El golpe que no ves

Aunque no es precisamente tiempo lo que me sobra, teletrabajando y con los peques subiéndose por las paredes, cuando se declaró la cuarentena aproveché para terminar un par de relatos que tenía a medio escribir y, como había tenido que suspender las presentaciones de Un ciervo en la carretera (Logroño, Huesca, etc.), y las actividades del día del Libro, pensé en lo que podía hacer mientras tanto, y recordé una novela corta con la que había ganado hace unos cuantos años un premio del Ayuntamiento de Jaén, el «Alfonso Sancho Sáez». Como la obra no llegó a editarse, se me ocurrió que no sería mala idea quitarle las telarañas y publicarla, en vista de la buena acogida que (gracias a todos vosotros) estoy teniendo con el libro de relatos.

La novela se titula Trovas de fierro y está ambientada en una prisión del Sur de los Estados Unidos, cerca de la frontera con México. Trata sobre las duras condiciones de vida de los presos y la picaresca cotidiana, sobre el embrollo de sus recuerdos, el arrepentimiento y el temor ante el futuro; también sobre la corrupción del sistema penitenciario y la ley de la brutalidad en la que guardias y presos viven inmersos.

El tercer capítulo lleva por título «El golpe que no ves», y empieza así:



El himno americano, ¿otra vez? ¡La Virgen! Está sonando por los altavoces. ¿A quién le toca hoy? En la penitenciaría, por nuestros pecados, tenemos que soportar a un DJ más patriótico que el pavo de Acción de Gracias. Cada mañana nos hace saltar del catre al ritmo del Wake up! Cactus Radio, el programa estrella de la KMEO HITS. «101.1 on your dial. Everyday, everyway… awooga! Are you ready for this?». Nos espabilamos con la tortura de la gota china: ocho o diez baladas de Kenny G o Barbra Streisand seguidas, a cuál más pastelona y boba, y casi siempre, como terapia de electroshock, el himno americano. El resultado son unas ganas tremendas de arrancarte los oídos, tirarlos al suelo y saltar sobre ellos.

¿Es Janet Jackson, la del pezón volandero?, ¿o Christina Aguilera? No sé, quizá. Puede que… ¡bah! La única versión que he llegado a soportar, y no solo. La única versión que he disfrutado de veras. Aunque versión no es la palabra, es como llamar isla a Cuba. Islas son Alcatraz o Manhattan. Lo que hizo Jimi Hendrix aquella mañana cuando saltó al escenario de Woodstock a lomos de su guitarra blanca es algo completamente distinto.

Suenan los primeros acordes. Buster toca de una manera ortodoxa The star-spangled banner, la bandera estrellada, azul, roja y blanca. Blanco como símbolo de inocencia, el rojo por la sangre derramada y el azul que es el cielo de la justicia y la perseverancia. Iluminadas por la luz del amanecer, las franjas y las estrellas resplandecen como un faro en medio del horizonte, guiando a los peregrinos hacia las costas de Massachusetts. «¡América!, ¡América!», grita un vigía desde la cofa. Welcome to Jurassic Park, la tierra de Mickey Mouse y Rocky Balboa, del Enola Gay («you should have stayed at home yesterday») y los desfiles de majorettes que lanzan confeti en posturas de twerking, la banda del Hogar del Jubilado y la carroza de Miss Mazorca 2004, patrocinada por Barbie®. Los pioneros cruzan las Grandes Llanuras en caravanas de carretas, Nebraska, Wyoming y el valle del Lago Salado. Pequeños obreros atraídos por los cantos de sirena se afanan levantando un termitero tras otro, el skyline de sus ídolos de barro, como hicieron los egipcios hace cuatro mil años; les gritan, chasqueando el látigo: «¡Trabajad! ¡A trabajar, esclavos!», como en aquella escena de Los diez mandamientos. Es la tierra prometida del Señor, pone al entrar en Kentucky (Fried Chicken). In God we trust y los cowboys de medianoche.

Toda esta bosta dura un minuto más o menos, lo que le cuesta tocar los cuatro primeros versos. Enseguida pasa al siguiente, el que habla del resplandor de los cohetes y las bombas explotando en el aire. Entonces pisa el pedal y del mástil y las cuerdas de su Fender Stratocaster brota un torrente de notas. Olvida la letra; no, la ignora. El himno ha sido la excusa. Lo que oímos a continuación son las sirenas, el vuelo rasante de los aviones y el silbido de los proyectiles, el wah-wah-wah de los llantos. Es la banda sonora de una guerra; la de Vietnam, la de Afganistán, ¿cuál es la diferencia? Siempre pagan los mismos, ¿no? Ya lo decía la Creedence. Lo que hacen The Doors o Black Sabbath con sus canciones protesta, lo hace él con el sonido en bruto. Hendrix, con sangre negra y mexicana, descendiente por parte de madre de una india cheroqui y de un irlandés, toca como si estuviera en trance; los ojos cerrados, la boca entreabierta. Se sacude, se retuerce, parece un santero vudú. Juega con el sonido, lo distorsiona, liga un acorde con otro. Imita el rattatatatat de las ametralladoras, las aspas de los helicópteros, el silbido de las bombas cayendo en la selva, sobre aldeas de chozas. Acopla los altavoces y hace vibrar el micrófono, usa la palanca del trémolo. Sus dedos frotan las cuerdas con fuerza, trazan un sinfín de arabescos. En sus manos la guitarra de madera de aliso cobra vida; grita, llora. Te pega en los morros. Es una puñalada trapera; un gancho de izquierda en el hígado.

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