntico rojo de la cámara de vigilancia. Al cambiar de lado, al hacerlo de nuevo, piensas en los pollos, girando y girando en los espetones. Roasted chickens. Cuatro, cinco asadores, uno encima del otro, la piel crujiente, dando vueltas y churruscándose. Te relames solo de pensarlo. Kentucky Grilled Chicken®, diez pavos la cubeta, el refresco y las papas o un dónut.

 

 

Pasos, voces. Se acabó la tranquilidad.

–Quítame las manos de encima, tío, ¡n-no me toques! –se oye gritar a alguien, seguramente en la galería de arriba–. ¡Que no me toques, hermano!

La voz de un guardia, tan bajo que apenas se entiende:

–Ponte de rodillas. Las manos a la, las manos en la espalda.

–¿Será Drinkwater? O quizá el sargento Kawaga.

–Muérete, trozo de mier, gofre de acelgas, cara de pedo… ¡umpf! –continúa mascullando un rato–, cantamañanas, vete a tomar por, muerdelimones, carapasillo… ¡umpf!, tragaperritos, ¡me cago en!

El preso es Jay-Jay, de eso no hay duda; su voz cavernosa, el acento chulesco de los suburbios y la tos, sobre todo, ese carraspeo aguardentoso, son inconfundibles. Jay-Jay es un negro con el aspecto de Danny Glover en A raisin in the Sun y una mollera que trabaja tres días por semana y libra el resto. Es un tarado curioso. Suele andar sonriente, por lo demás no tiene mal fondo, pero en cuanto se le cruza el cable, asoma la patita el diablo. Notas que algo no marcha porque se acelera. Al principio todo son abrazos y bromitas que no vienen al caso, aflautando la voz, arrugando la frente; y esa enorme, enorme sonrisa suya, de dientes tan blancos que te hacen pensar en los de un aligátor. Resopla, se encorva. Da vueltas sobre sí mismo, gesticulando, parloteando cada vez más rápido, hasta que empieza a tartamudear. Vuelve a la carga de nuevo, pierde el hilo y se pone aún más nervioso. Babea y se relame, jadeante, se retuerce las manos. Los ojos se le revuelven como un hurón en una madriguera; y acaba dándose de puñadas en la cara, cae de rodillas, moqueando, llorando a lágrima viva, o se lanza de cabeza contra un muro.

En la calle se bebía hasta los charcos. Si tenía mony, se colocaba. Dice que lo hacía por el agobio, por la chaladura… qué sé yo. Salía a la escalera de incendios como quien coge el noticiero y se encierra en el rincón de pensar. Él lo hacía desde un quinto,

 

De tin marín, de dos pingüé,

cúcara, mácara, títere fue.

 

… ¡paf! Chorongo. Y a quien Dios se lo dé, que san Pedro se lo bendiga. Amén. Lo detenían, lo mandaban al penal del condado. Allá el doctor le recetaba una tortilla de comprimidos y adiós muy buenas. ¿No sabe? Cerró el loquero. No hay maní ni pa’ ti ni pa’ mí, se lo gastaron en misileras. Sitio pa’ otro. En el país de Tony Stark y Bruce Wayne, ¿a quién le importan los locos, o al menos los que llevan por dentro el pañal? Ya conocen las normas. Si esos chicos no las cumplen, los metemos entre rejas y solucionado. Everything is awesome!

 

Everything is awesome,

Everything is cool when you’re part of a team.

Everything is awesome, when you’re living out a dream.

Woo! Three, two, one. Go!

 

Luego se le pasaba el efecto de las píldoras y vuelta a empezar.

La última la lio gorda. Cogió una espátula de cocina; dos, en realidad, una por mano. Se las ató con esparadrapo, las enrolló bien, bien, y, en cuero, salió a la calle. Bajó al metro, le dio por recorrer las estaciones. La gente veía a un negro de su tamaño y corpulencia, aullando por los túneles tal y como su madre lo trajo al mundo, y salía corriendo sin pensárselo dos veces. Todos declararon luego que llevaba cuchillos en las manos, en lugar de las espátulas de plástico, marca Walmart. La party podría haber acabado mal cuando Jay-Jay perdió pie y se fue a la vía; o se tiró, quién sabe. Por suerte, el chofer frenó a tiempo para no arrollarlo.

–¡Owowowow!, ¿no ves que?, ¡tío, joder! ¡M-me estás rompiendo el brazo!

–¿Lo notas, Jay-Jay? Lo notas, ¿eh? ¿Vas a tranquilizarte? –pregunta una voz nueva, la de otro guardia, uno con menos paciencia que los anteriores–. Como te muevas te meto una descarga, ¿me has entendido?

Es Kakiashvili, que por lo visto está de turno esta noche. «Como te muevas te meto una descarga», siempre con amenazas. «¿Me has entendido?». Sí, hombre, claro. No te preocupes.

Ni que fuera Capablanca.

El silencio se alarga, pero yo, en el catre, cara a la pared, puedo imaginarme la escena. La he visto ya tantas veces; es como aquel telefilme malo de sobremesa que no paran de pasar. Luces, los fluorescentes del pasillo, al menos los que no parpadean y se apagan al rato. Cámara, también en el techo, media docena o más por pasillo, grabando cada detalle, no vaya a ser que al preso le dé por palmar y haya que demostrar que fue por causas naturales. ¡Acción! Interior, noche. El preso Jay-Jay se retuerce en el suelo como una tortuga patas arriba. «Bien, bien, Sr. Glover. Pero si fuera posible un poco más de énfasis. Le están ahogando con sus manazas en la boca, en el cuello, la cara. ¿Ha visto El íncubo? No, la serie no, el cuadro. Está en Detroit. De Füssli… El que no es cácher de los Mariners. No importa. Supongamos que se le han sentado en el pecho y no puede respirar. Grita, suda. Alien, eso es. Tiene el bicho en la cara, las manos como pulpos, lo mismo. Los ojos desorbitados. Vamos, de nuevo». Varios guardias intentan reducir al preso; uno le agarra del pelo, dos más de los brazos, mientras Kakiashvili le pone una pistola de cincuenta mil voltios en la nuca capaz de freírle los sesos a un elefante. «No se preocupe, Sr. Glover. ¿Para qué habría de llamar a su agente? Es atrezo. Traed a un especialista». Un flash de luz, un petardazo. Humo. Fundido en negro. «¡Corten! Fantástico. Buena toma.

»Que alguien le eche un cubo de agua al especialista».

Jay-Jay tiene unas pesadillas terribles. Sus vecinos dicen que grita y se retuerce como si le estuvieran serrando una pierna; que lo oyen chocar con los muros. Deambula por la celda, sonámbulo. Despierta tosiendo, se ahoga. Durante un rato, no sabe quién es ni dónde se encuentra. Toma religiosamente sus medicamentos por la mañana y, durante el día, no hace el idiota; vamos, eso que hacía antes, lo de colgarse de las barras de la ventana o pintar las paredes con un revoltijo de flemas, meados y, ¡mierda, qué asco! Pero lo de las pesadillas no se le pasa. En el penal no hay médico de guardia. Por las noches los guardias son los que pasan consulta. Por cada preso que pierde los nervios, se presenta un equipo entero de hockey hielo. Schreiber, Kaczynski, McFlurry, Stepanian, Bola de Carne…, y Kakiashvili, claro, el Sacamuelas. En el turno de noche siempre están los cabrones más violentos, los resentidos, los alcohólicos, los que viven en caravanas en el extrarradio y no faltan los domingos a misa. Cinco, seis descargadores portuarios, ex boxeadores aficionados, rompepiernas profesionales, carniceros alemanes con el delantal manchado de sangre, que manejan el boli con menos maña que un mono y creen que una computadora es una máquina de escribir a pilas, pero que tienen una facilidad pasmosa, casi perversa, para hacer malabares con las porras.

–Estaba durmiendo, tío. ¿Por qué me jodéis así?

–Contrólate, amigo. Estamos tranquilos, ¿no? Vamos a estar todos tranquilos.

El sonido de los hierros; eso quiere decir que se lo van a llevar. Le estarán poniendo las esposas de las manos, las de los pies. Le pasan una gruesa cadena alrededor de la cintura y la enganchan a los grilletes de las muñecas, los tobillos. Jay-Jay no es capaz ni de matar a una mosca. Él no es un peligro más que para sí mismo, todo el mundo lo sabe; y, sin embargo, lo están atando y empaquetando como si fuera Hannibal Lecter. Suerte si, para redondear la pantomima, no le han puesto también el casco acolchado y la máscara antiescupidas, uno de esos que parece un capuchón de látex con la cremallera en la boca. En este país de las barras y las estrellas y los batidos hipercalóricos xxl, la tierra de los libres y tal, te rompen los dientes de una coceada y encima te obligan a sonreír, o te culpan de obstrucción a la autoridad y a poco te la dan más fuerte.

Por lo general, te la ganas igualmente.

–¿Has dicho algo?

–¿Yo?… no, ¡joder! Estoy tranqui, tío. Estoy…

–¿Todo bien?

–Todo okey, tío. No pasa nada.

Liberty - 3

Un comentario sobre “We the pinball

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