La biblioteca de Babel

Richard Matheson (New Jersey, EE.UU., 20 de febrero de 1926 – California, EE.UU., 23 de junio de 2013), fue un periodista y guionista de cine y televisión. Empezó a escribir a la corta edad de siete años, y sus primeras publicaciones fueron algunos poemas e historias cortas en el periódico Brooklyn Eagle. Tras trasladarse a California, Matheson empieza a escribir relatos de fantasía, terror y ciencia ficción. Envió un primer relato, «Nacido de hombre y mujer» a la revista Magazine of fantasy and Science Fiction, que lo publicó con gran éxito en 1950. En 1954 vería la luz uno de los grandes clásicos de las historias de vampiros, su novela Soy Leyenda, original visión del vampirismo como una enfermedad vírica y un juicio a nuestro concepto de la normalidad. Esta novela se llevó varias veces al cine, primero en 1964 con Vincent Price, en El último hombre sobre la tierra, después en una revisión protagonizada por Charlton Heston y finalmente en 2008 con la versión protagonizada por Will Smith.

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Seducido por el mundo del cine, Matheson escribiría diversos guiones, y en 1957 llegó a un acuerdo con la Universal para adaptar su novela El hombre menguante, película considerada por muchos como esencial en la historia del cine fantástico.

El relato de hoy, Duel, apareció inicialmente en la revista Playboy. El mismo autor lo adaptaría al cine poco después. La película homónima, que en España se tituló El diablo sobre ruedas, fue el primer éxito de un joven Steven Spielberg.

 

Duel

 

A las 11 y 32 de la mañana, Mann pasó al camión.

Se dirigía hacia el oeste, con rumbo a San Francisco. Era jueves y extrañamente caluroso para ser abril. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y su camisa lucía el cuello abierto y sus puños estaban remangados hasta los codos. La luz del sol bañaba su brazo izquierdo y parte de su regazo. Podía sentir el calor atravesando sus pantalones oscuros mientras conducía por la carretera estatal de dos carriles. En los últimos veinte minutos, no había notado ningún otro vehículo transitando en una dirección o en la otra. Entonces vio el camión delante, remontando un tramo en pendiente entre dos altas colinas verdes. Pudo sentir la tracción demoledora de su motor y vio una sombra doble en la carretera. El camión arrastraba una cisterna. No prestó especial atención a los detalles del camión. Al ubicarse detrás de él, enfiló su coche hacia el carril opuesto. La carretera presentaba muchas curvas ciegas y no se animó a adelantar hasta que el camión hubiera cruzado las colinas; así que esperó hasta que el camión giró hacia la izquierda en el descenso; entonces, viendo el camino libre, pisó el acelerador y dirigió su coche por la senda opuesta. Mantuvo la velocidad hasta que pudo ver al camión en el espejo retrovisor antes de volver al carril derecho.

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Mann observó el panorama rural que se le presentaba por delante. El horizonte era una serie de cadenas montañosas hasta donde podía divisar y todo alrededor, verdes colinas onduladas. Silbó suavemente mientras desaceleraba el coche y sus neumáticos crepitaron en el pavimento.

Al pie de la colina, atravesó un puente de concreto y, volviendo su mirada hacia la derecha, vio un riachuelo seco cubierto de rocas y grava. Mientras se alejaba del puente, notó un parque de caravanas acampadas al lado de la ruta. ¿Cómo podría alguien vivir en estos lugares? pensó. Al ver el letrero de «Cementerio de mascotas» sonrió. Tal vez a las personas en esos remolques les gustase estar cerca de las tumbas de sus perros y sus gatos.

Ahora, la carretera por delante era una línea recta. Mann, siempre con el sol en su brazo y en su regazo, se abandonó a sus pensamientos. Se preguntó qué estaría haciendo Ruth en estos momentos. Los niños, naturalmente, estarían en la escuela y volverían a casa en unas horas. Tal vez Ruth estuviera de compras; los jueves son los días en que ella usualmente sale. Mann la visualizó en el supermercado, metiendo artículos diversos en el carro. Deseó estar con ella, en lugar de emprender este enésimo viaje de ventas. Le quedaban aún algunas horas de recorrido antes de alcanzar San Francisco; tres días pernoctando en hoteles y comiendo en restaurantes, con la esperanza de conseguir algunos contactos interesantes y, desde luego, las probables decepciones. Suspiró; luego, impulsivamente, estiró el brazo y encendió la radio. Hizo girar el sintonizador hasta encontrar una estación que transmitía música suave. Canturreó un poco, con los ojos casi fuera del camino.

Se quedó aturdido cuando el camión le adelantó atronadoramente por su izquierda, haciendo oscilar ligeramente el coche. Observó al camión y la cisterna cerrándole el paso abruptamente sobre su carril y frunció el ceño al tener que aminorar la marcha para mantenerse a una distancia segura.

«¿Qué pasa contigo?», pensó.

Le dirigió al camión una mirada escrutadora. Era un enorme transporte de combustible, remolcando un tanque cisterna, con seis pares de ruedas delante y otros tantos detrás. No era nuevo: estaba oxidado aquí y allá y lleno de abolladuras, casi a punto de jubilarse. El tanque estaba pintado torpe y descuidadamente, de un color entre plateado y sucio. Mann se preguntó si ese trabajo de pintura lo habría hecho el camionero él mismo. Su mirada derivó desde la palabra «Inflamable» impresa en la parte trasera del tanque, letras rojas sobre un fondo blanco, hasta las líneas paralelas de pintura roja reflectante que bajaban y se perdían en la mugre de los inmensos faldones de caucho, que aleteaban cimbreantes tras las ruedas traseras. Las líneas reflectantes lucían como si hubieran sido toscamente pintadas. «El conductor debe ser un transportista independiente -pensó-, y no muy próspero, dado el aspecto general de su transporte». Le echó un vistazo a la matrícula del remolque. Era de California.

Mann consultó la velocidad. Se mantenía estable a 85 kilómetros por hora, como hacía siempre cuando conducía en carretera abierta. El camionero había debido adelantarle por lo menos a 115 para haberlo pasado tan rápidamente. Eso parecía un poco extraño. ¿No se supone que los camioneros estaban obligados a conducir a una velocidad prudente?

Hizo una mueca de asco al recibir el olor del tubo de escape del camión y lo miró. Era un tubo vertical a la izquierda de la cabina. Expulsaba un humo tan espeso que formaba una nube que oscurecía el costado y la parte trasera de la cisterna. «¡Cristo!», pensó. Con todo el rollo que estaban metiendo sobre la contaminación ambiental, ¿por qué seguían tolerando esta clase de cosas en las carreteras?

Ceñudo por la humareda, experimentó una pequeña náusea. Sabía que no podía quedarse detrás del camión mucho tiempo. Tendría que adelantarlo otra vez o disminuir la velocidad, pero no podía darse el lujo de perder tiempo; ya iba con retraso. Si seguía manteniendo los 85 kilómetros por hora hasta el final, apenas llegaría a tiempo para su cita de esta tarde. No, tendría que adelantarlo.

Pisando el acelerador, giró a la izquierda hacia el carril opuesto. Ningún vehículo por delante. El tráfico de hoy en esta ruta parecía casi inexistente. Aceleró a fondo y comenzó a adelantar al camión.

A medida que lo pasaba, lo fue recorriendo con la vista. La cabina del conductor estaba demasiado alta para ver algo. Todo lo que pudo llegar a divisar fue el dorso de la mano izquierda del conductor en el volante. Era robusta y oscuramente bronceada, con grandes y nudosas venas.

En el momento en que Mann pudo ver el camión en el espejo retrovisor, giró de vuelta a su carril.

Sorprendido por un insistente y explosivo bocinazo miró por el espejo retrovisor. ¿Qué era eso? ¿Un saludo o una maldición?, se preguntó, gruñendo divertido, siempre con los ojos fijos en el espejo. Los roñosos guardabarros delanteros del camión eran de un color entre púrpura y rojo, y la pintura lucía opaca y descascarillada; otro trabajo de novato. Todo lo que se podía ver era la parte inferior del camión; el resto estaba recortado por la parte superior de su parabrisas trasero.

Ahora, Mann dirigió la mirada a su derecha. Vio una cuesta de terreno esquistoso, como tierra con parches de maleza y cubierto de hierba. Su vista se fijó en la casita de madera encima de la cuesta. La antena aérea en el techo se combaba en un ángulo de casi 40 grados. «Debe dar una gran recepción», pensó.

Miró hacia delante otra vez, apartando la vista abruptamente hacia un tosco cartel de aglomerado pintado a la brocha en letras mayúsculas «CARNAZA PARA REPTILES NOCTURNOS». «¿Qué diablos querría decir?», se preguntó. Sonaba como a algún monstruo de película de serie B.

El inesperado rugido del motor del camión le hizo volver su mirada precipitadamente al retrovisor y, alarmado, miró por el espejo izquierdo. «¡Por Dios!, este tipo me está pasando de nuevo». Mann giró la cabeza para mirar enfadado la forma del leviatán que estaba adelantándole. La cabina seguía fuera de su campo visual.

«¿Qué le pasa a este tipo? -se preguntó-. ¿Qué diablos cree que tenemos aquí, una carrera?, ¿ver qué vehículo puede estar por delante más tiempo?».

Pensó en acelerar para adelantarlo, pero cambió de idea. Cuando el camión recuperó el carril derecho, delante suyo, Mann aflojó el acelerador, soltando un sonido de incredulidad cuando se dio cuenta que si no hubiera bajado la velocidad, el camión le hubiera cortado nuevamente el paso. «¡Cristo! -pensó-. ¿Qué le pasa a este tipo?».

Su malhumor aumentó cuando la oleosa pestilencia del tubo de escape alcanzó su nariz de nuevo. Irritado, subió con violencia la ventanilla y la cerró. «¡Maldita sea! -pensó-. ¿Voy a tener que respirar esta porquería todo el camino hasta San Francisco?». No podía permitirse aminorar la velocidad. Tenía que ver a Forbes a las tres y cuarto de la tarde sí o sí. Miró hacia delante. Al menos no había tráfico complicando el asunto. Mann pisó el acelerador, situándose cerca del camión. Cuando la carretera se curvó lo suficiente como para darle una vista completamente libre del camino, pisó a fondo el acelerador y se fue al carril contrario.

El camión se le tiró encima, bloqueándole el paso.

Durante algunos segundos, todo lo que pudo hacer Mann fue mirar aturdidamente hacia adelante. Luego, con un gemido alarmado, aminoró impulsivamente la marcha, regresando al carril derecho. El camión se movió para volver a quedar delante de él.

Mann no podía explicarse lo que había ocurrido. Tenía que haber sido una coincidencia. Ese camionero no podía haberle bloqueado a propósito. Esperó más de un minuto, entonces puso el intermitente para dejar bien claro cuáles eran sus intenciones y, pisando el acelerador, enfiló otra vez hacia el carril izquierdo.

Inmediatamente, el camión cambió de posición, cortándole el paso.

—¡CRISTO! —gritó Mann, completamente asombrado.

Esto era increíble. En los veintiséis años que llevaba conduciendo, jamás había visto algo parecido. Regresó al carril derecho, negando con la cabeza al ver que el camión hacía lo mismo.

Deceleró un poco, tratando de ubicarse fuera del alcance del humo.

«¿Y ahora, qué?», se preguntó. San Francisco aún lo esperaba. ¿Por qué en nombre de Dios no se desvió al principio del viaje para tomar cómodamente la autopista estatal? Esta condenada carretera era de dos carriles hasta el final. Impulsivamente, aceleró hacia la izquierda otra vez. Para su sorpresa, el camionero no lo bloqueó. En lugar de eso, asomó su tostado brazo izquierdo y le hizo un gesto para que pasara. Mann comenzó a acelerar. Repentinamente, aflojó el pedal con un jadeo y giró el volante tan bruscamente para volver tras el camión, que la parte trasera del auto patinó. Mientras luchaba por recuperar el control, un descapotable azul pasó como un rayo en sentido contrario. Mann consiguió captar una visión momentánea de la iracunda mirada de su conductor.

Respirando agitadamente, Mann recobró el control de su coche otra vez.

Su corazón latía casi dolorosamente. «¡Por Dios! ¡Quiso que chocara contra ese coche!». Este pensamiento lo galvanizó. Debería haber comprobado por sí mismo que la carretera estaba libre. Ese fue su error. Pero no paraba de hacer señas con la mano… Mann se sintió consternado y enfermo. «¡Ay, Dios!, ¡ay, Dios! -se repetía-. Esto es realmente un caso de estudio». ¿Ese hijo de puta habría querido estrellarlo porque sí, sólo para contemplar el espectáculo? Se negó a dejar entrar esa idea en su cabeza. ¿En una carretera de California, en una mañana de jueves? ¿Por qué?

Mann trató de calmarse y racionalizar el incidente. Tal vez es el calor, pensó. Tal vez el camionero estaba estresado o le dolía el estómago; tal vez las dos cosas. Quizás tuvo una pelea con su esposa anoche; quizás ella le había dicho «esta noche no». Mann trató en vano de sonreír. Podría existir un sinfín de motivos. Estiró el brazo y apagó la radio. Esa música alegre empezaba a irritarlo.

Durante un rato mantuvo la distancia detrás del camión. Su cara era una máscara de ira.

Cuando la humareda empezó a asquear su estómago, repentinamente apoyó la palma derecha sobre la bocina y la mantuvo apretada allí. Viendo que la ruta estaba despejada, pisó el acelerador y se dirigió al carril opuesto.

El movimiento de su coche fue igualado inmediatamente por el camión.

Mann se mantuvo en su sitio, con la mano oprimiendo el claxon. «¡Quítate del medio, hijo de una gran puta!», vociferó en su cabeza. Podía sentir los músculos de su mandíbula endureciéndose con dolor. Hubo una contorsión en su estómago.

—¡Mierda!

Intempestivamente volvió al carril derecho, estremeciéndose furioso.

—Eres un miserable hijo de puta —masculló, fulminando con la mirada al camión, mientras este recuperaba su posición delante de él—. ¿Pero qué diablos pasa contigo? Te pasé un par de veces y te hice perder la cordura? ¿Estás drogado, loco o qué?

Mann asintió con la cabeza tensamente. «Sí, eso es. No hay ninguna otra explicación».

Se preguntó qué pensaría Ruth acerca de todo esto y cómo hubiera reaccionado ella. Probablemente, ella hubiera empezado a tocar la bocina y continuaría haciéndolo, asumiendo que quizás atraería la atención de un policía. Miró alrededor con un gesto áspero. ¿Y dónde diablos encontraría policías aquí afuera? Hizo un chasquido de burla. «¿Aquí, en el culo del mundo? Probablemente un sheriff a caballo, por el amor de Dios».

Repentinamente se preguntó si podría engañar al camionero pasándolo por la derecha. Enfiló hacia la cuneta, mirando cauteloso hacia adelante. Ni soñarlo. No había espacio suficiente. El camionero podría arrojarlo de un empujón a través de esa cerca alambrada, si quisiera. Mann tembló. Y sin duda lo haría, pensó.

Mientras conducía, fue tomando conciencia de la cantidad de basura que había al lado de la carretera: latas de cerveza, papel de caramelo, cartones de helado, periódicos amarillentos y ajados por el clima, un cartel de madera de «Se vende» partido por la mitad. «Conservemos limpio el país», pensó sarcásticamente.

Inesperadamente, el coche comenzó a brincar. Por un instante, Mann pensó que había pinchado una rueda. Luego notó que la pavimentación a lo largo de esta sección de carretera estaba agrietada.

Vio que el camión también saltaba y pensó: «Espero que se te den vuelta los sesos». Mientras el camión tomaba una brusca curva a la izquierda, Mann pudo vislumbrar fugazmente la cara del camionero reflejada en el espejo lateral de la cabina. No pudo distinguir lo suficiente como para establecer su apariencia.

—Ah —musitó.

Una colina larga y pronunciada se perfilaba delante. El camión tendría que escalarla lentamente. Sin duda, allí tendría una oportunidad de pasarlo. Mann aceleró, acercándose al camión tanto como la seguridad se lo permitiera. Casi a la mitad de la cuesta, Mann vio que el carril izquierdo se elevaba sin tráfico alguno en cualquier parte donde mirara. Pisando el acelerador, se disparó hacia el carril contrario. El camión, que se movía trabajosamente, comenzó a arquearse frente a él. Con el rostro agarrotado, Mann dirigió su coche a toda velocidad a través del borde de la carretera esquivando la maciza mole metálica, derrapando en la cuneta y levantando una espesa nube de polvo y tierra, haciéndole perder de vista el camión. Sus ruedas zumbaron y crujieron entre las piedras; luego, repentinamente, volvieron al asfalto otra vez. Miró por el retrovisor y un golpe de risa hizo erupción desde su garganta. Sólo había tenido la intención de pasar. El polvo había sido un extra inesperado.

«¡Dejemos que este bastardo olfatee algo de su propia mierda para variar!».

Machacó el claxon gozosamente, con un ritmo burlón de bocinazos.

—¡Jódete, amiguito!

Irrumpió en la cima de la colina.

Un panorama sublime se tendía por delante: cerros soleados y llanuras, un corredor de árboles oscuros y parches cuadrangulares cultivados de un color verde claro; a lontananza, una torre acuífera. Mann se sintió relajado. Hermoso, pensó. Encendió la radio y comenzó a canturrear con la música.

Siete minutos más tarde, pasó junto a una cartelera publicitaria: «Cafetería de Chuck».

—No, gracias, Chuck —murmuró.

Distraídamente, divisó una casa gris construida en una hondonada.

¿Qué será eso…? ¿Un cementerio en el patio delantero o un grupo de estatuas de yeso en venta?

Oyendo un distante rumor detrás de él, Mann miró el retrovisor y sintió el frío del miedo recorrerle el cuerpo. El camión se estaba lanzando cuesta abajo por la colina, siguiéndolo.

La boca se le abrió involuntariamente y miró la velocidad. ¡Iba a más de 90! En un descenso con curvas, esa no era una velocidad segura para conducir; pero el camión debía estar excediéndola de manera considerable, y la distancia entre ellos disminuía rápidamente. Mann tragó saliva, manteniéndose a la derecha mientras tomaba una curva cerrada. «De verdad que está loco», pensó.

Su mirada se fijó delante, escrutadora. Había visto un desvío a menos de medio kilómetro por delante y se decidió a tomarlo. En el espejo retrovisor, el enorme radiador era todo lo que podía ver ahora. Pisó violentamente el acelerador y sus llantas chirriaron fastidiosamente mientras cogía otra curva, convencido de que el camión tendría que verse forzado a decelerar.

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Soltó un gemido cuando lo vio pasar la curva con facilidad; sólo el balanceo de la cisterna reveló el esfuerzo que había invertido. Temblando, Mann se mordió los labios mientras se lanzaba hacia otra curva. Un descenso directo ahora. Oprimió el pedal con más fuerza, mirando de reojo la velocidad. ¡Casi 100 kilómetros por hora! ¡No estaba acostumbrado a conducir así!

Desesperado, vio pasar el desvío velozmente por su derecha. De cualquier manera, nunca hubiera podido haber salido de la ruta a esa velocidad; habría volcado.

—¡Maldito seas, hijo de una gran puta!

Mann tocó la bocina con asustada furia. Repentinamente, bajó la ventanilla y sacó su brazo izquierdo para hacerle señas al camión.

—¡AMINORA! —gritó, y tocó la bocina otra vez—. ¡AMINORA, LOCO BASTARDO!

El camión estaba casi sobre él ahora. «¡Va a matarme!», pensó Mann, horrorizado. Hizo sonar la bocina repetidamente, luego tuvo que usar ambas manos para agarrar el volante al coger otra curva. De un vistazo, vislumbró el retrovisor. Pudo ver sólo la parte más baja de la rejilla del radiador. ¡Iba a perder el control! Sintió que las ruedas traseras habían comenzado a patinar y aflojó el pedal rápidamente. Los neumáticos volvieron a morder el camino, y el coche dio un brinco, recuperando su empuje.

Mann vio lejos y al fondo de la bajada, una construcción con un cartel donde se leía «Cafetería de Chuck». El camión estaba ganando terreno otra vez.

¡Esto es demencial! Se quejó, enfurecido y aterrorizado. La carretera se enderezaba. Pisó el pedal: 110 ahora… 115. Mann se endureció, haciendo el intento de mantener su coche lo más cercano posible a la izquierda.

Abruptamente, comenzó a frenar; luego dio un cerrado giro a la derecha, haciendo derrapar su coche en el parque de estacionamiento frente al café.

Gritó cuando el auto comenzó a colear y luego patinó de costado.

¡Domínalo! gritó una voz en su mente. La parte posterior del coche se azotaba de lado a lado, y los neumáticos arrojaron mugre y nubes de polvo. Mann presionó duro el pedal de frenos, cambiando de dirección en el patinazo.

El coche comenzó a enderezarse y frenó más fuerte aún, mientras que de reojo era consciente del paso del camión rugiendo a toda velocidad por la carretera. En su giro, casi chocó de refilón uno de los coches aparcados allí y siguió derecho. Apretó el freno tan fuerte como pudo y las llantas se clavaron a casi una treintena de metros de la cafetería.

Mann permaneció sentado en un silencio nervioso, con los ojos cerrados. Sus latidos se sentían como martillazos en el pecho. Tenía la impresión de que no iba a recobrar el aliento. Si alguna vez iba a tener un ataque cardíaco, este sería un buen momento. Al cabo de un rato, abrió los ojos y apoyó la palma derecha contra su pecho. Su corazón todavía palpitaba trabajosamente. «No era de extrañar —pensó—. No todos los días te persigue un camión».

Abrió la puerta. Al intentar salir, gruñó sorprendido cuando el cinturón de seguridad lo mantuvo sujeto al asiento. Con dedos temblorosos, pulsó el botón y se lo quitó.

Le echó un vistazo a la cafetería. ¿Qué pensarían los parroquianos al verlo aparecer de esa forma tan dramática?, se preguntó.

Salió del coche dolorido y caminó tambaleándose la distancia que lo separaba de la cafetería. «¡Bienvenidos, camioneros!», se leía en una cartulina puesta en el escaparate. Al verla, Mann degustó una vaga sensación de náusea. Tembloroso, abrió la puerta y entró, evitando la vista de los clientes. Estaba seguro de que lo observaban, pero no tuvo fuerzas para afrontar esas miradas. Manteniendo los ojos fijos hacia adelante, caminó hasta la parte posterior y entró en el baño de caballeros.

Ya en el lavabo, abrió el grifo y colocó ambas manos bajo el chorro de agua fría y se lavó la cara. Sentía un revoltijo en los músculos del estómago que no lograba controlar.

Se enderezó. Tiró de varias toallitas del dispensador y se secó la cara, haciendo una mueca por el olor del papel. Tirando las toallitas mojadas en la papelera tras el lavabo, se enfrentó a sí mismo en el espejo de la pared. «Permanece con nosotros, Mann», pensó. Asintió, tragando saliva. Sacó un peine del bolsillo y se peinó. Nunca se sabe, simplemente nunca se sabe. Vas de un lado a otro, año tras año, dando por hecho muchas cosas; por ejemplo, conducir en una vía pública sin que alguien haga el intento de atropellarte. Dependes de esa clase de cosas. Entonces, contra toda probabilidad, algo ocurre y no tienes nada a lo que agarrarte. Un acontecimiento insólito y todos esos años de lógica, valores y de civilización son destrozados en un segundo. De pronto, estás solo, enfrentándote a la jungla.

«El hombre, mitad animal, mitad ángel», ¿de dónde había sacado esa frase?

Se estremeció.

Allí fuera, había un verdadero animal vagando en su camión.

Su aliento era casi normal ahora. Mann se obligó a sonreír tensamente. De acuerdo, Mann, se dijo a sí mismo. Ya pasó. Fue una maldita pesadilla, pero ya pasó. Estás camino de San Francisco. Te buscarás un bonito cuarto de hotel, pedirás una botella de escocés caro, te darás un baño caliente, te relajarás y lo olvidarás. «De acuerdo», pensó. Se dio la vuelta y salió del baño.

Se paralizó a los tres pasos, boqueando y con su corazón aporreando en el pecho; los ojos clavados en la gran ventana rectangular de la cafetería.

El camión estaba parado afuera.

Mann le dirigió una vidriosa mirada incrédula. No era posible. Lo había visto pasar a toda velocidad. El camionero le había ganado. ¡TENÍA TODA LA MALDITA CARRETERA SÓLO PARA ÉL! ¿Para qué había vuelto?

Mann miró a su alrededor con pánico repentino. Había cinco hombres comiendo, tres a lo largo de la barra, dos en las mesas. Se maldijo a sí mismo por no haberles mirado las caras cuando entró. Ahora no tenía forma de saber quién era. Mann sintió que sus piernas comenzaban a temblar.

Abruptamente, caminó hacia la mesa más próxima y se deslizó torpemente en la silla. Espera, se dijo. Simplemente espera. Seguramente, habría alguna forma de reconocerlo. Camuflando su cara con el menú, recorrió la cafetería con la mirada a través de la parte superior de la cartilla. ¿Sería aquél, el de la camisa caqui? Mann trató de ver las manos del hombre pero no pudo. Siguió escrutando nerviosamente. Aquél tipo de traje y corbata, seguro que no.

Le quedaban tres. ¿Y el de la mesa junto a la puerta, de facciones cuadradas y moreno? Si tan sólo pudiera verle las manos al tipo, eso podría ayudar. ¿Y qué hay con los otros dos de la barra? Mann los estudió ansiosamente.

¿Por qué no les miraste las caras cuando pudiste?

Bien, de acuerdo, que el conductor del camión estuviera aquí dentro no significaba automáticamente que tuviera la intención de continuar aquel absurdo duelo. La cafetería de Chuck podría ser el único lugar donde comer en muchos kilómetros. ¿Era hora de almorzar, no era cierto? El conductor del camión probablemente había tenido la intención de comer aquí todo el tiempo. Simplemente, había acelerado para tener un buen lugar donde parar. Así que había bajado la velocidad y regresado, eso era todo. Mann se forzó a leer el menú. Vamos, Mann, tranquilízate. No hay razón para estar tan aturdido. Quizás una cerveza pueda ayudarme.

La camarera detrás de la barra se acercó y Mann ordenó un sandwich de jamón con pan de centeno y una botella de Coors. Cuando la chica se dio vuelta y se fue, se preguntó, con una punzada de autoreproche, por qué simplemente no había abandonado la cantina para salir disparado a toda velocidad hacia su coche. Hubiera sabido inmediatamente si el camionero todavía tenía intenciones de seguirlo. Ahora, tendría que sufrir durante todo el almuerzo para enterarse. Casi gimió por su estupidez.

Pero ¿qué hubiera ocurrido si el camionero lo hubiera seguido hasta afuera y salido en su persecución otra vez? Habría vuelto enseguida donde había empezado. Aunque le hubiera sacado una buena ventaja, el conductor del camión lo habría alcanzado eventualmente. Tendría que mantenerse a 130 o 140 kilómetros por hora y no era un buen conductor a esa velocidad. Además la policía motorizada de California podría detenerlo. ¿Entonces, que haría?

Mann reprimió el enjambre de pensamientos que se abatieron sobre él. Trató de relajarse. Miró deliberadamente a los cuatro hombres; los dos más probables eran el de cara cuadrada de la mesa junto a la puerta y el rechoncho con mono sentado en la barra. Mann reprimió el impulso de caminar hacia ellos y preguntarles quién era el dueño de ese camión, y decirle al tipo que lamentaba si de alguna forma lo había irritado, y proponerle cualquier cosa para calmarlo, sin mencionar, obviamente, que su comportamiento en la ruta había sido irracional, o maníacodepresivo, probablemente.

Tal vez invitaría al tipo a una cerveza y juntos charlarían un rato para arreglar las cosas.

Mann no podía moverse. ¿Y qué tal si el camionero había olvidado todo el asunto? ¿Y si al acercarse lo irritaba de nuevo? Mann se sentía debilitado por la indecisión. Inclinó la cabeza débilmente cuando la camarera colocó el sandwich y el botellín frente a él. Tomó un trago de la cerveza, que le provocó carraspera. ¿El camionero habría encontrado divertido el sonido de su tos?

Mann sintió un profundo resentimiento interior. ¿Qué derecho tenía ese bastardo a imponerle semejante tormento a otro ser humano? «¿No es este un país libre, acaso?». ¡Maldita sea, claro que tenía todo el derecho de pasar a ese hijo de puta en cualquier carretera, si hubiera querido!

—Oh, mierda —masculló.

Trató de sobreponerse. ¿No estaría llevando esto demasiado lejos? Miró la cabina telefónica. ¿Qué le impedía llamar a la policía local y denunciar toda la situación? El tiempo. Perder el tiempo, claro. Tendría que quedarse aquí, enfadar a Forbes y probablemente anular la venta. El camionero, naturalmente, negaría todo. ¿Y qué ocurriría si la policía le creyera y no hiciera nada al respecto? Después de que se hubieran ido, el camionero indudablemente se abalanzaría sobre él otra vez, solo que peor. «¡Dios mío!», pensó Mann agónicamente.

El sándwich no tenía gusto a nada y la cerveza era desagradablemente amarga. Mann se quedó con la mirada fija en la mesa mientras masticaba. Por el amor de Dios, ¿por qué permanecía sentado aquí sin hacer nada? ¿No era un hombre adulto, acaso? ¿Por qué no se decidía a hacer alguna maldita cosa de una vez por todas?

Su mano izquierda tembló espontáneamente y derramó cerveza en sus pantalones. El hombre del mono se había levantado de la barra y se movía hacia la parte delantera de la cafetería. Mann sintió que su corazón se estrujaba cuando el tipo le pagó a la camarera, cogió su cambio, agarró un palillo y salió.

Mann lo observó en un ansioso silencio.

El hombre no se metió en la cabina del camión.

Entonces, tenía que ser el que estaba sentado en aquella mesa. Su cara se adaptó al recuerdo de Mann: cuadrada, ojos oscuros y pelo negro. El hombre que había tratado de arrollarlo.

Mann se levantó abruptamente, dejando que el impulso venciera al miedo. Con los ojos fijos, se encaminó hacia la entrada. Cualquier cosa era preferible a quedarse sentado allí.

Se acercó a la caja registradora, consciente del fastidioso silbido que soltaba mientras inhalaba aire a bocanadas. «¿Estará observándome?», se preguntó. Tragando saliva. Miró su ticket y sacó un puñado de billetes del bolsillo derecho del pantalón. Oyó una moneda caer al piso y rodar. Ignorándola, miró a la chica. Vamos, muévete, pensó. Pagó. Al recibir el cambio, dejó un dólar y 25 centavos en el mostrador. Guardó temblorosamente el resto en su bolsillo.

Al hacer eso, escuchó que el hombre sentado en la mesa junto a la puerta se levantaba. Un estremecimiento helado le recorrió la espalda. Lanzándose rápidamente hacia la puerta, la abrió de un empujón, viendo de reojo al tipo de la cara cuadrada aproximándose a la caja registradora.

Se alejó de la cantina. Dando grandes zancadas, se dirigió hacia el coche. Su boca estaba seca otra vez. Ahora el pecho le dolía.

Repentinamente, empezó a correr. Oyó el ruido de la puerta de la cafetería cerrándose de un golpe y peleó contra el deseo de mirar hacia atrás. ¿Eran ruidos de alguien corriendo, ahora? Al llegar al coche, Mann abrió de un tirón la puerta y se metió dentro atropelladamente. Sacó las llaves del pantalón y trató de introducir la de contacto en la ranura. Su mano temblequeaba tanto que lloriqueó al no poder hacerlo.

—¡Vamos, joder! —juró entre dientes, loco de impotencia.

La llave finalmente entró y la giró convulsamente. El motor arrancó y sacudió frenéticamente la palanca de marchas para ponerla en primera. Apretó el acelerador y salió derrapando hacia la carretera. Por el espejo lateral, le llegó el movimiento del camión dando marcha atrás desde la cantina.

La reacción afloró dentro de él.

—¡NO! —gritó enfurecido, mientras pisaba con fuerza el pedal del freno.

¡Era un comportamiento idiota! ¿Por qué diablos tenía que salir corriendo? Aparcó en un recodo de la cuneta y abrió la puerta con un empujón del hombro. Saltó afuera y empezó a caminar hacia el camión dando furiosas zancadas.

«De acuerdo, amiguito», pensó furioso, dirigiéndose al tipo dentro del camión. «Si quieres darme un puñetazo en la nariz, de acuerdo, pero se terminó la maldita persecución en la carretera».

El camión comenzó a cobrar velocidad. Mann levantó su brazo derecho.

—¡HEY! —gritó, sabiendo que el camionero lo estaba viendo—. ¡OYE, TÚ!

Comenzó a correr al ver que el camión no se detenía; el motor rugía cada vez más fuerte. Estaba saliendo a la carretera abierta ahora, corriendo con una sensación de martirizada indignación. El camionero metió una marcha, y el camión se movió más rápido.

—¡ALTO! —gritó Mann—. ¡MALDITO SEAS, DETENTE!

Se paró en el recodo del arcén, jadeante, con los ojos clavados en el camión, viendo cómo giraba balanceándose hacia la ruta y desaparecía tras el contorno de una colina.

—Miserable hijo de puta —masculló—. Eres un maniático y condenado hijo de puta.

Subió lentamente a su coche, tratando de creer que el camionero había huido del peligro de pelearse con él a puño desnudo. Era posible, por supuesto, pero en cierta forma no podía creerlo.

Estaba a punto de salir a la ruta cuando súbitamente cambió de idea y apagó el motor. Ese lunático bastardo podría haber salido a treinta kilómetros por hora para esperarme más adelante. «Ni lo sueñes, cabrón», pensó. Así que, al demonio la agenda; Forbes tendría que esperar, eso era todo. Y si a Forbes no le gustaba esperar, a la mierda Forbes, también. Él se sentaría aquí un buen rato, dejando que aquel trastornado quedara fuera de su alcance, para dejarle creer que había vencido. Mann esbozó una agria sonrisa. «Eres el temible Barón Rojo, amiguito; me has derribado en buena ley. Ahora vete al infierno con mis más sinceros cumplidos». Negó con la cabeza, aliviado.

Ahora que lo pensaba, debería haber hecho esto desde el principio; debió dejarlo pasar y quedarse quieto, esperando. El camionero ya no lo habría molestado. Y quizás hubiera elegido a algún otro. Este sorprendente pensamiento lo inquietó. ¡Dios, tal vez era así como pasaba diariamente el rato ese loco bastardo! ¿Sería posible eso?

Miró el reloj del salpicadero. Eran pasadas las 12 y media. Todo esto en menos de una hora, pensó. Cambió de posición en el asiento apoyándose contra la puerta y estiró las piernas. Cerró sus ojos y mentalmente especuló sobre las cosas que tendría que hacer mañana y pasado. El día de hoy ya estaba arruinado, hasta donde se podía ver.

Cuando abrió los ojos, asustado de adormecerse y de haber perdido demasiado tiempo, habían pasado casi once minutos. «Ese loco debe estar muy lejos ahora —pensó—; al menos 20 kilómetros y probablemente más, de la manera que conducía». Suficiente. De cualquier forma, ahora trataría de llegar en hora a San Francisco y quizás pudiera salvar el asunto pendiente con Forbes.

Iba a tomarse esto de manera optimista.

Mann se ajustó el cinturón de seguridad, encendió el motor, metió primera y salió a la carretera, echando una ojeada a través del hombro. Ni un alma en la ruta. Un gran día para viajar. Todo el mundo se quedaba en su casa. Aquel lunático debía tener una gran reputación por estos lugares. Cuando Crazy Jack está en la ruta, deje su coche en el garaje. Mann se rió de esa idea cuando su coche tomó la primera curva.

Un reflejo involuntario le hizo pisar el freno. El coche patinó ruidosamente antes de clavarse en el medio de la ruta.

El camión estaba parado en la cuneta, a menos de 100 metros.

Sintió como si su cuerpo se negase a funcionar; se quedó aturdido, mirando hacia delante.

Cuando un bocinazo sonó tras él, lanzó un gemido, replegando involuntariamente las piernas. Chasqueando sus cervicales, miró el retrovisor, boqueando al ver una camioneta amarilla acercándose a gran velocidad. Repentinamente, desapareció del espejo, adelantándole por la izquierda. Mann se sacudió cuando la camioneta pasó rápidamente a su coche, bordeando la cuneta, con sus destartalados guardabarros traseros traqueteando de aquí para allá y sus neumáticos chillando. Pudo ver la ira del hombre que conducía, y también sus labios, que se movieron en un silencioso insulto. Enseguida, la camioneta el carril derecho y se alejó, pendiente abajo. Al verla pasar el camión, Mann sintió una extraña sensación. El tipo que conducía la camioneta podía irse tranquilo, sin peligro. Sólo él había sido elegido. Yo soy la presa. Aquello que sucedía era demente. Pero estaba ocurriéndole a él

Detuvo su coche en el arcén y frenó. Colocó la palanca de marchas en punto muerto y se reclinó, clavando los ojos en el camión. Sus sienes palpitaban y latían sordamente, como un sofocado reloj distante.

¿Qué podría hacer? Sabía muy bien que si se bajaba del auto para ir a pie, el camionero movería el camión, solo para ir a detenerse más adelante. Debía comprender de una maldita vez que estaba tratando con un desequilibrado. Los temblores en su vientre lo sobresaltaron otra vez. Su corazón golpeteaba en la caja torácica. ¿Y ahora qué?

Con un fiero y súbito arrebato, Mann zarandeó la palanca, engranando ruidosamente el primer cambio y pisó con fuerza el acelerador. Los neumáticos giraron locamente en la gravilla antes de adherirse al suelo, y el coche salió serpenteando hacia la carretera. Inmediatamente, el camión comenzó a moverse. ¡Había dejado el motor en marcha! pensó Mann, en un acceso de furioso terror. Luego, abruptamente, se percató de que nunca podría pasar, dado que el camión estaba empezando a bloquearle el camino y el coche terminaría chocando contra él. Una visión centelleó en su mente: una violenta y roja explosión y una pared de llamas que lo incineraban. Empezó a frenar, primero con fuerza y luego en forma regular, procurando no perder el control.

Cuando consiguió desacelerar lo suficiente para sentir que estaba seguro, se lanzó sobre la derecha volviendo al arcén, dejando la palanca en punto muerto.

Casi ochenta metros delante, el camión hizo lo mismo.

¿Y ahora qué? La pregunta insistía en su cabeza, mientras golpeteaba sus dedos en el volante. ¿Retroceder hasta el empalme que lo llevaría a San Francisco por otra ruta?

¿Cómo iba a saber que el camionero no lo seguiría? Se mordió los labios coléricamente. «¡No! ¡No voy a dar la vuelta!».

Su expresión se endureció repentinamente. Pues bien, no iba a quedarse sentado aquí todo el día, eso era seguro. La palanca de cambios se quejó ruidosamente cuando puso primera y lanzó el auto sobre el pavimento otra vez. Vio que el camión se ponía en marcha nuevamente pero no hacía ningún esfuerzo por acelerar; aminoró un poco la marcha, tomando posición a unos 30 metros detrás de la cisterna. Miró la velocidad: 60 kilómetros por hora. El camionero sacó su brazo izquierdo por la ventana de la cabina y le estaba haciendo señas para que lo pasara. ¿Qué intentaba decirle con eso? «¿Cambiaste de idea? ¿Finalmente decidiste que este asunto había ido demasiado lejos?».

Mann no se podía permitir creerle.

Miró más allá del camión. A pesar de que las montañas rodeaban todo, la ruta parecía bastante recta hasta donde podía verse. Tamborileó ligeramente una uña en la barra de la bocina, sin saber qué hacer. Quizás pudiera continuar así todo el camino hasta San Francisco a esta velocidad, quedándose atrás lo suficientemente lejos como para evitar lo peor del tubo de escape. Además, no parecía probable que el camionero se fuera a detener en el medio de la ruta sólo para bloquearle el camino; y si se tiraba al arcén otra vez para fingir que lo dejaría pasar, él podría hacer lo mismo, manteniendo su distancia. Sería un juego extenuante, pero sería un juego seguro. Por otra parte, hacer un último intento por burlar a esa bestia quizás valiera la pena; pero obviamente, eso es lo que estaría esperando ese hijo de puta.

Igualmente, un vehículo de ese tamaño nunca podría rivalizar en velocidad y desenvoltura de conducción con, en este caso, su propio coche. Las leyes de la mecánica jugaban en su contra, así, sin más. Cualquier ventaja que el camión tuviese en términos de masa, la perdería en términos de estabilidad, en particular llevando semejante cisterna. Si Mann condujera a, digamos, 120 kilómetros por hora en alguna de las pendientes que tenía esa ruta, y estaba seguro que encontraría alguna más adelante, el camión tendría que quedarse rezagado forzosamente.

La pregunta era, por supuesto, si tendría la sangre fría de conservar semejante velocidad durante tanto tiempo. Jamás lo había hecho antes; pero cuanto más pensaba en el asunto, más apremiante se volvía, alejándolo de la respuesta.

Abruptamente, se decidió.

De acuerdo, pensó. Observó delante y luego pisó el pedal del acelerador, arrojándose al carril izquierdo. A medida que se acercaba al camión, se tensó, pensando que el conductor podría salir a bloquearle el paso, pero el camión se mantuvo en su carril. El coche de Mann avanzó a lo largo de la abrumadora silueta de mamut que tenía a su derecha. Dirigió una rápida mirada hacia la cabina y vio el nombre «Keller» pintado en la puerta. Por un horripilado instante, pensó que había leído «Killer» y comenzó a desacelerar. Luego, releyó la tosca etiqueta y abandonó su sobresalto pisando el acelerador nuevamente. Cuando alcanzó a ver el camión en el espejo retrovisor, retomó su curso por el carril derecho.

Se estremeció, en una mezcla de temor y satisfacción, al ver que el camionero aceleraba. Era extrañamente reconfortante haber anticipado definitivamente las intenciones de aquel hombre. Esto, sumado al hecho de haber visto su cara y su nombre parecía, de algún modo, achicarlo, disminuirlo en tamaño. Antes, había sido una gran criatura anónima, sin rostro, una personificación del terror más oculto; ahora, al menos, era un individuo.

«Muy bien, Keller —dijo mentalmente—, veamos si ahora puedes vencerme con esa reliquia achacosa».

Pisó el acelerador. «Aquí vamos», pensó.

Miró la velocidad, y cuando vio que se movía a sólo 110 kilómetros por hora frunció el ceño. Deliberadamente, presionó aún más el pedal, alternando su mirada entre la carretera y el velocímetro hasta que la aguja superó los 120. Sintió un súbito espasmo de satisfacción. «De acuerdo, Keller, bruto hijo de puta, alcánzame si puedes», pensó.

Después de algunos segundos, consultó el espejo retrovisor otra vez. ¿El camión se estaba acercando? Aturdido, comprobó el velocímetro. «¡Maldita sea! ¡Había aminorado hasta 115!». Forzó el acelerador coléricamente. ¡No podía permitirse correr a menos de 120!

El pecho de Mann se estremeció en un convulsivo resuello.

Mientras pasaba una arboleda, desvió la mirada hacia un sedán beige estacionado debajo de un árbol; sentados dentro, una joven pareja charlaba. Al cabo de unos instantes, estuvieron lejanos, en un mundo separado del suyo. ¿Si hubiesen apartado la vista, lo habrían visto pasar? Seguro que no.

Reparó en la sombra de un puente sobre la capota y el parabrisas. Respirando cansadamente, observó el velocímetro otra vez. Se mantenía en 120. Miró el retrovisor. ¿Era su imaginación o el camión estaba ganando terreno? Miró a lontananza con ojos ansiosos. Debería haber un pueblo o algún centro habitado en alguna parte. Al diablo con esto; se detendría en alguna estación de policía y denunciaría todo lo que le había sucedido. Tendrían que creerle. ¿Por qué razón se detendría alguien para contarles una historia semejante si no fuese cierta? Hasta donde se podía imaginar, Keller tendría alguna clase de antecedentes criminales por estos lugares.

«Oh, claro, lo tenemos en la mira —le dice un policía sin rostro—. Saldremos enseguida a buscar a ese loco bastardo y le daremos su merecido». Mann se estremeció y receló de lo que veía en el espejo.

El camión se estaba acercando.

Angustiándose, examinó el velocímetro. ¡Maldición, mantente alerta! Le gritó su mente. ¡Estaba en 114! Gimiendo de frustración, oprimió el pedal del acelerador. ¡118! ¡120! ¡Deprisa, hay un asesino detrás de ti!

Su coche comenzó a atravesar un campo florido. Lilas, blancas y púrpuras, extendiéndose en filas interminables. Pasó una pequeña barraca cerca de la carretera, con un letrero en el que ponía: «Flores frescas del campo». Apoyado en la pared de la barraca, un cartón cuadrado color café tenía escrito las palabras: «Pompas fúnebres» pintadas crudamente.

Bruscamente, Mann se vio a sí mismo, yaciendo en un tosco ataúd y pintado como si fuera algún grotesco maniquí; Ruth y los niños sentados en la primera fila, con las cabezas gachas; el abrumador perfume de las flores saturando las narices; todos sus parientes…

De pronto, el pavimento se volvió irregular y el coche comenzó a rebotar y a sacudirse, transmitiéndole dolorosas puntadas directo a su cabeza. Sintió que el volante le oponía resistencia y lo sujetó con fuerza, haciendo que los violentos sacudones subieran vibrando por sus brazos.

No se atrevió a mirar por el retrovisor. Tenía que obligarse a mantener constante esa velocidad. Keller no iba a aminorar, eso era seguro. ¿Y qué ocurriría si se le reventaba un neumático? Perdería el control en un instante. Imaginó su auto dando un salto mortal, girando y rebotando en el pavimento, metales rechinando, sus gritos, el tanque de combustible explotando, su cuerpo aplastado y quemado y…

El estropeado intervalo de pavimento finalizó y lanzó un vistazo al retrovisor.

El camión no estaba más cerca, pero tampoco había perdido terreno. Mann miró alrededor frenéticamente. Delante se divisaban colinas y montañas. Trató de tranquilizarse, diciéndose que las pendientes jugaban a su favor, y que podría sortearlas sin disminuir la velocidad; pero aún podía imaginar que en cualquiera de esos descensos, el inmenso camión se le vendría encima, estrellándose violentamente contra su coche y lanzándolo a través del borde de algún acantilado. Tuvo una horrenda visión: docenas de autos destrozados y oxidados yaciendo ocultos para siempre en el fondo de los precipicios, con cadáveres en cada uno de ellos, todos empujados a una muerte atroz por Keller. El coche de Mann transitó vertiginosamente por un frondoso pasadizo de árboles; a cada lado de la carretera, altísimos eucaliptos cortaban el viento; sus gruesos troncos se erguían separados entre sí por casi un metro de distancia. Era como viajar por el fondo de un profundo desfiladero. Mann resoplaba cada vez que alguna rama grande golpeaba el parabrisas soltando polvorientas hojas que dificultaban su visión del camino. ¡Mierda! Estaba acercándose demasiado al borde del pavimento. Si perdía el control a esta velocidad, estaba frito.

¡Dios! ¡Eso sería ideal para Keller! Se dio cuenta repentinamente. Se imaginó al camionero de la cara cuadrada riéndose al pasar junto a su incendiado auto, sabiendo que había cazado a su presa sin ensuciarse las manos.

Cuando su coche salió del pasillo arbolado, Mann respiró un poco.

Ahora, la ruta adelante era algo serpenteante y se perdía al pie de las montañas. Mann se obligó a presionar el pedal todavía más. 125 ahora, casi 126. Hacia su izquierda, una amplia explanada verdinegra se extendía hasta los oteros. Alcanzó a ver un vehículo negro en un camino de tierra, moviéndose hacia la carretera. ¿Tenía los lados pintados de blanco? El corazón de Mann se agitó. Impulsivamente, atascó la palma derecha en la barra del claxon y la mantuvo allí. Los estridentes bocinazos atormentaron sus oídos.

¿Era un coche de la policía? ¿Sí o no?

Volvió a tomar el volante con las dos manos. No, no era.

¡Mierda! Profería furiosa su mente. Keller debía estar divirtiéndose mucho con sus desesperados esfuerzos. Sin duda, en estos momentos, estaría muriéndose de la risa. Oyó la voz del camionero en su mente, tosco y astuto. «¿Te creíste que buscando a la poli te ibas a salvar, idiota? ¡Te voy a cazar!»

El corazón de Mann se retorció con un odio salvaje.

¡MALDITO LOCO HIJO DE MIL PUTAS! Sacudiendo el puño derecho en forma amenazante, lo golpeó con fuerza sobre el salpicadero.

«¡Maldito seas, Keller! ¡YO soy el que va a matarte, aunque sea lo último que haga!». Las colinas estaban cada vez más cercanas. Había pendientes bastante más empinadas ahora. Mann sintió palpitar la esperanza dentro de sí. Estaba seguro que le sacaría una buena ventaja a esa bestia. No importa cuánto esfuerzo hiciese ese bastardo, nunca podría sostener 120 kilómetros por hora subiendo una cuesta. ¡Pero yo sí! Festejó su mente con feroz júbilo. La saliva inundó su boca y la tragó. Tenía las axilas y la espalda empapadas de sudor y la camisa se le había pegado al tapizado del asiento. Podía sentir la transpiración goteando bajo sus brazos. Un baño y una cerveza. Sí, eso. Sería lo primero que haría al llegar a San Francisco. Un baño largo y caliente y una bebida larga y fría. En Cutty Sark; una fanfarronada, desde luego. Pero se lo merecía.

El coche trepó una ligera pendiente.

¡No era lo suficientemente pronunciada, maldición! La pérdida de velocidad del camión se vería compensada por su propio empuje. Mann sintió un odio involuntario hacia ese paisaje. Cuando hubo coronado la cima y se hubo inclinado para encarar el suave descenso, miró el espejo retrovisor.

Cuadrado, pensó, todo en ese maldito camión era cuadrado: la rejilla del radiador, la forma de los guardabarros, el parachoques, el contorno de la cabina, incluso las manos de Keller y su cara. Volvió a ver al camión como alguna gran entidad insensible y bestial, que lo perseguía por puro instinto.

Mann gritó, horrorizado, al ver el cartel «Taller de reparaciones».

Su mirada frenética recorrió toda la ruta. Los dos carriles estaban bloqueados y una enorme flecha negra indicaba un desvío. Gimió angustiosamente al ver que el desvío era un camino de tierra.

Su pie se lanzó automáticamente al pedal del freno y comenzó a pisar. Echó una ojeada al retrovisor. El camión se estaba moviendo ¡más rápido que nunca! «¡No puede ser!». La expresión de Mann se congeló en una máscara de terror cuando el coche empezó a girar hacia la derecha.

Las ruedas delanteras mordieron el camino de tierra. Por un instante, creyó que se volcaría de lado; sintió que el coche ya no le obedecía.

—¡No, no! —sollozó.

Se encontraba derrapando salvajemente en medio de un trompo, y sus neumáticos chirriaban en el cascajo del camino de tierra; sus codos atrancados contra sus lados y sus manos permanecían fieramente agarradas al volante tratando de recuperar el control. Las cunetas del camino parecían desgarrar el caucho de las llantas y las ventanillas tintineaban ruidosamente. Su cuello se sacudía de acá para allá con dolorosos tirones, mientras que el traqueteo impulsaba su cuerpo contra la atadura del cinturón de seguridad y lo estrujaba violentamente en el asiento. Mann experimentó todos los efectos centrífugos del coche en su espina dorsal. Su mandíbula prensada se desplazó violentamente y reprimió un quejido al morderse el labio inferior.

Al ver como en un sueño la parte trasera del coche surgiendo velozmente a la derecha, giró con fuerza el volante hacia la izquierda; luego, siseando, lo torció en la dirección opuesta, boqueando al sentir que los guardabarros traseros habían derribado una cerca. Pisaba enloquecido el pedal del freno, luchando por recobrar el control; los neumáticos revolvían el asfalto y la tierra y salpicaban todo en una espesa nube de polvo y tierra. Mann se atragantó con una mezcla gris de saliva y mugre que inundó su garganta, mientras zarandeaba el volante. Finalmente, consiguió salir del trompo y el coche estaba en curso otra vez. Ahora su cabeza latía como su corazón, con palpitaciones gigantescas. Comenzó a toser con dificultad, escupiendo un pringoso espumarajo mezclado con sangre de su labio.

El camino de tierra finalizó de improviso y el auto recuperó impulso sobre el pavimento. Se animó a mirar el retrovisor. El camión estaba rezagado pero seguía tras él, meciéndose como un buque de alta mar azotado por la tempestad; sus enormes neumáticos elevaban un grisáceo murallón de polvo. Mann aceleró su coche. Había visto una pendiente bastante pronunciada delante; ahora sí ganaría alguna distancia.

Tragó algo de sangre y mugre, haciendo arcadas por el sabor. Luego buscó a tientas en su bolsillo del pantalón y sacó un pañuelo. Lo presionó en su labio sangrante, con los ojos siempre fijos en la cuesta de delante, a unos cincuenta metros más o menos. Intentó acomodarse en el asiento, pero la camisa empapada se le adhería fastidiosamente a la piel. Echó un vistazo al espejo; el camión acababa de salir del camino de tierra y recobraba velocidad sobre el pavimento. «No está mal —pensó con veneno—; pero todavía no me atrapas, ¿verdad, Keller?».

Su coche estaba en los primeros metros del asfalto cuando una columna de vapor comenzó a salir por debajo de la capota. Los ojos de Mann se agrandaron repentinamente, horrorizados. La presión del vapor aumentó, convirtiéndose en una niebla humeante. La vista de Mann cayó al salpicadero. La luz roja todavía no parpadeaba pero lo haría en cualquier momento. ¿Cómo pudo ocurrirle esto? ¡Justo cuando estaba a punto de conseguirlo! La pendiente era larga y gradual, con muchas curvas, así que no era el lugar ni el momento para detenerse. ¿Podría dar un repentino viraje en U y escapar hacia atrás? el pensamiento cruzó su mente. Miró delante. La ruta era demasiado estrecha, circundada por colinas en ambos lados. No habría espacio para hacer un círculo y tampoco tiempo suficiente para completarlo; si decidiera intentarlo, Keller podría llegar a golpearlo de costado o de frente.

—¡Oh, Dios Mío! —murmuró Mann, repentinamente.

Se dispuso a morir.

Se quedó contemplando el vapor con la mirada vapuleada, progresivamente cegado por la creciente nube blanquecina.

Abruptamente, recordó aquella tarde cuando llevó el coche a hacerle una limpieza en el autolavado del barrio. El hombre que lo atendió le había sugerido que reemplazara los manguitos, porque la limpieza al vapor tenía la tendencia a cuartearlas. Él le había dicho que sí, que lo haría cuando tuviese más tiempo. ¡Más tiempo! La frase fue como una daga en su mente. No le dio importancia; se había olvidado de los manguitos. Y por ese descuido ahora estaba a punto de morir.

Sollozó quedamente cuando la luz roja en el salpicadero brilló intermitentemente. La miró sin querer; el indicador de temperatura del agua era rojo fuego. Con una boqueada jadeante, zarandeó la palanca, bajó un cambio y miró adelante. ¿Por qué no lo había hecho inmediatamente? La cuesta parecida interminable. Ya podía oír un latido hirviente dentro del radiador. ¿Cuánto líquido le quedaba? El vapor estaba cada vez más denso, nublándole la visión. Estiró el brazo hacia el tablero y encendió los limpiaparabrisas, para que barrieron un poco el vapor y la mugre a diestra y siniestra. Calculó que tendría suficiente líquido en el radiador como para llevarlo a la cima. ¿Y después qué? Lloró su mente. Nunca podría conducir sin líquido en el radiador, ni siquiera cuesta abajo. Consultó el espejo; el camión porfiaba. Mann gruñó, enloquecido de furia. ¡Si no fuera por ese puto manguito, me estaría escapando ahora!

Otra repentina sacudida del coche lo trajo de regreso al terror. Si frenaba ahora, quizás pudiera saltar del coche, salir corriendo y remontar esa pendiente; sin embargo, no podía obligarse a detenerse. No importa cuánto pudiese correr, se sentía seguro en su coche, menos vulnerable. Sólo Dios sabe lo que ocurriría si lo abandonaba.

Mann trataba de concentrarse en la subida, tratando de no mirar la luz roja ni siquiera de reojo. Metro a metro, su coche iba perdiendo velocidad. Vamos, vamos, imploraba su mente, aún sabiendo que la súplica era inútil. La marcha era cada vez más desigual. El lamento borboteante del radiador llenaba sus oídos; en cualquier momento, el motor se obstruiría, dejándole a merced de la bestia. No, no, no, pensó. Hizo un intento por aclararse. Ya estaba casi en la cresta, y en el espejo podía ver el camión aproximándose. Al pisar el acelerador, el motor crepitó.

«¡Vamos, Vamos! ¡Por favor, Dios, ayúdame!», gritó su mente. Más cerca. Más cerca. ¡Vamos, fuerza! El coche se estremecía y rechinaba y desaceleraba mientras el aceite, el humo y el vapor salían a borbotones por debajo de la capota.

Los limpiaparabrisas barrían de un lado para el otro.

La cabeza de Mann latía; sus manos crispadas al volante, entumecidas. El corazón martilleaba en su pecho. «¡Por favor, Dios mío, POR FAVOR!».

El pico de la pendiente.

¡Hecho! Los labios de Mann se abrieron en un grito de triunfo cuando el auto empezó a descender.

Con sus brazos moviéndose de manera descontrolada, puso la palanca en punto muerto y dejó que el coche rodara cuesta abajo. A su alrededor, colinas y más colinas hasta donde alcanzaba su vista; un aullido de triunfo se estranguló en su garganta.

Ahora estaba descendiendo, en una larga bajada.

Pasó un cartel donde leyó: «Vehículos pesados conservar marcha suave los próximos 20 kilómetros».

¡Veinte kilómetros!

El coche comenzó a ganar velocidad. Mann miró el velocímetro: 70 kilómetros por hora. La luz roja aún ardía, pero dejaría descansar el motor por algún tiempo, si es que el camión estaba lo suficientemente rezagado.

Su velocidad aumentaba. 75… Casi 80. Mann observó la aguja indicadora girar lentamente a la derecha. Echó un vistazo por el retrovisor. El camión no había aparecido aún. Con un poco de suerte, todavía podría sacarle una buena ventaja.

Allí, en alguna parte tendría que haber un lugar donde detenerse. La aguja ya bordeaba la marca de los 87.

Otra vez miró el espejo. El camión había coronado la pendiente y empezaba a descender. Sintió que sus labios temblequeaban sin control y los frunció. Sus ojos saltaban alternándose entre el parabrisas oscurecido por el humo y el espejo. El camión se acercaba rápidamente; Keller tendría el pie incrustado en el acelerador. No pasaría mucho tiempo antes de que tuviera al camión encima. La temblorosa mano derecha de Mann cambiaba inconscientemente de marcha. Cuando se dio cuenta echó la palanca hacia atrás, mirando el velocímetro; apenas había superado los 90. ¡No eran suficientes, necesitaba usar el motor! Extendió la mano desesperadamente pero la detuvo en seco cuando el motor se sofocó; rápidamente, retorció la llave de contacto. El motor lanzó un chasquido ronco, pero no arrancó. Mann vio que se estaba acercando a la cuneta, y dio un impulsivo volantazo. Otra vez, volvió a girar la llave, pero no hubo resultado. En el espejo, el camión ganaba terreno velozmente; en el velocímetro, la aguja se mantuvo en 92. Mann, abrumado por el pánico, se quedó con la mirada en blanco, los ojos vacíos.

Entonces la vio.

A varios centenares de metros adelante, una ruta de escape para camiones con frenos quemados. Ya no habría más alternativas; o tomaba esa ruta o su coche sería arrollado. El camión estaba espantosamente cerca; podía escuchar el agudo bramido de su motor. Inmediatamente, comenzó a acercarse a la derecha, pero repentinamente enderezó el volante. ¡No debía revelar sus movimientos! Tendría que esperar hasta el último momento. De otra manera, Keller lo seguiría.

Poco antes de alcanzar la vía de escape, Mann giró el volante. La parte posterior del coche comenzó a colear hacia la izquierda y los neumáticos chirriaron en el pavimento. Mann gobernó el patinazo, frenando lo suficiente como para no perder el control; las ruedas traseras mantuvieron su adherencia a 90 kilómetros por hora y el auto encaró el camino de tierra, levantando una polvareda. Ahora comenzó a frenar. El auto serpenteó sobre las piedras formando huellas tortuosas y Mann resolló cuando el coche comenzó a rebotar en las cunetas. Clavó el freno con todas sus fuerzas y el auto giró violentamente a la derecha, mientras escuchaba el inconfundible ruido de un metal al romperse; su cuello latigueó hacia un lado, producto de la brusca parada en seco.

Aturdido, Mann se giró para ver el camión abandonar la carretera a toda velocidad en un giro muy cerrado.

Paralizado por el agotamiento y el espanto, observó cómo el macizo vehículo se lanzaba sobre él; se quedó allí, estupefacto y vacío de reacciones, pero conservando todavía la despabilada certeza ante su muerte.

Maravillado ante la vista del mamut que rugía hacia él, Mann abrió la boca pero el alarido no pudo salir.

Repentinamente, el camión comenzó a bambolearse. Mann, ajeno, distante y en un sofocado silencio, lo vio: la bestia había tropezado y perdía el equilibrio desenfrenada y aparatosamente; antes de que alcanzase su coche, había desaparecido del parabrisas trasero.

Con los brazos entumecidos, Mann se desprendió el cinturón de seguridad y empujó la puerta. Luchando por caminar, se tambaleó alejándose del coche, a tientas en la nube de polvo, acercándose al borde del barranco. Había llegado justo a tiempo para ver al camión volcarse de lado como un barco en pleno naufragio; arrastrado por su propio y centrífugo ímpetu, la bestia se precipitó arrastrado por el tanque cisterna, cuyas enormes ruedas seguían girando desenfrenadamente en el aire.

Mann permaneció inmóvil, quedándose con la mirada fija hacia abajo.

El tanque cisterna explotó primero, y la violenta detonación hizo que Mann reculara y cayera sentado torpemente. Una segunda explosión bramó allá abajo, y su tórrida onda de choque espoleó sus oídos. Desde el suelo, vio una fiera columna roja y negra subir rápidamente hacia el cielo; luego otra.

Mann gateó cautelosamente hacia la orilla del barranco y atisbó con los ojos irritados por el aceitoso humo.

Las enormes lenguas de llama se encumbraban hacia arriba impidiéndole ver al camión; sólo se veía la densa llamarada en medio de fumarolas que se arremolinaban; Mann se incorporó lentamente y siguió observando, boquiabierto, drenado de toda sensación.

Luego, inesperadamente, sus emociones regresaron.

No era temor, al principio, y muchos menos pena. Tampoco la náusea, que vendría poco después. Desde lo más recóndito de su mente, empezaba a emerger un subterráneo tumulto, un instintivo y oscuro furor: era el regocijado alarido de alguna bestia ancestral frente al cadáver de su enemigo derrotado.

FIN

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