Espérame en el cielo

 

Y sucedió entonces que mientras iban ellos andando y hablando, un carro de fuego con caballos de fuego separó al uno del otro, y subió Elías en un torbellino de fuego y se perdió entre las nubes.

II Reyes, 2, 11

 

Un coche así no pasa desapercibido. Entre un Seat 850 abollado, lleno de polvo, con un colchón enrollado encima, una escalera de mano, dos o tres sillas, y una Vespino amarilla que le adelanta tocando el claxon, un Citroën 2CV pintado con los colores y el emblema de Avecrem, y un motocarro cargado de patatas esperando en doble fila, el Dodge 3700 GT con matrícula del parque móvil oficial, PMM-16416, es como un gran escarabajo que se mueve torpemente entre hormigas y pulgas; una especie de escarabajo negro, muy largo y aplastado, pesado como un tanque, un escarabajo rinoceronte, que parece a punto de desplegar las alas y salir volando.

El conductor pone el intermitente para girar hacia la izquierda, camino de Diego de León y los Hermanos Bécquer. Faltan algunos minutos para las nueve y media. En el asiento de atrás, el almirante, que viene de comulgar en la parroquia de los padres jesuitas, levanta la vista de los papeles que está ojeando y mira por la ventanilla. Dentro de una hora aproximadamente, tras la misa y el desayuno, le esperan sus ministros, serios como buitres, somnolientos, fumando a sus anchas en los butacones de nogal y terciopelo del salón del consejo; los falangistas, los militares, los numerarios del Opus, escrutándolo mientras habla con sus gafas de cristales oscuros. Hoy no es un día cualquiera. Hoy jueves, 20 de diciembre, día de Santo Domingo de Silos, va a ser muy claro con ellos, igual que lo era el santo benedictino con los monjes de su monasterio. Se acabaron las medias tintas, les dirá, es hora de bregar todos juntos. Hoy tiene intención de explicarles los peligros de la subversión que se cierne sobre España en los mismos términos en los que lo hizo con Kissinger, el Secretario de Estado norteamericano, en el encuentro que ambos mantuvieron la víspera, y del que no está muy convencido de que saliera nada positivo, más allá de alguna anécdota para la prensa y un puñado de fotografías con sonrisas de circunstancias. Carrero no quiere más discrepancias en el seno del Gobierno. No va a tolerar indecisiones, y, desde luego, no transigirá con los moderados. La subversión que amenaza el futuro de España está ahí, sobre la mesa, digan lo que digan los servicios de inteligencia de Kissinger, ese judío embustero, ese masón intrigante, que le ha hecho perder el tiempo con sus alardes de prima donna y sus promesas de oropel y aire.

Carrero es un hombre sencillo, un español de pies a cabeza, y no le gustan los artificios ni las medias verdades. «Yo, señor mío, igual que el Generalísimo, a quien Dios guarde, soy un español a carta cabal, ¡un español de pies a cabeza, como lo fue don Pelayo! –dicen que le soltó a Kissinger, dando una palmada en la mesa y volcando sin querer el plato de los mazapanes–, y no me gustan los artificios ni las medias verdades». En realidad, no fue artificios y medias verdades lo que dijo, sino sainetes y zarandajas, pero como el traductor no tenía muy claro cómo hacérselo entender al señor Secretario, holy shit!, sarandaha?, what the hell!, y todos los que decían hablar castellano observaban con fingida indiferencia el techo, el suelo o el jarrón de las hortensias, los sainetes y las zarandajas acabaron convirtiéndose en artifices y half-truths, y aquí paz y después gloria. Esa tarde, mientras los americanos tomaban una copa a treinta mil pies de altura, un agregado militar de la embajada, un tal Franceschetti, o Fracassetti, un tipo alto, pálido, desgarbado, el vivo retrato de Herman Monster con gorra de plato, contó una historia un poco de miedo y un poco de risa que tenía lugar en Hendaya, a finales de 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial, contrariamente a lo que esperaban los nazis tras sus desfiles triunfales por los Campos Elíseos, amenazaba con estancarse en todos los frentes. Hitler y Franco se reunieron para considerar la entrada de España en el conflicto al lado de las potencias del Eje, y las compensaciones económicas y territoriales que recibiría por declarar la guerra a los Aliados. Las conversaciones duraron más de siete horas, al cabo de las cuales el canciller alemán salía echando pestes de los españoles, ¡panda de hidalgos arrogantes!, ¡santurrones!, ¡muertos de hambre!, andando con pasos redoblados hacia el tren que iba a llevarle a los Alpes y diciendo a quien quisiera escucharle que, antes de volver a reunirse con Franco, prefería que le operase de hemorroides un fontanero miope. Kissinger esbozó una sonrisa, una de esas sonrisillas suyas, sinuosa, inquietante, que tanto solía desconcertar a sus interlocutores. Él había pasado por algo semejante aquel mismo día, y, mientras soportaba intentando no dormirse el adoctrinamiento católico, apostólico y romano de Carrero Blanco, el perro guardián del Régimen, mentiría si dijera que no había tenido la tentación media docena de veces de pedirle la pistola a uno de sus escoltas para volarse la tapa de los sesos… o volársela a Carrero. «Hay cosas que no cambian nunca», suspiró, acabándose el brandy. Y cuando ya se acomodaba en el asiento para descansar los últimos diez o quince minutos del vuelo, recordó algo y se volvió hacia sus asesores: «Por cierto, ¿cómo quedó el Madrid? Jugaba con el… ¿Cuatro?, ¿que le han metido…? ¿El Elche, en serio? –lanzando un silbido–. ¡Vaya, pues estará contento el viejo!»

car - 2

–¿Qué pasa, que estamos parados? ¿Qué hace ahí tanta gente?

–Creo que es un accidente, Su Excelencia. Han debido atropellar a alguien, no se ve muy bien desde aquí. Un perro, o algo.

El chófer tamborilea con los dedos sobre el volante. Mira hacia el semáforo, que cambia de rojo a verde y de verde a rojo sin que nadie se mueva.

–Pero ya están aquí los municipales.

Se oye la sirena de una ambulancia.

–A Dios gracias, hoy no puedo llegar tarde. Hay muchas cosas que hacer.

–No se preocupe, Su Excelencia. En cuanto nos dejen, salimos de aquí disparados.

El coche gira nuevamente hacia la izquierda. El almirante lee de pasada el nombre de la calle –«CALLE DE CLAUDIO COELLO»– y carraspea. Están ahí fuera, muy cerca, los que conspiran en la sombra, esas ratas que corretean entre nuestros pies, que se alimentan de nuestras desgracias. Los socialistas, los comunistas, los liberales, los mercachifles de los electrodomésticos, de American Express, de la Coca-Cola. Las sabandijas como Kissinger, que nos dan con una mano entre grandes alharacas lo que discretamente nos quitan con la otra. Todos esos que, desoyendo el mandato divino, se dejan corromper por los dulces frutos del Árbol de la Ciencia; «pero del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no comerás, porque el día que de él comieres, ese día morirás». Carrero apenas gesticula, parece el muñeco de un ventrílocuo. Lee seis, ocho palabras, toma aire, lee otras seis, ocho palabras, con tono inexpresivo, igual que un estudiante que repasa de corrido los afluentes del Ebro –el Ebro nace en Fontibre, cerca de Reinosa, provincia de Santander, pasa por Logroño, Tudela, Zaragoza– o los golfos y las rías de Cantabria. Luego asiente para sí mismo, para su tripa, bajando la barbilla hacia el ombligo, como para darse ánimos. Saca una pluma del bolsillo, una pluma estilográfica con un lema grabado en letras de oro, «SEMPER CONSTANS ET FIDELIS», regalo personal de doña Carmen por su sexagésimo octavo cumpleaños. Tacha dulces y escribe amargos al margen del párrafo. Están ahí fuera, disimulando, observándonos de reojo, esperando el momento oportuno para saltar sobre nosotros. No hay tiempo que perder, es necesario tomar medidas urgentes; y más en las actuales circunstancias, ahora que nuestro Caudillo, el Vigía de Occidente, por desgracia, cansado y enfermo tras más de treinta años dirigiendo el destino de los españoles, no tiene ya la fuerza de antaño para guiarnos con mano segura a través de las tormentas y las mareas de la historia.

En la acera, dando pasos inseguros tras un bastón con el que golpea a derecha e izquierda, a derecha, a izquierda, un ciego con una guerrera de los requetés de Navarra carga a duras penas con un espejo ovalado, de marco barroco, que da la impresión de ser muy pesado. El coche pasa junto al ciego, apoyado en una farola mientras recupera el aliento; se refleja en el espejo y continúa su camino.

Enfrascado en su discurso, el almirante no se da cuenta de nada. No ha visto al ciego, ni la mancha negra que cruzaba por el espejo, una mancha informe, que se ha escurrido por la superficie del espejo como un charco por un desagüe. Los políticos, por lo general, son como los camaleones, como las cucarachas a las que les aplastas la cabeza y siguen viviendo, como los crustáceos; un grueso caparazón de placas y espinas los aísla del mundo exterior. Para ellos, la gente forma parte del decorado, igual que una paloma o la tapa de una alcantarilla, o una cabina telefónica, y no suelen reparar en su existencia, a no ser que ocurra algo fuera de lo corriente; que un autobús con publicidad de Aerolíneas Argentinas, por ejemplo, atropelle a una indigente cargada de bultos, a una vieja desgreñada, histérica, y que la vieja se levante de un salto como si no hubiera pasado nada, ¡puercos!, ¡mendrugos!, ¡saco de zurullos!, tres metros más allá del paso de cebra, soltando improperios a diestro y siniestro y recogiendo los bártulos esparcidos por el suelo, igual que una gallina que picotea los granos de pienso, que pica y cacarea. ¡A picar, eso es!, ¡a picar os mandaba yo! ¡Tren botijo!, ¡sesos de alambre! ¡A Carabanchel todos, a picar piedr…!, ¡ay, mi espinazo! «Con Aerolíneas Argentinas, de Buenos Aires a Madrid, y de Madrid al cielo». La gente de la calle es sólo eso, gente, columnas de números ordenados en una tabla estadística, una fórmula de cortesía al final de un discurso. En el mejor de los casos, cientos, miles de personas que se aprietan como sardinas en la plaza de Oriente, que agitan banderas, pancartas –«¡Viva el Ejército! ¡Viva Cristo Rey!», «Los turroneros de Jijona, presentes», «¡Piratas ingleses, fin de la ocupación! ¡Gibraltar español!»–, y corean durante horas el nombre de Franco, ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!, frente a las cámaras del No-Do.

Hay que movilizar al pueblo, continúa Carrero con tono monocorde, hablando para sí mismo, para el chófer y el inspector de policía que le acompañan en los asientos de delante, y que fingen escucharle, asintiendo cada vez que se queda callado, muy bien, muy bien, Su Excelencia, pero que en realidad no le hacen más caso que a un abejorro ruidoso. La misma atención le prestarían al repiqueteo de la lluvia en los cristales si las nubes que cubren el cielo, un cielo plomizo de invierno, fueran nubes de tormenta y rompiese a llover ahora mismo. Van charlando entre ellos, con cuidado simplemente de no levantar la voz en exceso. Comentan las noticias de la radio, el ridículo del Madrid en Chamartín, con Franco de convidado de piedra en el palco, o la cogida del sábado en Navalcarnero, una de las más graves de la temporada.

–¿Y el chico este?, ¿el peruanito? ¿Echa ya pelo o qué?

–En el hospital lo tienen, todo lleno de tubos. La cosa no pinta muy bien, que digamos. Hoy volvían a operarle, me ha dicho la Mari Paz… no, la otra, mi prima. La pequeña de don Atilano, el farmacéutico… Sí, la que trabaja en el Provincial de ATS.

–Naa… –al rato, negando con la cabeza–, mal lo tiene, te lo digo yo. Con semejante avería, mal, muy mal.

El chico este, el peruanito, es Felipe Galarza, o Felipillo el Grillo, según los entendidos en las cosas del ruedo. El quinto de la tarde, Bombardero, un morlaco jabonero, bien armado, carinegro, se cebó con él hasta el ensañamiento. Saltó y cabeceó al sentir los arpones de las banderillas, mugió, rebrincando, y se fue derecho a por el torero, que le había perdido la cara un instante. Lo enganchó por la chaquetilla, le dio una voltereta en el aire y varias tarascadas cuando intentaba levantarse. El bicho era un marrajo de cuidado, áspero, bronco. Le clavó un pitón en la clavícula y se lo sacó por el cuello. Durante unos segundos que no se acababan nunca, lo zarandeó como si no pesara nada, como si fuera un monigote relleno de estopa; y cuando por fin reculaba, mirando despreocupadamente hacia el tendido, cuando todo el mundo creía que lo peor había pasado, y alguna señora incluso se santiguaba, ¡ay, Señor!, toda sofocada, una de esas señoras de peineta y mantilla, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y una gargantilla de perlas gordas como castañas, el toro se arrancó con violencia y embistió otra vez al torero, pisoteándole el cuello, la boca, las costillas, antes de que los subalternos llegaran al quite. En el centro del albero, caído de bruces y medio inconsciente, el peruano Felipe Galarza parecía la estampa de un eccehomo.

–Porque, mira, Pepe, es lo que yo digo. Si se va al otro barrio, pues santas pascuas, ¿no?, es lo que todos estábamos esperando. Pero si al final va y tira, y retoña, igual que un geranio, ¿entonces qué? Entonces peor todavía, porque va a quedar tullido para los restos. Y eso, quieras que no, no es vivir. Eso no es vivir. Huyendo del toro cayó en el arroyo, que decían antes en mi pueblo, y qué razón tenían. Al chico este, al Grillo, no lo va a conocer ni su madre el día que vuelva al Perú… si es que vuelve. ¡Menudo panorama!

«Niños y grandes, tigres y leones, Circo Price de Madrid. Estas Navidades no puedes perderte a los simpáticos pingüinos saltarines ni al increíble hombre bala del Báltico, que vuelve con nosotros después de diez años cosechando éxitos por toda Europa. Circo Price de Madrid, el mayor espectáculo del mundo». Pérez Mogena tararea mientras conduce los villancicos que ponen en antena, el estribillo de las canciones, muy bajito, las cuñas publicitarias, llevando le ritmo con los dedos y a ratos con la cabeza. Bueno Fernández, su compañero, un policía con casi treinta años de servicio a sus espaldas, responde a las preguntas del concurso de geografía y ciencias sociales dándose aires de catedrático. ¿Cuál es la ciudad más antigua de Europa, Cádiz o Málaga? Málaga. No, Cádiz. Adivinanza: Alí y su perro Can fueron a tomar el té en la ciudad que le he dicho a usted. Albacete. No, Alicante. ¿Cómo se llamaba el navegante palentino que descubrió la península Antártica, Gabriel de Castilla o Andrés de Artajona? Ése, el último, Andrés no sé cuántos. No, Gabriel de Castilla. No acierta ni una. Falla continuamente, de manera incomprensible, igual que un futbolista que se ha quedado solo delante de la portería y lanza la pelota por encima del larguero; entonces patea el suelo con rabia, como si la culpa no fuera suya por haber disparado con la espinilla, sino del mal estado del césped, o de una racha traicionera de viento, o mira al árbitro con gesto de furia asesina, al pobre trencilla que pasaba por delante, y que lo único que ha hecho es señalar el área pequeña para que se reanudara el juego. También el policía, cuando se equivoca, pone cara de vinagre. Capital de la Guinea Española, conocida desde 1968 como República de Guinea Ecuatorial. Santa Isabel. No, Malabo. «¿Malabo?, ¿cómo que…? ¡Me cagüen mi madre!, ¿cómo que Malabo?», gruñe. Se justifica, indignado: «Esto en mis tiempos no era así, desde luego. ¡Me cagüen Malabo y el negro del Cola Cao!» Va rezongando entre dientes hasta que el locutor lee la siguiente pregunta, que es la última, y que Bueno Fernández ni falla ni acierta porque aún está refunfuñando, y termina el concurso de geografía y ciencias sociales para amas de casa. «Doña Berenguela Piernavieja, de Atapuerca, provincia de Burgos, enhorabuena. Doña Berenguela, con cuatro respuestas correctas, es nuestra ganadora de hoy. Para ella y su familia, un amplio surtido de productos Gallina Blanca. Y recuerden, señoras –fanfarria de cornetas, de timbales, tararí, tararí, pum, pum, pum–: Gallina vieja hace buen caldo, Gallina Blanca lo hace mejor.

»Caldo en pastillas Avecrem cocina para ustedes. En solo unos minutos, nuestro cocinero Federico Rico nos traerá los mejores menús de la cocina española. Hoy, una receta tradicional de los pueblos marineros de Vizcaya, chipirones flambeados con salsa de ostras. Un plato excepcional que hará las delicias de sus invitados estas Navidades…»

Hay que movilizar al, ¡ejm! Sí, sí, ésa es la cuestión, que quede bien claro. Carrero tose, se aclara la garganta. Sopesa detenidamente el inicio del párrafo, igual que un perro que mordisquea un hueso de manera insistente, sistemáticamente, arriba y abajo, arriba, a un lado, hincando las muelas, centrado únicamente en llegar hasta el tuétano. Señores, dirigiéndose a un coro hipotético de ministros, no admitiré componendas. No voy a escuchar a nadie que no proclame en todos los medios su adhesión firme e inequívoca a este Gobierno, a este proyecto que no es solo del secretariado de la Presidencia, sino también y sobre todo de nuestro glorioso Caudillo, paladín de la Hispanidad, a quien todos aquí le debemos una lealtad incondicional, sin ningún tipo de reserva mental ni sombra de condicionamiento, etcétera, etcétera. Carrero lleva semanas dándole vueltas al mismo tema, destripando carpetas, estudiando expedientes, analizando el alcance real y la fuerza de los elementos subversivos que amenazan a España, tanto de los exteriores como de los que se han infiltrado dentro, en las fábricas y en las oficinas, en los púlpitos, en las universidades. Va a mirar a sus ministros a los ojos, uno por uno, para comprobar a quién le flaquea el ánimo, quién tiene algo que ocultar o de lo que avergonzarse; quiere averiguar si hay algún judas comiendo en su mesa, otro Fernando Castiella, un nuevo Fraga Iribarne, ese par de calientabanquetas. ¡Señores, basta ya de evasivas!, les dirá, frunciendo en entrecejo, vehemente y tranquilo como Torquemada camino del quemadero. Es hora de rezar y arrepentirse, de actuar, no de ser indulgentes. Hay que movilizar al pueblo, a ese pueblo fiel y respetuoso, a los españoles de corazón, de espíritu, a los buenos españoles; y si es necesario, si los americanos se echan a un lado y no quieren saber nada, hay que sacar los tanques de los cuarteles y cortar el mal de raíz, rápidamente, antes de que crezca y dé frutos.

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–Muy bien, muy bien, Su Excelencia, eso es lo que necesita este país, los tanques, sacar las escobas y limpiar los rincones. Los tanques mandaba yo a Gibraltar, a la verja, a ver si… ¡ahora mismo los mandaba!, a ver cómo se reían entonces los ingleses, les daba yo así –mordiéndose la lengua y haciendo un gesto con la mano abierta, como para desnucar a un conejo–. Los tanques mandaba yo a los guateques…

–A los universitarios, a los universitarios –le apunta por lo bajinis Pérez Mogena.

–Sí, también, a los universitarios, a esos sabihondos consentidos que van por ahí zangoloteando, enredándolo todo, los ponía yo a desfilar por la Castellana arriba y abajo hasta que echasen los bofes. Ni falta que nos hacen esos listillos melenudos, esos piojosos invertidos, e-esos… ¡esto es el acabose! –sulfurándose de repente–, ¡el hundimiento de España! Con las drogas, y la pornografía, ¡ahí todos juntos, jodiendo la marrana!, ¡me cagüen el copón bendit…!

–¡Señor Bueno, por el amor de Dios! No me sea usted irreverente, que acabamos de salir de la iglesia.

–¡Uy, perdón, Su Excelencia! Si es que ya lo dice mi suegra, que hablo así, sin pensar, y digo las cosas al buen tuntún –bajando el tono ligeramente–, que no menee tanto el bigote…

–Que no se vuelva a repetir, señor Bueno, esto es inaceptable –el almirante mira hacia delante por encima de las gafas–. Ya sabe lo poco que me gusta a mí ese lenguaje chabacano. A ver si voy a tener que pedirle que se apee del vehículo.

–Se lo juro, Su Excelencia, por el Santo Niño de la Guardia –santiguándose a toda prisa, tres, cuatro, siete veces–, que no lo vuelvo a hacer –y dirigiéndose a su compañero, con un hilillo de voz apenas–: Si es que le tengo yo mucha devoción al Santo Niño, Pepe, ya lo sabes, que no soy ningún meapilas, pero con el Santo Niño, ¡por ésta! Cuando estuve en Toledo hace cinco o seis años… no, más hará, igual fue en el 65… ¡no, para!, en el 66, sí, en el 66 fue, el año de las bombas de Palomares, ¿te acuerdas?

–¿De los de Palomares? Sí, hombre, sí, ¿cómo no iba a acordarme? En el 66 nació mi chico, el mayor, y me cogieron a mí en Ministerios, fíjate, como para que se me olvide. Y de Fraga con el meyba azul enseñando las canillas, de eso también me acuerdo.

–¡Menuda foto!, ¿eh? Pues ese año iba yo con mi mujer y mi suegra, y nos subimos a la ermita del Santo Niño en romería. Más bonito todo aquello, en lo alto de un monte por un camino entre los pinos, y qué tiempo más bueno nos hizo, parecía el mes de julio. Compramos una figurita así, como de dos palmos, de escayola toda pintada, más maja que maja, que la tenemos aún en la salita, y fíjate que me dijo la gitana que las vendía que estaba consagrada por el arzobispo de Toledo…

–¿Por Tarancón?

–¡No, quiá!, ¿qué dices? ¡Qué Tarancón ni qué niño muerto! Por el otro, el bueno, el cardenal Gomá. Pero calla, calla, que se me va el santo al cielo. Tenemos la figura ahí, en la salita, entre una Virgen de Lourdes llena de agua bendita y un San Pancracio que me regalaron cuando nos casamos, y que es donde dejo la quiniela todos los lunes, a ver si algún día acierto una de catorce y no me veis más el pelo. Y mi suegra, tan campante a los noventa, le pregunto yo el otro día, oiga, doña Ascensión, ¿qué tal estamos hoy?, a grito pelado, claro, porque es algo dura de oído, ¿y cómo nos hemos levantado?, dura por no decir sorda. Y va ella y me suelta, escucha, me dice la vieja, que desde que le reza por las noches al santo de la figurita, ya no le duelen los huesos. Que ya no le duelen los huesos, dice, ¡estamos amolados! Eso no es un milagro, ¿eh, Pepe? Un castigo, eso es lo que es. ¡Milagro!, dice mi suegra, ¡y un cuerno!, ¡je, je, je! ¡Las siete plagas de Egipto, te lo digo yo!

Se oye el tañido de una campana, lentamente. «Ya doblan las campanas, / se llevan a mi amor…» Un sonido lastimero, lleno de amargura. «… y en mi pecho hase nido / la desesperasión…» En la radio, Antonio Machín se despide de su amada con un lamento melancólico, envolviendo cada palabra con delicadeza, con crespones de seda, como si cada palabra fuese un recuerdo y cada recuerdo un suspiro ante el cuerpo frío de su amada.

Espérame en el sielo,

caríñito adorado,

que si Dios te ha llevado,

fiel te juro ser yo.

–Cuida con la furgoneta…

–¿Yo? Que cuide él, el dominguero. Del Avecrem tenía que ser, que no sabe ni dónde tiene el intermitente. Míralo, ¡anda que tiene narices! Qué manera de aparcar, con toda la rueda en la acera.

–No, no, que pasamos. ¿No cabemos por el hueco?

–¿Por ahí? ¡No, ni de canto! –maniobra para retroceder un par de metros y que el Dos Caballos no se le eche encima–. Si es que siempre es lo mismo, mira que les da igual que sea un coche oficial o la bicicleta del afilador. ¿Cómo vamos de hora?

–Bien, bien, como siempre. Menos veinticinco, aún no son.

–¿Menos veinticinco?, ¿seguro? –resopla–. A este paso no llegamos ni para la misa del gallo.

El almirante echa un vistazo al reloj del salpicadero. Estaba a punto de decir algo, pero al final se queda callado. Termina de limpiarse las gafas; se las guarda en la funda, y ésta en el bolsillo interior del abrigo. Sí, claro, asiente en silencio, mientras mete en la cartera las hojas del discurso. Luego, con aire distraído, se acomoda en el asiento y se enciende un cigarrillo. Las campanas, eso era. ¿Cómo no se le ha ocurrido antes? Lleva un rato dándole vueltas al nombre de la calle, Claudio Coello, Claudio Coello, desde que ha visto la placa en la fachada, Claudio Coello, pintor de cámara en la corte de Carlos el Hechizado; y sólo ahora, al oír la canción de Machín, ha caído en la cuenta. Las campanas del convento de Santa Bárbara anunciando el oficio de vísperas. Fue hace una semana o diez días, en los muros del refectorio, donde vio aquellos frescos de Coello que tanto le impresionaron. Visitaba la central nuclear de Zorita en compañía de López de Letona, ministro de Industria, y monseñor Laureano Castán, obispo de Sigüenza-Guadalajara, que bendijo las turbinas y el generador diésel, el parque de transformación, el canal de refrigeración que desemboca en el Tajo. Al presidente de la Junta de Energía Nuclear, don Estanislao de Funes Morituri, barón de Los Mozalbillos, que leía y leía un discurso infinito, un viejo raquítico con trazas de momia, blancucho, achacoso, que si no era hermano del queso azul de Cabrales era su primo segundo, lo bendijo del tirón media docena de veces.

Pararon a la vuelta, un poco antes de entrar en Madrid, para que monseñor pudiera cumplir la promesa que les había hecho a las monjas del Santo Sepulcro de celebrar una misa y un tedeum de acción de gracias en el monasterio. Las hermanas los recibieron con los brazos abiertos, fueron muy hospitalarias, a pesar de lo intempestivo de la hora y del pandemónium que se les venía encima, con el estruendo de la policía motorizada, el polvo, los cláxones, los coches oficiales maniobrando a duras penas en la explanada de entrada, acelerando y revolucionándose en punto muerto, y quedándose cruzados en medio de ninguna parte, mientras un batallón de auxiliares, secretarios y edecanes, a cuál más engolado e inútil, discutía acaloradamente por un quítame allá esas pajas, que si yo he llegado primero, que si a mí como si has bajado de Marte, alcornoque, dónde se ha visto a un teniente de la Guardia Civil dando órdenes a un capitán de corbeta, se me cuadre, ¡coño!, o empieza a limpiar manguitos de aquí a Torrelodones.

–¡Ahí va, qué jaleo! Si parece la cabalgata de los Reyes Magos –exclamó una monja alta y nudosa como una vara de avellano, de cincuenta y tantos a sesenta años, que les abrió el portón con vivas muestras de obsequiosidad y les hizo pasar adentro.

Era sor Custodia, la encargada de la administración del convento.

–Yo soy la Judas Iscariote de esta comunidad de canonesas sepulcrinas –añadió, con una sonrisa festiva y un marcado acento extremeño–, aunque las hermanas más jóvenes me llaman sor Garrapata cuando creen que no las oigo. Cuidado con la cabeza… sí, sí, por la izquierda. Este paso es muy angosto, de lo poco que se conserva del edificio mozárabe. Cuidado con los escalones, Reverendísimo Padre, que son un poco empinados, y hay por ahí un par de baldosas medio sueltas, a ver si vamos a tener un accidente.

Monseñor asintió, aferrándose al pasamanos como un náufrago a un madero. Palpó el primer escalón con la punta del pie, luego el segundo, y así con los diez o doce siguientes; y cuando por fin llegó abajo, milagrosamente entero –es de sobras conocido que los obispos y los gatos siempre caen de pie–, respiró aliviado, algo más pálido que de costumbre, e hizo la señal de la cruz para consagrar el paso y que ningún buen católico se diera una costalada de ahora en adelante.

El barón, entretanto, se había quedado arriba, agotado por el viaje y el discurso, acurrucado bajo una gruesa manta de cuadros. Su sobrino, que empujaba la silla de ruedas, un muchacho con rasgos de cretino –los ojos muy juntos, como los de un rodaballo, una gorra de caza, un palillo montando guardia de una comisura a la otra–, se dirigió refunfuñando y arrastrando el pie derecho hacia el patio de los olivos, donde les había emplazado la monja.

–Por aquí se va a la cripta, y más allá está la bodega. La cripta antiguamente estaba toda pintada, el techo, los arcos, las columnas. Cuando el yeso empezó a agrietarse, avisamos al Gobierno Civil, y ya saben lo que pasa. Muy buenas palabras al principio y todas las promesas del mundo, pero luego, a la hora de la verdad, ¡miau!, si te he visto no me acuerdo. El caso es que el yeso siguió agrietándose y hasta ahora, que ya ven. Es una pena, la verdad, pero es que aquí estamos muy abandonadas. Como dice el refrán, nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.

Sor Custodia les mostró las dependencias, el claustro renacentista y la sala capitular, el huerto, anexo al cementerio, y las tumbas de las primeras abadesas, una recua de beatas venerables de las que nadie conocía ni los nombres. Atravesaron el campanario, apuntalado por dentro y oscuro como boca de lobo, y entraron en la sacristía, donde se detuvieron frente a una asunción de la Virgen bastante mal conservada y un descendimiento pintado con más devoción que acierto. Pasaron después a una sala muy amplia, de paredes enjalbegadas y sin ventanas, donde las monjas guardaban en vitrinas cerradas con llave las ofrendas que los fieles más devotos habían ido dejando en el monasterio desde los lejanos tiempos de su fundación, allá por el año mil ciento y pico. Las coronas, los hostiarios, los devocionarios, los candelabros de bronce y oro molido, los crucifijos de jaspe, de marfil, de alabastro. Vieron un collar de plata con engastes de esmeraldas que Conchita Ridruejo, la gran diva de las variedades, había entregado como acto de penitencia por un pecado cometido en su juventud, antes de ser conocida, y del que ya había dado cumplida cuenta en el confesionario, y un relicario de oro con esmaltes y rubíes que había pertenecido a los señores de Fuente Canónigos durante generaciones, hasta que la última marquesa, sola y sin descendencia, lo había ofrecido en su lecho de muerte en conmemoración de los caídos por Dios y por la patria. Eso, y tres millones y medio de pesetas pagados a tocateja a cambio de que las hermanas rezaran durante doce domingos seguidos por el eterno descanso de su alma.

–¡Ay, doña Cándida! –se lamentó sor Custodia, enjugándose una lágrima que nadie había visto–, ¡cuánto la echamos en falta! Al menos ahora estará con Pedro Luis, su hijo, el único que tuvo, ¿saben?, que lo fusilaron en la guerra por falangista. Que Dios los bendiga y los tenga en su gloria.

Para evitar suspicacias, sor Custodia, o la Monja Alférez, como la había bautizado López de Letona en el último consejo de ministros, les explicó por qué guardaban tantos objetos valiosos en el monasterio, en lugar de entregar a un museo los de mayor calidad artística, y fundir o vender el resto, compartiendo los beneficios con los pobres de la diócesis, amparando a los ancianos, a los huérfanos, financiando colegios, hospitales, guarderías. «La Monja Alférez nos hacía cuadrarnos según su conveniencia, ¡pelotón, vista al frente! Pasaba revista atusándose el bigote, que menudo mostacho tenía, ¡ríete tú del de Íñigo!, y, si había que desfilar, ¡a las órdenes de usía!, nos ponía a todos en danza, ¡un, dos!, ¡un, dos! ¡Pelotón, de frente!, ¡march! –los ministros aplaudían como focas amaestradas; alguno, de tanto reírse, a punto estuvo de atragantarse con el carajillo–. Y cómo le brillaban los ojos al hablar de las alhajas, ¡le hacían chiribitas!» El almirante, que había recogido sus papeles y salía ya por la puerta, se vio en la obligación de poner un poco de orden antes de marcharse. «¡Señores, por favor! Esto parece un gallinero. ¿No se dan cuenta…? ¡Señores, por favor! –luego, por un prurito de generosidad o, más bien, por simple decoro, trató de justificar a la religiosa–. Eso que dices, José María, lo de los ojos de sor Custodia, bien pudo ser por la iluminación de la sala, que era demasiado fuerte, ¿te acuerdas? Si hasta don Estanislao, el pobre, que se había quedado un poco traspuesto durante la misa, comentó algo sobre los fluorescentes». «Sí, claro, y sobre la madre de los electricistas también –repuso con disimulo López de Letona, dirigiéndose acto seguido al ujier–, ¡Avelino! –y pidiendo en voz alta un sol y sombra–. Y otro coñac, Avelino, si me hace el favor, para el ministro de Trabajo, que aquí tenemos aún para un rato».

–No se confundan ustedes. Todo tiene su razón de ser, y el resto son maledicencias de los que envidian la dignidad de la Iglesia, y bien sabemos lo que dicen las Escrituras sobre los que calumnian, sobre los envidiosos y los hipócritas, que serán arrojados al pozo de la gehena y en sus tripas anidarán los alacranes, ¿no es cierto, Reverendísimo Padre? –monseñor asintió con gesto de recogimiento, con su carita gordezuela, con su nariz de carroñero. La pregunta le había cogido con la mente puesta en otro sitio, concretamente en Sigüenza, en las perdices en escabeche que le estarían preparando para la cena, como había dejado dicho; y aunque no sabía a ciencia cierta a qué venía eso de los envidiosos y los… ¿tulipanes?, salió del paso haciendo lo que solía hacer en estos casos. Sonrió beatíficamente y dijo que sí, que sí, hasta que la monja siguió hablando–. La gente cree que todo este patrimonio nos pertenece a nosotras, ¡a nosotras! –protestó sor Custodia, poniéndose muy tiesa–, que no son nuestros ni los hábitos que vestimos. A todos esos que hablan sin saber, que se les llena la boca de aire, ya querría yo verlos metidos en nuestro pellejo, ¡con el hambre y el frío que se pasan por estos andurriales!, ¡y la de sabañones que nos salen en invierno! Las ofrendas que guardamos aquí, en Santa Bárbara, con todo nuestro cariño, no pueden venderse. No tienen valor material, porque están dedicadas al culto divino. Han sido los fieles, movidos por su piedad, los que las han traído y nos las han confiado a lo largo del tiempo. Han sido ellos, generosa y desinteresadamente, quienes las han consagrado al Señor.

–Así es, hija mía, así es. No sabes cuánta razón tienes –intervino el obispo, diciendo lo primero que se le pasaba por la cabeza–, pues sólo la Iglesia, sólo sus representantes legítimos, iluminados por el fuego del Espíritu Santo, poseen el carisma de la revelación verdadera. Alabado sea el Señor, que tiene en ti a una sierva tan dispuesta y a una defensora de la fe tan acendrada. Reddite ergo quae sunt Caesaris, Caesari et quae sunt Dei Deo, o, hablando en román paladino para que todos nos entendamos, vamos a poner los puntos sobre las íes. Cuentan los Evangelios que estando Jesús en Betania, en casa de uno al que llamaban Simón el Leproso, se le acercó una mujer del pueblo y le ungió los cabellos con un perfume muy valioso, hecho de nardo puro. Sus discípulos se enojaron, y reprendieron a la mujer severamente, echándole en cara que hubiera derrochado tanto dinero, más de trescientos denarios, cuando muy bien podría habérselo ahorrado para repartirlo después entre los pobres. Jesús salió en defensa de aquella mujer, como solía hacer con los desfavorecidos, con todos aquellos que confiaban en él. Recordad, hijos míos, les dijo a sus discípulos, que a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí, el hijo del hombre, a mí no siempre me tendréis.

»No seamos pues hipócritas ni fariseos, ni nos rasguemos las vestiduras sin tener un motivo; o como les dijo San Esteban a los miembros del Sanedrín, no seamos duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos. Busquemos las cosas que son de lo alto, nos aconseja San Pablo en la epístola a los colosenses; busquemos las cosas que son de lo alto y subiremos al cielo rectos como el humo de una vela. Recordad, hijos míos, que en este mundo lleno de tentaciones, en este mundo de vanidad, de iniquidad y miseria, la verdadera riqueza no está en el oro, ni en la plata, ni en las sedas de oriente… –y así continuó durante quince o veinte minutos, igual que un tamborilero de hojalata que aporrea y aporrea el tambor hasta que se queda sin cuerda, o, lo que ocurrió en este caso, hasta que le gruñó el estómago y monseñor se acordó de las perdices en escabeche y de la fuente de arroz con leche que le esperaba en la nevera.

–¡Socorro, socorro! –el barón se despertó forcejeando, chillando como si fuera una grulla–, ¡socorro!, ¡confesión! –y tiró de una patada la manta que le cubría las piernas.

Un guardiacivil de la escolta se apresuró a recogerla, sin darse cuenta de que el sobrino de don Estanislao había tenido la misma idea. Se oyó un golpe seco, como el de dos cabras montesas que luchan a cabezazos, y el tonto soltó un berrido, seguido de un rosario de juramentos. El guardiacivil, que se había quedado con la manta en la mano, la dobló rápidamente, con el tricornio de medio lado, y volvió a dejarla sobre el regazo de dos Estanislao, «… ¡sus órdenes!», dando un taconazo en el suelo.

Acabada la misa, pasaron al refectorio, donde las monjas habían dispuesto un pequeño refrigerio. Charlaron animadamente sobre las noticias de los últimos días, aunque justo es reconocer que era a don Estanislao a quien más se le oía. Él llevaba la voz cantante, era su vocecilla estridente la que descollaba por encima del resto. El anciano se había levantado de la silla de ruedas como Lázaro se levantó del sepulcro, no se sabe muy bien si por las bendiciones que monseñor le había estado dedicando a lo largo de la tarde, o por obra y gracia de los tres vasitos de moscatel que se había tomado casi sin darse cuenta, pimpampum, y que le habían calentado la sangre. Y más que la sangre, la lengua. Y tan pronto hablaba sobre las bombas que los terroristas vascos habían puesto en Alsasua –«¡Lamentable!, ¡realmente lamentable!», repetía con tono indignado, negando con la cabeza. «A Dios gracias que estas cosas sólo pasan en las Vascongadas, allá se las compongan»–, como se interesaba por la próxima visita a Madrid del Secretario de Estado norteamericano, el dr. Kissinger, según había leído en la prensa. López de Letona le preguntó por Conchita Ridruejo, la vedete, con una mueca un poco traviesa, mientras monseñor Laureano, que ya había dado buena cuenta del plato de los piononos, se lanzaba ahora a por el de las yemas con una voracidad mal disimulada, como si la gula no fuese pecado sino una de las virtudes teologales. Fe, esperanza, caridad, y llenarse los carrillos como una ardilla con kilo y medio de yemas de Santa Teresa.

–¡Sí, hombre, sí! La Mata Hari de Móstoles, la llamaban. La Ridruejo era amiga de Alfonso XIII, pero amiga, amiga. Miren si llegaron a ser íntimos, que cuando estrenaron Un pollo en la corte del rey Salomón, una zarzuela en la que ella hacía el papel de la reina de Saba, que salía a escena con un vestido color rojo fuego, me acuerdo muy bien, con unas pulseras y una diadema de oro, y el pelo recogido en una trenza larga como un látigo, ¡qué hembra, la Ridruejo!, que se comía el teatro con esos ojazos suyos, y esas pantorrillas que tenía, ¡madre mía, qué pantorrillas tenía! Hacía un baile así, así, girando las manos, que las movía como si fueran cabecitas de serpiente, y decían ven, ven, sígueme, un baile sicalíptico, se le llamaba entonces… Eso es, picante, picante, más que un plato de guindillas. Se contoneaba que daba gusto. Tocaba las castañuelas e iba caminando sigilosamente al ritmo de las flautas, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, igual que una tigresa enjaulada. Sacudía el torso, los brazos, la trenza, y daba unos saltitos, ¡ay, qué saltitos!, que dejaba apopléticos a todos los caballeros hasta la décima fila –a don Estanislao se le hacía la boca agua sólo de pensar en el baile, lo mismo le daba que hubiera pasado más de medio siglo como que de Conchita Ridruejo, a estas alturas, sólo quedasen los huesos–. Pues miren, cuando se estrenó la zarzuela, se puso de moda preguntar quién era la auténtica reina de España, si Victoria Eugenia o la reina de Saba, y siempre había algún cenutrio que, por soltar el chascarrillo, contestaba que si la inglesa por el día y las fiestas de guardar, y la Ridruejo… ¡Hermana, hermana!, ¡mecachis, hermana! No se nos lleve la botella, que se nos lleva la alegría. ¿Qué estab…? ¡Ah, sí, la Ridruejo! La Ridruejo, señor ministro, era una hembra de toma pan y moja, con una pechuga… ¡eso sí que era chicha, y no lo que se ve ahora! –y con disimulo, fingiendo que alguien le había empujado al coger la botella, le acarició el culo a la novicia que pasaba por su lado–. ¡Señores, un brindis! Por la salud del Generalísimo, que dicen que sigue pachucho.

Carrero se había apartado un tanto del grupo, incómodo por el rumbo que estaba tomando la conversación. Al oír nombrar al Caudillo, sin embargo, se volvió e intercambió una mirada de inteligencia con López de Letona, que la cazó al vuelo, le llenó hasta el borde el vasito a don Estanislao y, poniéndole amistosamente una mano en el hombro, quiso saber qué había de cierto en aquellos rumores sobre el hijo de la Ridruejo, si era verdad que tenía la mandíbula como la caja de una registradora, marca de fábrica de los Borbones, o era todo un infundio, un invento de los cronistas de la época para vender más periódicos.

–¡Uy, un infundio! Hasta donde yo sé, el infundio tiene ahora cincuenta y tantos años y trabaja en Filipinas de sexador de pollos –respondió don Estanislao–. Y lo peor de todo es que es tan bueno en lo suyo, pero tan bueno, tan bueno, y sabe tanto de culos, con perdón. ¿Cómo diría yo?, ¿traseros? Posaderas, igual, o mejor… No, monseñor, pompis no tienen los pollos, si acaso la Señorita Pepis. Que no sé si lo sabrán, que esto tampoco es vox populi, pero así es precisamente como se averigua el sexo de un pollo. Se coge el pollo en cuestión con cuidado para no espachurrarlo y se le miran los pliegues del cul… la rabadilla, quiero decir. Que esto es como las huellas dactilares, que cada pollo tiene sus rayas, sus arruguitas. Pues es tan bueno el fulano, según tengo entendido, que es capaz de examinar mil pollos por hora y no fallar ni uno, ¡ni uno! Vamos, que en cosas del pompis, ¿eh, monseñor?, de casta le viene al galgo, ¡ja, ja, ja! –y apuró el moscatel de un trago–. ¡Por el sexo de los pollos!

Los muros del refectorio lucían decorados con frescos y grisallas, santos, vírgenes, escudos nobiliarios, imágenes devotas de hombres vestidos con pieles de carnero, hombres rudos, de barbas hirsutas, los patriarcas del Antiguo Testamento, que escudriñaban desde lo alto con el ceño fruncido y los miembros cuarteados por el tiempo, difuminados por el polvo y las telarañas de los últimos trescientos años, y agitaban el cayado por encima de sus cabezas como si estuvieran arrojando rayos y maldiciones sobre los turcos otomanos, o como si fueran a aplastar a un ciempiés de un zapatillazo. Carrero entendía un poco de pintura, no mucho –no como un anticuario o un profesor de la Complutense–, pero sí lo suficiente; o al menos de eso se preciaba. A su alrededor, en su casa y en su despacho, siempre había alguna marina de Roberto Domingo, cuadros de fragatas, traineras del Cantábrico dando caza a una ballena, y trasteaba con los pinceles y los lienzos en cuanto tenía un rato libre; cuando no, debía conformarse con emborronar las hojas que caían en sus manos, hojas oficiales, casi siempre, con membrete del Estado, que llenaba concienzudamente de espirales, garabatos, una carabela, un globo aerostático, mientras asistía sin hacer mucho caso a las reuniones del consejo de ministros.

Se detuvo frente al muro septentrional, coronado por un fresco que, a su juicio, aventajaba a todos los otros tanto por su tamaño como por la calidad de su factura. Se preguntó de quién sería, y pensó en los pintores que había visto en las iglesias y los museos de Madrid, en Rizi, en Carreño de Miranda.

–Es Elías, el profeta, en el carro de fuego que lo lleva hasta el cielo –le sobresaltó oír tan cerca la voz de sor Custodia; la imaginaba junto al resto, discutiendo con monseñor sobre la hipóstasis y la apocatástasis, y no encaramada a su hombro como el mono de un organillero–. Es de Cotelo, me parece, o Guijuelo, un pintor de… Claudio Guijuelo, un pintor español. Mario o Claudio, ahora no estoy segura. A lo mejor era italiano.

O chino, pensó el almirante, retrasándose un par de pasos para apreciar mejor el efecto. O portugués de Mozambique.

La monja, al menos, había acertado con el motivo de la obra, la apoteosis de Elías, el profeta hebreo. Elías era conducido hacia el cielo en un carro tirado por cuatro rozagantes caballos, tan blancos que sus crines y sus colas se entreveraban con las nubes, tan briosos, tan luminosos, que daba la impresión de que nacieran de ellas. El fresco, que ocupaba la mitad superior del muro, era un trampantojo. Coello confundía al espectador haciéndole ver un arco donde sólo había ladrillos, mortero, cal y pintura, le convencía con la autoridad de su pincelada de que estaba viendo un arco de mármol cubierto de enredaderas, y, a través de él, como si alguien hubiera abierto el tragaluz de una buhardilla, la bóveda del firmamento sembrada de luminarias.

–Es… es… –el almirante no encontraba la palabra adecuada.

–Bonito, desde luego, ¡qué estupendo que es! Yo siempre lo digo, ¡olé por Sanchuelo y los pintores de antes! Cuántos pintores no habrá en España que pintan como los ángeles, y no los conocemos, y luego salen en los periódicos los mismos de siempre, los mandrias esos de los rayones, que pintan unas cosas tan raras, tan raras, ¡leñe!, que no hay quien los entienda. Yo al Mirón ese no lo entiendo, Juan Mirón, ¿no?, el de Mallorca. Y al otro, el que es un poco estrambótico… ¿Clarín? Dalín, ah. Sí, el del bigote. A ése, quitando los cristos, no hay por dónde cogerlo. En cambio, ves a Sanchuelo, un pintor como Dios manda, y es como ver el día y la noche. Esto sí que es un cuadro –señalando hacia lo alto–, sólo hay que fijarse en los querubines, tan lozanos que dan ganas de pellizcarles un muslo. Las palomas son palomas de verdad, palomas de carne y hueso, y no redoncheles rosa con puntitos verdes, que no se sabe si son palomas o rodajas de mortadela, y las santas se asoman a las nubes para asistir al milagro, igual que se asomarían a los balcones las vecinas de una casa para ver la procesión del Corpus, santiguarse respetuosamente y ponerse al día de lo que se cuece en el barrio. Ésa de ahí es Santa Engracia, la de la túnica recamada de oro y lentejuelas; la que lleva la cabeza entre las manos es Santa Quiteria, virgen y mártir, y, al fondo, un poco escondida, está Santa Genoveva, patrona de los fabricantes de velas.

Sor Custodia hablaba deprisa, mecánicamente, comiéndose las palabras, dejando a medio acabar la mitad de las frases. Habló de Sanchuelo, pero como no entendía gran cosa de arte, a pesar de todas las obras que se conservaban en el monasterio, algunas muy antiguas y raras, como no entendía ni le interesaba –si fuera por ella, hubieran encalado las paredes de arriba abajo sin reparar ni en las puertas–, cambió enseguida de tema, como quien tiene prisa por hincarle el diente al jarrete y no quiere perder el tiempo con las aceitunas. Volvió a quejarse del hambre, y del frío, y del Espíritu Santo, la misma letanía que venía repitiendo con machacona insistencia desde hacía más de dos horas. Porque Su Excelencia tenía que conocer la situación por la que estaban pasando, y que a estas alturas era ya muy precaria, toda una prueba de fidelidad y obediencia que ni la que sufrió el santo Job en sus carnes. Su Excelencia tenía que darse cuenta de que sin el auxilio de las fuerzas vivas de La Alcarria, de toda Castilla la Nueva, aquella comunidad de canonesas sepulcrinas no iba a salir adelante, por mucho que las pobres monjitas se hincaran de hinojos día tras día para rezar el rosario, o se hartaran de preparar magdalenas y bollos. Sor Custodia hizo una pausa para repasar mentalmente lo que quería decir; cuando continuó, lo hizo en voz baja, con la intención de que sólo Carrero la oyese:

–El Señor es mi pastor, nada me falta. El Señor ha escuchado nuestras súplicas y se ha apiadado de nosotras, las ovejas más humildes de su rebaño –«Dijo el lobo a las siete cabritillas», pensó el almirante, pero se guardó muy mucho de despegar los labios–. Ha sido la Divina Providencia, en esta fría y lluviosa noche de Adviento, la que ha puesto a Su Excelencia y al resto de las autoridades en el camino correcto para llegar hasta nosotras. Ha sido la Divina Providencia, no me cabe la menor duda, de la misma manera que en otro crudo mes de diciembre, hace ya mucho tiempo, fue el ángel del Señor quien guio hasta Belén la caravana de los reyes de oriente, que llegaba cargada de oro, incienso, perfumes de aloe y canela fina.

Carrero se cruzó los brazos, sin dejar por eso de mirar hacia el muro. Oía a la monja, y asentía de rato en rato como si la estuviera escuchando, pero no hubiera podido repetir ni cuatro palabras de lo que le estaba diciendo. Lo mismo solía hacer en su despacho, con sus ministros, fijar la vista en un objeto y hacer ver que estaba atendiendo, o cuando recibía a procuradores y consejeros nacionales, empresarios, diplomáticos, presidentes de clubes deportivos o asociaciones de amas de casa preocupadas por la moral y las buenas costumbres, y tenía que soportar sin dormirse sus discursos aprendidos de memoria. Dales carrete, le aconsejaba el Caudillo cuando se reunían en el palacio del Pardo. Dales carrete, Luis, hijo, mientras paseaban viernes tras viernes por el patio de los Austrias; y cuando se cansen, porque al final todos se cansan, ya sabes, tú firme. Pega el tirón y cobra la pieza. Así se caza, así se pesca y así se dirige España.

Y eso es precisamente lo que hizo, dejarla hablar sobre los bosques y los humedales, sobre dehesas, colmenas, viñedos de uva blanquilla, sobre las granjas y los palomares que habían pertenecido al monasterio, donados por no sé qué reina o no sé qué infanta –Urraca la Coja, Bernarda la Calva, Constanza la Desorejada– del año de Maricastaña, y que las sucesivas prioras no habían sabido o no habían querido conservar, bien por incuria, bien por holganza, por haber hipotecado las tierras o, más recientemente –y esto era lo que de verdad exasperaba a la monja–, por la política desamortizadora de los gobiernos liberales. Ahora sor Custodia estaba empeñada en que les restituyeran aquellas viejas heredades, si no todas, la mayor parte.

–Porque es de justicia que los bienes que son del Señor, vuelvan donde les pertenece, igual que volvió el hijo pródigo para regocijo de su padre –arguyó, entrelazando las manos sobre el pecho como si fuera a rezar y formando un ovillo de dedos; dedos largos, finos como agujas, se fijó Carrero, dedos como las patitas de una araña.

El problema es que sor Custodia no se conformaba con que volviera el hijo pródigo a casa, desnudo, sucio y sin un duro en los bolsillos, sino que pretendía que lo hiciera con toda la herencia y montado en un Land Rover.

Carrero le siguió la corriente, aunque sin comprometerse. Todo tiene su proceso, le decía, o ya sabe, hermana, que Roma no se construyó en un día, o hay que hablar y tratar con los implicados, con todas las partes, o en nuestro país, como dice el refrán, el que resiste, gana.

–Paciencia, no queda otra. Estos litigios de tierras son más complicados de lo que parece. Tienen que venir los peritos, estudiar los documentos notariales, las lindes, si hay cotos o cabañeras, o derechos de riego, luego se reúnen los apoderados, se llega o no a un acuerdo, si se llega quedan aún los papeles, el dichoso papeleo, que es el cuento de nunca acabar. Un asunto de esta índole, hermana, por mucho que queramos acelerarlo, tiene sus plazos y su desarrollo, su paso, que suele ser lento. Paciencia… y aguantar. Ya sabe lo que pasa cuando nos enredamos con la burocracia.

–Pues es una pena, la verdad, eso de los pasos, lo de los plazos, o lo que sea. Tanta tardanza, en fin, que se nos van a pegar las lentejas. Y no es por nosotras, no, que mal que bien vamos tirando, y estamos acostumbradas al rigor de los hábitos. Pero es que el monasterio no sólo somos nosotras. Están también los tapices, las vidrieras, los retablos, y sin medios materiales –encogiéndose de hombros–, no hay más que bajar a la cripta para ver lo que pasa.

Sor Custodia le devolvió al almirante una sonrisa mordida, como diciendo: espera, espera, que si pensabas que iba a entregar la cuchara, aviado lo llevas. No me impresionas, Carrerito, por muy presidente que seas. Yo no soy una trucha de las que le ponen a Franco en el anzuelo para que se haga la foto, con el sombrerito de fieltro y los pantalones por las rodillas. Yo soy extremeña, como Cortés y Pizarro, ¿te enteras? Cortés, Alvarado, Pizarro, los que le dieron una patada en el culo a los indios de América. Sus tataranietas eran vecinas mías de toda la vida, y una De las Cuevas y López de Orellana que vivía en Esparraguera, la Angelines… dieciséis hijos tuvo la Angelines, uno detrás de otro, y si no hubiera sido por el tren aquel que se la llevó por delante, otros dieciséis hijos paría. Pues la Angelines, que en paz descanse, era cuñada del Chato, mi primo, el ortopedista de Zafra.

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–Esta pintura, por ejemplo, el carro de Elías, que Su Excelencia lleva un rato mirando con tanto interés, esta misma pintura, ¿quién sabe lo que aguantará, ahora que ha empezado a agrietarse? El problema de este muro –dando golpecitos con los nudillos–, es que está orientado hacia el norte, hacia la sierra. Es un muro exterior del monasterio, sin protección contra el viento que corre en invierno, un viento gélido cargado de escarcha. Si Su Excelencia mira el rostro de Santa Librada… a la derecha, la que está con los brazos abiertos. Lo que tiene Santa Librada en la cara no es una barba, ¿eh? –en tono de broma–, ¿cómo podría serlo? Esa mancha borrosa está ahí por culpa de la humedad. A Santa Librada en la cara, pero es que hay otras manchas más pequeñas, manchitas de moho por todo el muro que no se advierten a primera vista, pero que se ven enseguida cuando uno sabe dónde buscarlas. ¡Ay, San Judas! –gimoteó sor Custodia, mirando de reojo al almirante y llevándose a los labios un escapulario que llevaba enrollado en la muñeca–. Ampáranos tú, San Judas Tadeo, patrón de los casos perdidos, que si no eres tú, ¿quién se apiadará de nosotras?

La pregunta se quedó en el aire, sin nadie que la contestara, revoloteando como una pavesa antes de extinguirse.

–Hermana, hablando de las magdalenas –dijo Carrero tras un largo silencio–. He visto antes al pasar por la despensa que tenían roscones y trufas, polvorones, guirlaches… los dulces típicos de estas fechas, vamos. No sé si será una molestia, pero ¿podría usted prepararme una cajita con tocinillos para mi mujer? Tocinillos de cielo. Es que le encantan, y eso que no es laminera. Con un puñado será suficiente, ocho o diez bastarán, una docena, es sólo por el detalle, por la sorpresa que va a llevarse cuando los vea. A ella le hará mucha ilusión, estoy seguro, y yo le quedaría eternamente agradecido.

La monja dio un respingo.

–Sí, sí –musitó, sin saber muy bien hacia dónde tirar–, ahora mismo, yo…

–Naturalmente, si hay algún inconveniente…

–No, no, al contrario –se dio la vuelta sin mucho convencimiento y se encaminó hacia la puerta–. Si Su Excelencia me disculpa un momento, ahora mismo vuelvo.

–Claro, claro, hermana.

Al ritmo de sus pasos, del frufrú de sus hábitos, casi podía oírse cómo le rechinaban los dientes.

El almirante Carrero Blanco no era un político brillante, a la manera, por ejemplo, de Cánovas del Castillo. Él era, o al menos así se consideraba, un hombre del ejército, leal con sus superiores, obstinado en la fidelidad y el esfuerzo como lo es el buey con su amo. Por eso, pensaba, ¿para qué discutir con un subordinado, gastar saliva en balde y tirarse de los pelos, cuando muy bien podía hacerlo con su mando y solucionar el problema pacíficamente? Cuando Fraga Iribarne, entonces ministro de Información y Turismo, empezó a meter las narices en asuntos que no eran de su incumbencia, Carrero fue al Pardo para despachar con el Caudillo y en cinco minutos estaba todo resuelto. En esta ocasión haría lo mismo. ¿Qué sentido tenía discutir con una monja, por muy alférez que fuese? Concertaría una entrevista con monseñor Laureano para la semana entrante y le mostraría su visión de las cosas. El obispo le había manifestado en varias ocasiones a lo largo de la tarde su preocupación por que lo ocurrido con el dinero del Dómund se convirtiera en un reclamo para la prensa. Palabras como escándalo, corrupción o desfalco hacían que el santo varón se estremeciera de pies a cabeza; quizá por eso, por la ansiedad, por la comezón de los nervios, se había lanzado sobre los aperitivos con la brutalidad de un cocodrilo sobre la cría de una cebra. «No se preocupe, monseñor –le había atajado Carrero, lacónicamente–, aquí está usted entre amigos, y nadie es menos amigo de la prensa sensacionalista que yo. Límpiese aquí… sí, ahí, justo, en la barbilla. El Gobierno no está dispuesto a tolerar otro caso Matesa en grandes titulares». Los trapos sucios, continuó, era mejor lavarlos en casa. Además, ¿a qué venía tanto alboroto?, ¿qué eran dos millones de pesetas más o menos para los cientos de negritos del África, para los miles, los millones de chinos e indios que infestaban América y Asia? Había que salvaguardar el buen nombre de la Iglesia, eso era lo más importante, que la jerarquía eclesiástica no se viera comprometida. Haría un par de llamadas telefónicas, movería los hilos de sus ministros y distraería la atención de la gente con la inminente llegada de Kissinger, antes de que la Nochebuena, las compras navideñas y el Gordo de la Lotería se encargaran del resto. Si no era suficiente, organizaría un partido amistoso entre la selección española y la húngara, por ejemplo, un homenaje a Pancho Puskas a precios populares, con rifas de chorizos antes del partido y actuaciones de Karina y Manolo Escobar durante el descanso. «A cambio, eso sí, monseñor –le diría, una vez que lo hubiera convencido–, voy a tener que pedirle un favor, digamos… personal. Es algo muy sencillo, créame, que no va a suponerle… Pero tome, coja, en confianza. Es rubio, americano, ¡coja, coja!, no se preocupe, que a mí no va a faltarme. Los americanos lo traen a sus bases en contenedores de dos toneladas».

En cuanto a Santa Librada, a la mancha de moho que, según sor Custodia, le cubría la cara, Carrero no estaba seguro de poder distinguir, aun con las gafas puestas y entornando los párpados, dónde terminaba la barba y dónde empezaba la mancha, si es que empezaba en alguna parte. En su despacho, sobre la repisa de la chimenea, había una estatuilla de porcelana pintada de azul y oro, una pieza antigua, muy fina, que un primo segundo de su madre, don Onofre Abascal, experto en artesanía y muebles suntuarios, le había traído de Viena hacía dos o tres meses. La estatuilla, que Carrero veía todos los días al pasar o reflejada en los espejos, era una imagen idealizada de Santa Wilgefortis, conocida como la santa barbuda o la santa crucificada, muy venerada en los países de Centroeuropa, y que tradicionalmente solía identificarse con Santa Librada, patrona de Sigüenza y abogada de las mujeres estériles y las malcasadas. Cuenta la leyenda –o al menos así se lo había explicado el tío Onofre– que la barba le salió a la muchacha en respuesta a su fe y al fervor de sus plegarias, para protegerla de la lascivia del rey de Sicilia, un caudillo pagano con el que había acordado casarla su padre.

Carrero no soportaba a los embusteros, a los sacacuartos, a todos aquellos trileros de las palabras que hablaban y hablaban y hablaban, los vendedores de enciclopedias, de crecepelos milagrosos, y trataban de hacerle un traje invisible sin más hilo que el aire ni otra tela que un sinfín de necedades. A cambio de mantener a la prensa ocupada, bien lejos de Guadalajara, le pediría al obispo, si es que monseñor no reventaba de aquí a una semana a fuerza de engullir piononos, que mandase trasladar las obras más importantes del monasterio al museo de Prado o, en su defecto, al museo Diocesano, sobre todo el fresco de Coello, visto que las canonesas sepulcrinas, las pobres, estaban tan ocupadas con sus hornos y sus rezos que no podían hacerse cargo.

–Miren, yo de eso no entiendo, tantas moderneces como hay ahora. Yo ya tengo mis años. Bebí mis primeras aguas en la fuente de mi pueblo, entre pastores y gentes de campo, y soy un hombre de gustos sencillos –hablando del rey de Roma, se dijo Carrero al oír a su espalda la vocecilla almibarada del obispo–. A mí denme mi platito de solomillo de ciervo, de liebre con caracoles, mi estofado de jabalí con patatas y setas, y déjense de inventos, que aquí está todo inventado. Y si toca cuaresma, ¡rediez!, pues se cumple con la cuaresma, que para eso murió Nuestro Señor crucificado, y no se le hacen ascos a los garbanzos con bogavante ni a la caldereta de arroz con mejillones y rape. Yo con lo que no puedo es con la verdura, sobre todo para la cena, la berza, la coliflor, las alcachofas, me guardo de ellas como del Diablo, y es que luego me vienen unos apretones de padre y muy señor mío. Y lo peor no es eso, el mal cuerpo, los retortijones, el andar siempre a cuestas con el bicarbonato. Lo peor son las ventosidades, que no me dejan ni rezar. Es arrodillarse para dar las gracias al Señor y ¡pum!, empezar con la serenata. No se rían, no, que no saben ustedes lo mal que se pasa. Dando vueltas y más vueltas en la cama, contando los cuartos, las horas, y sin pegar ojo hasta las tantas de la madrugada.

–Tiene gracia eso que dice, monseñor…

–¿Gracia? –replicó el obispo, ofendido–, pues yo no se la veo por ninguna parte, qué quiere que le diga.

–No, hombre, padre, déjeme que le explique, no me malinterprete –el ministro se apresuró a matizar sus palabras–. Digo que tiene su gracia porque lo mismo, lo mismo, que se va por la pata abajo, le ocurre a un conocido mío, el general Queip… no, no, al hijo, que es también general. Solo que a él le pasa con el café, no puede ni probarlo. Es tomar un sorbo y automáticamente…

Carrero se volvió hacia el grupo, aunque sin acercarse, manteniendo las distancias. No quería inmiscuirse. Don Estanislao y el ministro López de Letona seguían a lo suyo, parloteando de todo y de nada, y a su vera estaba monseñor Laureano, cansado de comer, que se había sentado en una silla –mejor dicho, se había derrumbado, arrellanándose como Godoy en el lienzo de Goya–, y resoplaba como un fuelle cada vez que abría la boca.

–¡Adiós! –exclamó de pronto don Estanislao–, ¿qué hora es buena? Me da en la nariz que llevo el reloj un poco atrasado… ¿Menos veinticinco?, ¡me cagüen la puñeta! ¿Menos veinticinco ya? Señores, ha sido un placer… esta jornada en la central nuclear… tanta camaradería entre hombres de bien –y buscaba a su sobrino con gesto de impaciencia–. ¡Joselito, hijo, trae la silla, que nos vamos! Joselito, ¿me oyes? Trae la silla, ¡venga, vamos!, que nosotros aún tenemos que subir hasta Alcobendas. ¿Pero dónde se ha metido este zoquete? ¡José Antonio, copón!, ¿qué estás haciendo?

Don Estanislao se llenó el vasito de moscatel hasta el borde y lo vació de un trago –«Éste para el camino… ¡hip!, por si refresca», murmuró, sacando el pañuelo del bolsillo para limpiarse el sudor de la frente–, mientras López de Letona ayudaba a monseñor a incorporarse. «¿Ve, ve? –se lamentaba el obispo, rojo de vergüenza–. ¡Santa Emerenciana, mártir romana! Esto es lo que me pasa por hablar de las alcachofas… ¡ay, ay!, ¡otro!»

–¡Señores, abur! Me voy a ver Kung Fú, que no me lo pierdo nunca… No, por el UHF no, lo dan por la Primera Cadena. Echan el telediario y al acabar un programa de música. ¡Joselito!, ¿dónde vas sin la silla? ¿Cómo que te la ha cogido una monja? ¡La madre…! Sí, eso, el Pequeño Saltamontes. Un chino vagabundo que recorre el salvaje oeste en busca de su hermano, bueno, su hermanastro, defendiendo a los débiles y plantando cara a los forajidos y a los cazadores de recompensas sin más armas que sus manos. Hace kungfú, artes marciales, que se las enseñó su viejo maestro, un monje ciego al que matan en el primer episodio. Éste es el estilo de mono borracho –continuó, haciendo aspavientos con los brazos y moviendo las manos como si estuviera enroscando bombillas–, y éste –señalando con la mirada hacia sor Custodia, que acababa de volver al refectorio con cara de pocos amigos–, éste es el estilo de la mantis religiosa. Cuidado con los golpes de la mantis, que es un bicho de lo más traicionero. ¡Juooo!, ¡yijaaa!, ¡aaa… chuaa!

–Salud.

–Gracias, majo. Y no me subo a la mesa de un salto porque ya me han operado dos veces de la cadera y no quiero volver a rompérmela. Pero a ti sí que te voy a romper la crisma como no me encuentres la silla, ¡cretino!, ¡so memo!, ¿es que no ves que no es mía, que está subvencionada por la Diputación Provincial, pedazo de…?

 

 

Hay acontecimientos que por su trascendencia, por su significado social o político, marcan de manera ineludible el devenir de un país, su presente y su futuro inmediatos. Es lo que ocurrió en España en 1973, una fría mañana de invierno. Y no sólo por el atrevimiento de atentar contra el presidente del Gobierno en pleno corazón de Madrid –los fanáticos y los radicales, por defecto, suelen ser atrevidos–, ni siquiera por las consecuencias que se desencadenarían inmediatamente después, durante las semanas y los meses posteriores, con el declive a ojos vista de un Franco octogenario, aquejado de párkinson, y el colapso acelerado de la dictadura. Lo que hizo que el magnicidio de Carrero Blanco quedara grabado a fuego en la memoria colectiva de todos los españoles, fueran del signo que fueran, lo que conmocionó a quienes lo vivieron in situ y a quienes, con el paso del tiempo, lo descubrieron en los documentos de la época o en la ficción que daba testimonio del asesinato, fue su aparatosidad, la forma tan meticulosa e inmisericorde con la que sus autores lo proyectaron sobre el papel, un plano del barrio de la Castellana, y, llegado el momento, lo ejecutaron.

Carrero es un hombre de rutinas. Cada mañana oye misa en la iglesia de San Francisco de Borja, en el número 104 de la calle Serrano. Los conductores de los coches oficiales y casi todos los escoltas se quedan fuera, estacionados frente a la puerta de la embajada americana. Sale de la iglesia sobre las nueve y media y vuelve a casa para desayunar, en el número 6 de los Hermanos Bécquer. Un trayecto corto, de apenas setecientos metros en coche –bastantes menos si lo hiciera andando–, un recorrido de siete u ocho minutos que repite día tras día; por Serrano, dejando atrás el paseo de Eduardo Dato y doblando luego por Juan Bravo hacia Maldonado y Diego de León. Siempre por las mismas calles, siempre a las mismas horas. El presidente es un hombre ordenado, de costumbres inveteradas, de opiniones labradas a macha martillo, que desconfía de las novedades. Hoy, eso sí, que no se le olvide, lo primero que tiene que hacer es acercarse al estudio de Juan de Ávalos, en la calle del Abedul. El escultor llamó a presidencia ayer por la tarde para avisar de que ya estaba lista la estatua, y Carrero quiere verla antes que nadie. Se trata de un regalo sorpresa, una muestra de agradecimiento del pueblo español para Su Excelencia el Jefe del Estado, a ver si con esto se anima. Una estatua ecuestre del Caudillo, le dijo a Ávalos al detallar el encargo, en bronce, vestido con uniforme de capitán general, que encarne los valores eternos de la Hispanidad triunfante, igual que lo hacen el Cid o Santiago Matamoros; que sostenga con firmeza las riendas de su Babieca, a ser posible haciendo una corveta, mientras con la mano derecha señala tranquilamente hacia delante, hacia el espléndido futuro de España, que será el Palacio Real o la catedral de la Almudena, dependiendo de cómo quede situada la estatua.

Carrero se pasa la mano por la cara, con gesto de haber metido el pie en un charco. Estará en el estudio, seguro, ese mequetrefe de García-Lomas. Aún no habrá entrado por la puerta y ya le estará dando la tabarra con las aguas residuales, el problema de los colectores de Vallecas o la estación de saneamiento de San Cristóbal de los Ángeles, y, por supuesto, la joya de la corona, el Mercado de Olavide, que se ha empeñado en derribar por sus santas narices. «Es un vertedero, don Luis, se lo digo así, como lo pienso, una aberración arquitectónica, y yo mando la piqueta como que me llamo Miguel Ángel, ¡caiga quien caiga!» La cara de vergüenza se le tenía que caer a él por ser tan pelma. Mira que se lo ha dicho veces al Caudillo durante los últimos meses; este pájaro, a poco que lo dejen solo con un pico y una pala, pone Madrid patas arriba en menos de una semana. Arias Navarro es una sanguijuela, una comadreja escurridiza y traicionera, siempre lo ha sido y se morirá siéndolo, y si no fuera por doña Carmen, que lo tiene en tanta estima, estaría dirigiendo el tráfico a medio camino entre Arroyomuerto, en Salamanca, y donde Cristo perdió los clavos, pero al menos –dando una larga calada al cigarrillo–, cuando él era el alcalde, no era ni la mitad de estomagante.

Lo que hay que aguantar, se dice, mirando hacia el techo, echando con indiferencia el humo por la nariz.

–Las servidumbres del cargo –murmura–, si la gente supiera…

–Sí, sí, Su Excelencia –interviene Bueno Fernández, dándose la vuelta y sonriendo–, eso mismo. Precisamente se lo estaba diciendo aquí, a mi compañero, que llegamos en un tris. Ni muchedumbre ni host… tras, ¡ejm!, ostras.

El caso es que va a tener que hablar con ese merluzo quiera o no quiera. Quién mejor que García-Lomas, como alcalde de Madrid y antiguo directivo del Atlético, para promocionar el amistoso entre España y Hungría del día de Reyes en el Calderón. Y si Hungría no puede, o no quiere, Argentina o las Islas Feroe, o el Gran Ducado de Luxemburgo, qué importa el rival habiendo roscón y partido. Carrero no va a salir en la foto, sería una frivolidad por su parte; aunque, eso sí, le pasará la factura por las gestiones a monseñor Laureano.

El Dodge del almirante sortea lentamente el tráfico de primera hora, igual que una anguila que se desliza y zigzaguea por el fondo de una acequia. Termina el bolero de Machín, que Pérez Mogena venía canturreando entre dientes, a su manera, más atento a los coches que le rodeaban que a si acertaba o no con el estribillo, y vuelve a sentirse el soniquete festivo de la publicidad, un ramillete de voces femeninas que pregonan las virtudes del brandy Espléndido Garvey, la nueva maquinilla Filomatic con hojas de titanio, las pastillas de jabón Lagarto –«Señora, para sus nenes, para sus manos, jabón natural Lagarto»– o la crema adhesiva para dentaduras del dr. López Madruga. Con la garantía de Laboratorios Farmacéuticos la Retorta Ibérica. «Un asesino merodea por los bulevares de París, la gendarmería es incapaz de dar con su rastro. Tres, dos, uno… el tiempo se acaba. ¿Quién estará en el punto de mira? Chacal, de Fred Zinnemann, el filme de intriga que le dejará sin aliento. Venta anticipada de localidades en el Palacio de la Música, Gran Vía, 35».

–¡Toma!, que si quieres arroz, Catalina –exclama el chófer, disminuyendo la velocidad para adelantar a un coche aparcado en doble fila–, y ahora un Austin Morris, por si fuéramos pocos.

Va a quitar el intermitente, pero no termina de hacerlo. Qué extraño, piensa. Al mirar por el retrovisor, ha visto una escena que si se la cuenta a sus compañeros de guiñote, al Chicho, al Méndez, al Anchelergues, se lo toman a guasa. Un ciego cargado con un espejo, que lo deja en el suelo, junto al bastón con el que andaba, se monta de un salto en una furgoneta amarilla… la de antes, el Dos Caballos del Avecrem, justo cuando la furgoneta acelera, gira hacia la izquierda y se pierde por el ángulo muerto con un chirrido de ruedas. Todo en menos de lo que cuesta contarlo. Que sí, que sí, Pepín. Y seguro que el conductor era el Fittipaldi, ¿no? ¡Amos, hombre!, ¡no me jeringues! ¡Veinte en bastos!

O puede que le haya parecido, que hayan sido imaginaciones suyas. Ha sido todo tan rápido…

De repente, el mundo entero se tambalea. Cien kilos de goma-2 en un túnel excavado bajo el asfalto hacen de la calle el cráter de un volcán cuando entra en erupción, y del coche, que sale despedido como si no pesara nada, el corcho de una botella. Carrero no oye el estruendo. Una brisa salobre en la cara, eso es lo único que nota, un hormigueo en las palmas de las manos. La sensación de que dos ángeles lo sostienen por los brazos y va ascendiendo suavemente entre las nubes, igual que Elías en el carro de fuego.

car - 5

En el ojo del huracán los relojes suelen ir con retraso. Escucha, procedente de algún lugar impreciso, una melodía que le trae a la memoria los lejanos años de su infancia, los romances, las airosas barcarolas, que silbaban los calafates de Santoña mientras carenaban el caparazón tripa arriba de las barcas, o los aires que traían de sus viajes increíbles los atuneros del Cantábrico. Un puñado de garcetas, espátulas, el flap, flap, flap de las alas, un remolino de gaviotas que chillan persiguiéndose, y, sobre ellas, un ángel turiferario, flotando en un resplandor ambarino, que cruza el cielo de un extremo al otro y, sonriendo, le hace una reverencia. Carrero se emociona. Todo es tal y como se lo había imaginado. Intenta decir algo, pero se aturulla; las fuerzas le abandonan. Se da cuenta de que va a desmayarse, y, luego, ya no ve ni oye nada, cuando se golpea en la cabeza con el techo del coche y la onda expansiva lo destroza por dentro.

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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2 comentarios sobre “Espérame en el cielo

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