La hora del Gallo

… una brisa triste por los olivos.

   Federico García Lorca

Soy el asta que se afila en la carne. El asta que resplandece bajo el sol de la tarde, labrada en marfil y pintada de grana. Soy un remolino de capotazos, tropezones y caída. «¡Ay, Señó Dioh Hesucrihto! —Enrique el Cuco, el banderillero, se lleva las manos a la cabeza—, ¡malhaya mi mare!». La amapola que florece en un campo de filigranas de oro. Una bandada de susurros revoloteando entre las esmeraldas, igual que las golondrinas. En la espadaña de la basílica de Nuestra Señora del Prado repica y se apaga el eco de una campana. «¡Olé, bravo!», exclama una muchacha de pelo pajizo, con los labios muy rojos y gafas oscuras. Se levanta de un salto para aplaudir el destello de una media verónica, seguida por un ajustado pase de pecho. «¡Olé, bravo!», insiste con acento extranjero, extasiada por el bullicio y la muchedumbre, borracha de fiesta, mientras los timbales y las trompetas de la banda le dedican un pasodoble a Joselito el Gallo, Gallito, el fino matador sevillano, que una tarde de domingo se encontró con su destino «lo mismo que el Espartero»:

Gallito, el mejor torero,

el más artista,

¡el primero!

El que aquel día nefando

llegó a la plaza cantando

las coplas del Espartero.

Se oye sonido de viento. Los silbidos habituales por la falta de maña del picador, montado a horcajadas sobre un penco huesudo —«¡Carnicero!, ¡pinchaúvas!, ¡El Raisuli!», le abuchean los más impacientes—, y el cambio de tercio. Gallito no tenía que estar allí aquel domingo de mayo. En los primeros carteles de la feria no figuraba su nombre, pero estaba. Estaba en la plaza, encerrado en la capilla, con Paco Botas, su mozo de espadas, guardando la puerta por fuera. Arrodillado y de cuerpo presente, pedía con fervor a la Virgen que alejara los malos presagios que ensombrecían su alma, la alucinación o el desvarío que había entrevisto aquella madrugada, después de una noche de insomnio; la pesadilla en la que un toro le corneaba enganchándole las tripas, que se le desparramaban entre los dedos como si fueran de arena. Un toro negro, brusco, corto de cuernos, tan menudo que parecía de broma, casi de juguete, como hecho a propósito para que lo citasen los zagales en las eras con sus capotillos de trapo, pero que visto de cerca tenía un no sé qué en los ojos, un escalofrío en la punta de los pitones, que ponía los pelos de punta.

Joselito despierta de golpe, con la lengua áspera como la lengua de un gato y un sabor a yeso seco en la garganta. El ruido de la puerta y la luz que se refleja en el espejo, partido en dos por una grieta, y la voz de alguien diciendo:

Maehtro, maehtro. Éh la hora.

—Manolillo, miarma… ¡ejem! Tráeme acá una miaha d’agua —señalando el rincón donde hay un botijo. Se recuesta en la cama e intenta acomodarse, igual que lo haría un condenado en el asiento de palo del garrote vil, y busca con ojos ciegos algo en la mesilla; una revista taurina abierta por el medio, un frasco de grajeas «La Giralda, elixir para la tos, mentol y cocaína», una postal de Lisboa con la imagen de una estatua de Magallanes firmada «con un cariño inmenso, Encarna»—. Y dile ar Cuco… no, ar Cuco no. ¿Ya éh la hora? Que venga Paco, Manolillo, díselo a é, ¡ejem!, ¡ejem!, que apure.

Paco le prepara para la faena como se prepara un cadáver para la tierra. Le pone las medias, después la taleguilla; le ayuda a encajársela tirando con fuerza hacia arriba, para que no se le formen arrugas durante la lidia. En la silla, a un lado, están el resto de prendas —la camisa, el fajín, la chaquetilla—, que Paco ha ido disponiendo con el celo y el escrúpulo con los que se organiza un altar o un sagrario. El mozo se arrodilla y le ata los machos, le abrocha los botones, mientras el diestro, para entretenerse, canturrea unas coplillas que oyó en Lima el pasado invierno, remedando con los dedos en el cabecero el son de las castañuelas.

Maehtro, si no le importa, vamoh a dehá en páh a lo muerto, que huelen a sera.

—No me sea agorero, señó Paco, un hombre con suh realeh. —Sonríe el diestro de Gelves—. Y alegre esa cara, ¡ea!, que ehtamoh en Talavera.

Le da unas palmaditas cariñosas en el cogote y vuelve a insistir con la copla; aunque luego, por si acaso, al tiempo de anudarse la pañoleta, besa por el haz y el envés y se acomoda los escapularios que lleva en el cuello, uno de la Virgen de la Esperanza, que ya le libró de una cornada en el pecho en el coso de San Sebastián, y otro del Nazareno, Nuestro Padre del Gran Poder, al que en su familia le tienen una gran confianza.

—Que huelen a sera, maehtro —se dice Paco para sí mismo, sentado en un taburete junto a la puerta de la capilla—, a sera de sirio y vela. Mehó ni mentarloh, a loh muertoh —persignándose—, no vayamoh indihpueh a lamentarnoh.

Es primavera, fiesta de la Virgen del Prado, y la plaza se ve llena hasta la bandera. Ha estado lloviendo de buena mañana, pero la tarde luce radiante y el cielo espejea, encharcado de nubes. Suenan los clarines. Joselito aparece en el ruedo con traje de grana y oro y un capote de raso negro por la muerte de su madre, la señá Grabiela, bordado ricamente en azabache con mostacillas. A su lado desfila su cuñado, Ignacio Sánchez, y, tras ellos, sus respectivas cuadrillas. La brisa cascabelea con alegría, igual que una reata de asnillos color ceniza al cruzar entre los olivares; va descendiendo con un trotecillo ligero desde los tejadillos, sacudiendo las banderolas de colores, recorriendo los graderíos, los tendidos de sol y sombra. Los hombres aplauden, se oye la algarabía de sus voces; algunos, puestos en pie, vitorean a los toreros al son de los compases de Pan y toros, la pieza que toca la banda. Se quitan la chaqueta, sudorosos, se remangan la camisa, agitan el sombrero a modo de abanico o se lían un cigarrillo. Las mujeres, de costumbres más recatadas —a la fuerza ahorcan—, se envuelven con sus mantones domingueros a la espera de que salgan los toros, ajustándose mientras tanto las horquillas o, las que los llevan, los claveles del moño. Unas viejas de rostro moruno y arrugas blancas, bigotudas, de modales verbeneros y halago fácil, ofrecen a gritos cerveza y gaseosa con una sonrisa sin dientes.

—¡Oigan el niño y la niña!, ¡el regaliz y el higo chumbo! ¡El pirulín de La Habana! ¡Caramelos de limón, chimpón!, ¡y toritos de barro!

La brisa huele a azahar y a jarana, a tarde de domingo. Caracolea por el albero, se cuela en el callejón por los burladeros, le alborota las plumas al alguacilillo, que se cala el chambergo hasta las orejas, y acaba saliendo por la puerta grande, para remontarse enseguida hasta el cielo con un aleteo riente.

—¡Anisete, anisete! ¡Tres y dos son siete!, ¡al rico anisete!

Los picadores espolean a sus monturas, dando vueltas alrededor de la plaza. Va a comenzar la corrida. En las gradas, los más rezagados corren de un lado para el otro como pollos sin cabeza, pisando juanetes —«… lo siento… disculpe… perdone…»—, parándose de repente y volviendo otra vez sobre sus pasos —«… disculpe… lo siento… perd… ¡Oiga, deje en paz a mi madre!»— sin tener muy claro hacia dónde dirigirse. «¡Viva Gallito! ¡Gallito, el más grande! ¡Vivan los toreros guapos!». Joselito saluda a la gente que lo llama y le ovaciona mientras se dirige a cambiar el capote —«¡Gallito, que he empeñao el colchón pa venir a verte!»—, acompañado por el Cuco y Cantimplas, que banderillearán esta tarde, y Blanquet, el peón valenciano, que cierra la marcha.

—Cada mochuelo a su olivo —murmura este último, un hombrecillo cetrino, con una nariz que parece una percha—. Ajustarse los machos y todos al redondel, ¿estamos?, que gato miedoso no caza ratones. —Y haciendo un aparte, añade, casi para su coleto—: Santa Maria, mare de Déu, prega per nosaltres, pecadors, ara i en l’hora de la nostra

—O como desían loh romanoh: «Ahí va, pisha, Mari Trini te salúa».

El Cuco se pone muy tieso, muy serio, levantando el brazo como si fuera un gladiador de Cai frente al palco del Coliseo. Ave, Caesar, morituri te salutant!

—¿Y por qué Mari Trini?

—¡Anda, no te amuela!, ¿y qué sé yo? Lo desían en una de romanoh. También usaban sandaliah, ¿no?, loh romanho, y a naide se l’ehcurre pensá: ¿y por qué van ansí, con sandaliah y en pleno enero, con el biruji que hase? ¡A si se van a renfriá!

Peó que en enero éh renfrianse en abrí —interviene entonces Cantimplas, diciendo la suya—. Ni con cardito pollo te lo quitah d’ensima, ¡menúa tela!

—¡Ojú!, que habró er arsiprehte Talavera.

—¡Pero qué arfiprehte ni qué niño muerto! Si yo soy de… —El subalterno se vuelve hacia el callejón al ver al torilero recibiendo la llave del alguacilillo. Llama a alguien, sorbiéndose la moquita—: ¡Quillo, apriesa! Asércarme algo pa loh hosicoh, ¡que sale ya er bisho!

Hay quien dice que a Joselito le echaron mal de ojo en Madrid, y que su cuadrilla «olía a sera». Lo dicen las cantaoras flamencas con voz aguardentosa a las tantas de la madrugada, y también las echadoras de cartas que leen la buenaventura en los colmaos de la Macarena; que «será casualidá y too lo que tú quierah, miarma», pero de los tres subalternos que acompañaban a Gallito aquella tarde, pasado algún tiempo no quedaría «ni er Tato». Cantimplas, banderillero cordobés y peón de brega —quien, al decir de los entendidos, guiaba al toro por la arena como por arte de magia, lo llevaba y lo traía, y lo plantaba allí donde quería plantarlo—, fue el primero en seguir los pasos de su maestro, por un catarro mal curado que se convirtió en tuberculosis. Cuatro años después que Cantimplas, con quien compartía una misma manera de entender su trabajo, sin florituras, dejándose ver en el ruedo únicamente lo justo y lo necesario, sufría Blanquet un infarto tras haber toreado en la Maestranza, formando en la cuadrilla de Ignacio Sánchez. Llegó corriendo a la estación de Plaza de Armas para no perder el expreso, con el traje de luces puesto todavía, y fue allí, uno o dos minutos antes de que arrancara la locomotora, cuando sintió una fuerte opresión en el pecho, cayó de bruces sobre uno de los divanes del compartimiento y ya no volvió a recuperar la consciencia. También en 1926, con apenas dos meses de diferencia, Enrique el Cuco, que había cambiado las banderillas por la espada y la muleta, se quitaba la vida cortándose el cuello con una navaja barbera. Estaba casado con Gabriela Gómez Ortega, hermana de Joselito, a la que intentó matar de varios navajazos antes de suicidarse.

—¡Que va!, ¡que ya voy! —se queja Cantimplas, tirando el pañuelo y escupiendo a un lado—. Ni que se fuera a ehcapá l’artobú, ¡perra vía ehta!

Lo único cierto del caso, dejando a un lado mardisioneh hitanah y versos ampulosos y solemnes, es que José estaba cansado de la capital, de lo vocinglera que se estaba poniendo la gente, y así se lo dijo a Belmonte cuando coincidieron en la feria de San Isidro: «¡Huan, cusha!, que me voy… Yo me voy d’aquí. Er que quiera toreá, yo le arriendo la ganansia —señalando con la mirada hacia el toro, un burro medio baldado al que se le doblaban las patas, y enseguida hacia el público, que no había dejado de silbar y lanzar almohadillas durante toda la tarde—. Me voy con Ihnasio, a Talavera —añadió, estrechándole la mano con una sonrisa—. Noh vemoh de vuerta».

 

 

Joselito se agacha y toca el albero con la punta de los dedos, como quien mete la mano en una pila del agua bendita; se ajusta la montera y avanza unos pasos, desplegando el capote con garbo, agarrándolo bien, comprobando la rigidez de la tela. La gente le aplaude al verle prepararse, y él les corresponde aventurándose en el ruedo en busca del toro.

Soy la oscuridad en la puerta de toriles. La que se embosca y acecha entre la piel y la carne, y solo aparece de noche, la noche anterior a la fiesta, cuando los toreros fingen que duermen. Soy el silencio. La respiración que se afina como lo hace una orquesta; un redoble en las sienes en mitad del silencio, y después una gota de sudor, y un bisbiseo. Soy la última oración del reo cuando sube al cadalso, la que musita entre dientes sin hacer mucho caso de lo que dice ni darse verdadera cuenta de que está rezando. «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra…».

—Lagarto, lagarto —rezonga el Cuco, haciendo el gesto de los cuernos contra las tablas.

El cuerno que centellea en lo profundo del pozo. El torilero abre la puerta de chiqueros. Silencio en la plaza. Soy el toro… y salgo.

 

 

Cuando aparece el quinto de la tarde, la banda empieza a tocar las coplas del Espartero, aquel torero sevillano con más corazón que destreza que dio fin a sus días, como no podía ser de otra manera, despanzurrado por un miura en la madrileña plaza de Goya:

El 27 de mayo

éh un día revesero,

que en la plasa de Madrí

un toro mató al Espartero.

El toro, pequeño, de pelo negro, zaíno y cinqueño, de escasa presencia y trapío, se llama Bailaor, aunque bien podría llamarse Sacabuches o Matacaballos, porque mete el cuerno en cada tarascada y, por ser astifino, rasga los capotes como si llevara tijeras. Joselito lo observa correr por la arena, arrancándose de lejos las más de las veces, cambiando la dirección de repente y calamocheando con la cabeza sin fijar el embate. Tuerce el gesto. El toro no le gusta, es evidente. El ceño le delata. Tampoco le gusta a su cuadrilla. Ni a Blanquet, que ha sido el primero en darle un capotazo, ni a Cantimplas.

—Aquí el golondrino nos va a jeringar la tarde. Ya lo decía yo, que no todo iba a ser bufar i fer ampolles.

Noh ha tocao la pepona —resopla el de Córdoba—, ¡cagonlamá!

Joselito se acerca a su hermano Fernando, que en ocasiones se embute en el terno de luces y sale con su cuadrilla, y le pone una mano en el hombro. Le dice en voz baja, con un tono que no admite réplica:

—Hala, Fernando, tira pa’entro, que ehte moshuelo lleva mi nombre.

Gallito Chico obedece, aunque sea mayor que José. Ha engordado mucho últimamente y se asfixia al correr. Sus hermanos, en la intimidad del patio sevillano, en el cortijo Pino Montano o en la casa familiar de la alameda de Hércules, le llaman cariñosamente Fernadico el Regordío.

—Atento a loh pitoneh, Hose, que pinshan como garapulloh —le aconseja antes de irse—, mira bien er deresho. El otro tambié, pero cuídate der deresho. No le pierdah oho, que aunque shico, que paese una sardinilla, é de loh que traen complicasioneh.

Pican a Bailaor los tres de a caballo, y a los tres los hace rodar por el suelo, uno tras otro. A Camero, a Carriles y después a Farnesio. El toro es pequeño pero bronco. Tiene mucha fuerza en los arranques y, como suele ocurrir con los toros cortos de cuernos, malas intenciones. Recibe cinco puyazos y mata a otros tantos caballos, pegándose a ellos y empujándolos, lanzando tarascadas en cuanto siente el hierro escarbarle el morrillo. Embiste a Camero, levanta el caballo en volandas y le hinca el pitón en la ingle, sin que las coces del animal ni los brincos desesperados, ni a última hora el capote de Cantimplas, consigan apartarlo del entretenimiento. Soy el cuerno que abre las tripas —¡raaas!— como un abrecartas. El caballo relincha lastimosamente, se retuerce en un charco de orines; una espuma rojiza se le escurre entre los dientes. Estira el cuello hacia arriba, intentando incorporarse. Sacude las patas entre espasmos durante algunos segundos, hasta que la cabeza, blandamente, se le vence hacia un lado.

—¡Camero, borrego! —se burla el respetable.

El picador consigue incorporarse a pesar de la costalada y se quita de en medio. Sale Farnesio, que es quien le clava el último puyazo, y también a él lo derriba.

—¡Farnesio, adefesio!

«¡Tus muertos, bocazas!». El varilarguero se vuelve hacia el tendido, donde los señoritos de Madrid y Toledo que han llegado en sus autos para ver a Joselito se ríen a su costa, dan palmas de tango, se encienden un puro de los de a quince reales o hacen como que se echan una siesta hasta las banderillas, tapándose los ojos con el sombrero de paja. «Anda, que si yo pudiera… en vez de a ese pobre jaco que ha quedao pa hacer churrasco, a vosotros, a vosotros os montaba yo —piensa Farnesio, lanzándoles una mirada más afilada que la punta de su garrocha—, ¡panda de borricos! Si yo pudiera sin que vinieran los guindillas a cogerme del pescuezo, como cuando era crío por levantar un puñao de cerezas en Tetuán de las Victorias. ¡Vamos, penco!, ¡arre, arre!, que carga el Duque de Veragua. ¡Ibais a ver lo que escuecen las espuelas!».

 

 

Joselito coge los avíos y se dirige hacia la presidencia. Brinda la faena al pueblo de Talavera, que tan bien los ha recibido a él y a su cuadrilla, y sobre todo a su padre, Fernando Gómez García, patriarca de los Gallos, que inauguró esta misma plaza hace casi treinta años, y que «m’ehtará viendo dende lo arto. ¡Va por uhtedeh!».

Son las seis y cuarto de la tarde, y los clarines vibran con fuerza. Una media luna de sombra cubre de luto el albero, acercándose a paso de entierro hacia las gradas de la basílica. Es la hora de la verdad, la de la suerte suprema; cuando la muerte juega a las tabas con los huesos del toro y del torero, y los hace saltar, reír y sangrar como si estuvieran en un retablo de marionetas. Es la danza macabra de la tauromaquia. Mañana será Miércoles de Ceniza, pero hoy, ¿quién piensa en mañana? Divirtámonos, bebamos hasta caer redondos al suelo. Pongámonos los capotes y las máscaras y, cogidos del brazo, vayamos a dar la serenata a la Quinta del Sordo. ¡Oh, jo, jo!, ¡la, la! Maestro, ¡que suene la orquesta!

El toro se encuentra en los tercios del 1, a la izquierda de la presidencia, aquerenciado con los restos de una jaca isabela. Joselito le da dos muletazos templados para cambiarle los terrenos, luego otro a dos manos ayudado por alto; se pasa la muleta por la espalda y le da media docena de pases seguidos, sobriamente, sin terminar de arrimarse. Aún resuena en su cabeza la advertencia de su hermano: «Tú, a ehte, media dosena paseh y le resetah la indisión». La gente le aplaude, a pesar de todo. Tiene ganas de fiesta. Le aplaudirían aunque se fuera al callejón a empinar la bota y les dijera: «¡Ahí suh quedáih!, que yo me via eshá una cabesaíta, si a uhtedeh vosotroh leh paese bien».

Joselito se limpia el sudor de la frente.

—¡Cuco, Blanqué!, ¡taparse! —les manda a los de su cuadrilla, colocados uno a cada lado del toro—. Marcharse pa fuera, ¡vamoh!

Poco a poco se le va calentando la mano. Solo en el ruedo, sin nadie que le guarde las espaldas, se contagia de las palmas y olvida las precauciones. Pronto domina al toro sin envaramientos, enlazando las suertes más diversas. Su madre siempre lo dijo, que no había nacido la vaca que fuera a parir al ternero que un día cogiera a José, por la forma tan cabal como toreaba, el conocimiento enciclopédico que tenía de la lidia y la seguridad y la inteligencia con las que se manejaba, que le venían de haberse criado entre tientas y capeas y de haber crecido siendo becerrista antes que novillero. El público corea el nombre de su ídolo. Las mujeres contienen la respiración, temiéndose lo peor en cada lance; se tapan los ojos con el abanico, como si no quisieran o no se atrevieran a verlo, pero no pudiendo dejar de espiar a través del varillaje, con un sentimiento de curiosidad y zozobra al tiempo.

«Mi hermano en la plasa éh er papa de Roma. Tiene una grasia reposada y fina que ni lah alah der arcange Grabié —decía Fernando en la revista que el matador tenía en la mesilla, y que no había terminado de leer—. Loh demáh hasemoh lo que buenamente podemoh, pero él sabe máh que loh ratoneh coloraoh, máh que yo y que mi pare, que en páh dehcanse, y que mi hermano Rafaé». El de Gelves trastea con la muleta en el mismo morro del toro, metiendo la pierna entre los pitones y obligándolo a embestir. Lo recibe con la izquierda, gira un poco quebrando la cintura, sin dejarlo salir del todo, y va otra vez a por él. Templa y encauza las embestidas con los pies clavados en el suelo. Mueve los brazos suavemente, arriba y abajo, despide a la res y la sujeta en el último instante, y vuelve a cogerla de nuevo. La castiga, la sofoca, no le da ni un respiro; y así durante un giro y otro, con elegancia, y un giro más, movimientos perfectamente sincronizados que hacen pensar en la cadencia de los pasos de baile, con el toro y el torero siguiendo la misma armonía, muy juntos, y los pitones tapados por la franela que rozan el vientre al pasar.

—¡Así se torea, Gallito! —chilla alguien desde el tendido—. ¡Qué leches, Gallito…!, ¡Gallazo! ¡El rey del corral!

El diestro culmina la serie con un pase que deja clavado al toro y un desplante soberbio que hace enloquecer a los asistentes, que se ponen de pie como impulsados por un resorte. Arrecian los aplausos y los gritos de asombro, y en la arena florecen los sombreros.

«Hay quien no éh torero ni vehtío de luseh. Mi hermano, en arpargatah y con un trapo de quitá er porvo, sigue dando ar máh pintao sopah con honda». Joselito sonríe, casi sin aliento, pero agradecido por el calor de la gente. Se encuentra a sus anchas. El toro, a su espalda, plantado en los terrenos del 3, le mira con una extraña fijeza, como si no quisiera perderlo de vista; después cabecea. Tampoco Bailaor tenía que estar aquella tarde en el ruedo. De acuerdo con el sorteo, el quinto en el orden de lidia era un jabonero claro, redondo y gordo como un pavo relleno, al que solo faltaba meterlo en el horno, pero que en el apartado arremetió contra un burladero y se escobilló los pitones.

Sucede en este juego de espejos y sombras chinescas lo mismo que en aquella historia de la Siria otomana, la del eunuco que llega corriendo e implora a su amo, arrodillándose y tocando el suelo con la frente: «¡Mustafá efendi!, ¡Mustafá efendi!, ¡mi señor, salvadme! Prestadme el garañón berberisco para huir lo ante posible, ¡por amor del Criador!». Su amo, un viejo erudito, le pregunta que a qué obedecen semejante alboroto, el sudor que le cubre la cara y el temblor de la voz y los labios. «¿Y dónde están los pistachos que te mandé a comprarme?». El criado le cuenta que al llegar al zoco aquella mañana, ha visto entre la muchedumbre a una anciana enlutada, más pálida que una lechuza, y que cuando estaban a punto de cruzarse, ella se ha detenido, le ha mirado largamente y, levantando un dedo huesudo, le ha hecho un gesto que le ha helado la sangre. «Esa anciana, mi amo, era la Muerte». Mientras el eunuco huye a uña de caballo camino de Damasco, su amo se encamina hacia el zoco. Ve a la Muerte sentada a la sombra de un datilero; la saluda cortésmente y le pregunta que por qué ha espantado a su criado, un creyente fiel y obediente. Ella sonríe con una boca arrugada y dice: «No pretendía asustarle, creedme. El caso es que fui a hablar con él y me quedé sin palabras. Me sorprendió encontrarlo en el zoco, cuando esta noche tenía una cita con él a la entrada de Damasco.

El Cuco sigue la faena desde el burladero, con la barbilla apoyada en las manos y las manos entrelazadas sobre las tablas. No es la primera vez que el maestro manda que lo dejen a solas en una brega de poder a poder con el toro. En ocasiones, jugando al tute en el tren camino de Éibar o de Guadalajara, a Cantimplas le da por bromear. Con buenas cartas en la mano y un par de tragos calentándole el estómago, se pone filosófico y confiesa que no hay cosa mejor en el mundo que estar en la cuadrilla de Joselito, «don yo me lo guiso, yo me lo como», sobre todo cuando este se empeña no solo en torear, sino también en poner las banderillas; y no pica a caballo porque perdería mucho tiempo en vestir la mona de hierro. «Se sale en er paseíllo vehtío de guapo, se pasa la tarde viendo toreá como éh debío, se da la güelta al rueo resibiendo parabieneh, y, güeno, se echa una miradita a esah señorah de loh palcoh, tan bonitah y tan frehcah que paesen un ramito margaritah, y con unah peshugah, ¡ay, mare!, ¡qué jambre! —soltando una carcajada—. ¡Arrastro, ea!, que se me pasa er cosío. ¡Vente en copa! No guardéih lah calandriah, que se vienen conmigo pa Córdoba». «¡Tente quieto, Anacleto! —le ataja Blanquet, echando al coro la espadilla—, que hasta el rabo todo es toro». Unos golpes en la puerta del departamento interrumpen la jugada. «¡Chitón y a callar, los señores toreros!, que aquí las personas decentes intentamos dormir». «¡Cagondié, er saborío! —rezonga Cantimplas—, argún viahante de braguita y carsonsillo, seguro». Todos se ríen, aunque bajando un poco el tono. «O un guardiasiví con armorranah», añade. Joselito, recostado en el rincón de la ventana con el sombrero de ala ancha inclinado sobre los ojos, sonríe imperceptiblemente y, llevándose el dedo a los labios, les hace un gesto de silencio.

Cuidao con er derrote —murmura el Cuco, hablando consigo mismo—, que va aplomao y corta er viahe que éh una barbaridá, y con qué mala baba puntea. Ni pihca de grasia que m’ase a mí er Bailaó ehte, ¡condenao bisho! Por seguiriyah se podía ir a bailá a la finca de la c’a salío. La muleta baja, larga…, ahí, controlando loh pitoneher deresho, er deresho. Firme ahora, templao, corriendo la mano… ¡ea! Vasiando la embehtía y enlasando, bien ehtirao, como en Valensia. Olé loh naturaleh…, y er molinete, con ese esparpaho que ni Bombita in Mashaquito, ¡qué cohone!, ¡ni loh anhelilloh der sielo!

»Vamoh de una veh a matá —suspira, santiguándose—, y que Dioh reparta suerte.

Hay una avispa a los pies del burladero, hostigada por tres, cuatro hormigas. La avispa se defiende. Da la impresión de estar herida, o al menos no consigue levantar el vuelo. Está rodeada por las hormigas, que la atacan sin descanso, primero una, enseguida tres, por un lado, por el otro. La avispa se protege en la medida de sus fuerzas, cada vez más escasas. Es como el ciervo acorralado, herido y sin resuello, al que le ataca una jauría de mastines, ahora uno, ahora otro, se defiende por delante con la cornamenta cuando dos se le abalanzan por la espalda, le muerden el lomo, el pescuezo. Una hormiga sale despedida, pero se levanta y vuelve a saltar sobre la avispa, sorteando el aguijón, mientras sus compañeras la mantienen a raya con sus fuertes mandíbulas.

Se oye de pronto un suspiro, como si todo el mundo despertara de golpe. El chirrido de una verja, a lo lejos, zarandeada por el viento. El tiempo no corre, se queda en silencio; y cuando lo hace, parece que en lugar de avanzar comience a dar vueltas.

—¡Ay, Señó Dioh Hesucrihto! —El Cuco se lleva las manos a la cabeza—, ¡malhaya mi mare!

Agarra el capote de cualquier manera y sale corriendo del burladero, y al pasar aplasta sin darse cuenta a la avispa y las hormigas, que quedan medio enterradas en el fondo de una huella, estremeciéndose, a la espera de que otras hormigas acudan para descuartizarlas.

 

 

José Gómez Ortega, Joselito el Gallo o Gallito, acababa de cumplir veinticinco años cuando compareció aquella tarde en el coso de Talavera. En alguna ocasión había comentado a sus allegados que no se veía vestido de oro más allá de los veintiocho o veintinueve años; que se cortaría la coleta en la zaragozana plaza de la Misericordia, como había hecho su admirado Guerrita, y sentaría la cabeza. Quería casarse y formar una familia para dar así continuidad a la saga de los Gallo; vivir retirado en el campo y labrar una dehesa de ganado manso. Estando en Lima durante el último invierno, José —un joven Teseo voluntarioso y solemne— le había enviado una carta al padre de Encarnación López, más conocida en el mundillo de la farándula como la Argentinita, en la que le confesaba discretamente sus relaciones y la intención de formalizarlas. Pero pasó el invierno y llegó la primavera. José volvió a España. Toreó en Madrid y a continuación en Talavera, y allí le ocurrió lo que a la lechera. Creían los griegos de la época heroica que los dioses no podían soportar la felicidad de los hombres, y que por eso enviaban a las arpías para atribularlos y a las moiras para tergiversar su destino. «Si un hombre posee riquezas y supera a los otros en hermosura —decía Píndaro en una de sus odas—, y si además ha ganado distinción en los juegos, procure no olvidar que sus vestiduras están sobre miembros mortales y que la tierra será su último ropaje».

Desolada por la angustia y la comezón de la pena, la Argentinita rechazó uno tras otro todos los compromisos que le salieron al paso. Huyó a refugiarse a Buenos Aires para llorar a José en la distancia y, poco a poco, ir restañando su ausencia.

El tercero en discordia, Bailaor, con la divisa azul y blanca de la viuda de Ortega y el número 7 grabado en el lomo, era burriciego, es decir, tenía los ojos pequeños y hundidos. Distinguía lo suficiente de lejos, pero de cerca no veía más que lo justo. Durante el último tercio de la faena, Joselito se salió de la suerte para componer la muleta, que se le había desclavado, y dejar que Bailaor recobrase el aliento. Fue entonces cuando se arrancó el toro, rápido y seco como un latigazo. Ignoró la muleta que le tendía José para darle salida y, buscando el bulto más grande y que mejor apreciaba, y que no era otro que el propio torero, lo enganchó por el muslo y se lo llevó por delante.

Sánchez Mejías no prestaba atención a la faena. Estaba entre barreras, de espaldas al ruedo, charlando animadamente con unos amigos; pero oyó el ay de las gradas, tuvo un pálpito y se volvió alarmado. Saltó las tablas como un tigre y en dos zancadas se plantó junto al Cuco. Mientras Blanquet y Cantimplas apartaban al toro, Joselito intentaba incorporarse, mortalmente pálido, y lloraba en el hombro de su cuñado.

M’ha escajeringao, Ihnasio. ¡Ay, repisa!, ¡dile ar méico!, y a… a Rafaé, ¡avisa a Mascaré! —se sofocaba, gangoseando un poco, y pedía que vinieran su hermano y Mascarell, su cirujano de confianza—. M’ha cogío como a una creatura y m’ha hesho un avío tr… —cogiendo aire—, tremendo, ¡ay!, aquí entro, un cornalón en lo menuíllo

Y con mano crispada se tapaba la herida, el borbotón furioso que se le llevaba la vida entre los alamares; aquella vida tan corta que se apagaba justo cuando más alumbraba.

—¿Y Encar…? Encarna, ¿q-qué pasará co…?

—No te preocupes, José. No hables. Yo me encargo de todo.

Fue una noche muy larga en la enfermería de la plaza. Ignacio, agotado, sentado junto a una camilla, acariciaba la cabeza, los cabellos enredados de su cuñado, que parecía dormir tranquilamente, e incluso sonreír entre sueños, tapado con una tosca manta de rayas, y se miraba los zapatos sin saber muy bien lo que hacer, hora tras hora —las once…, las doce…, la una…—, sin querer levantar la cabeza y ver el rostro de palo del Cuco, Blanquet o Cantimplas, del mozo de estoques o los picadores, hombres rudos todos ellos, veteranos acostumbrados a bregar de marzo a octubre —y el resto del año si cruzaban el charco— con animales de cuarenta arrobas para arriba para ganarse el cocido, y a los que oía sorberse los mocos como niños a los que alguien ha echado un rapapolvo. «Dios mío…, Dios mío…», era lo único que se le ocurría decir. De tanto en tanto sacaba un pañuelo y, haciendo como que se frotaba la cara, se enjugaba los ojos llenos de lágrimas. Alguien, en algún momento, puso unos blandones encendidos sin que nadie se diera cuenta; y las llamas oscilaban y las sombras alargaban los perfiles, bailando lúgubremente en el suelo y trepando por las paredes cuando una ráfaga se colaba a través de la ventana.

Mejias_Joseloto

Rafael llegó de Madrid de madrugada. Saltó del coche a toda prisa, pero cuando Ignacio salió a su encuentro y comenzó a hablarle, se quedó como petrificado; trastabilló y se le escapó un suspiro, y a punto estuvo de caerse, escurriéndose blandamente entre los brazos de su cuñado. Tuvieron que sentarlo en el suelo. «Probesillo, mi hermano —repetía, entre hipidos—, probesillo, el máh shico de tooh». Pasó mucho rato en la huerta cercana a la carretera, entre Ignacio y el Cuco, mirando los muros gris salmón de la plaza. Le decían que entrara a ver a José, que se despidiera, pero él no respondía. Solo sollozaba, como si estuviera ido.

Tampoco Fernando se atrevía a entrar en la enfermería. Rondaba muy nervioso por la arena, vestido aún de torero, dando vueltas y más vueltas a la luz de la luna y encendiendo un pitillo tras otro. Dicen que el mediano de los Gallo se volvió loco, que no fue capaz de asimilar las muertes tan repentinas de su madre y Joselito. Lo dicen en los billares y las barberías de Sevilla, y en las freidurías que hay junto a la Torre del Oro. Lo comentan bajando la voz los monosabios cada vez que Ignacio Sánchez asoma por la Maestranza, y también, riéndose a carcajadas, los travestis viejos de Triana; que lo vio una vez la Andalesia en el barrio de la Alameda, y el tío Usebio, el Marismeño, saliendo de casa de la Pandereta.

Antié lo vi yo po la plasa la Arfarfa, sin ensima y tan campante, ¡por ehta! —jura José Luis el Berberecho, besando reiteradamente una cadenita que trae al cuello—. ¡Rosaíllo, miarma!, ¡unah quihquillah p’acompañá la servesita! En pelotah lo vi yo con ehtoh ohoh que s’han de comé loh gusanoh, ¡como que me llamo Pepeluí er Berberesho!, ¡en pelota viva de no po la montera! Que digo yo, ¿eh, Lamparilla? —dándole un codazo y guiñándole un ojo a su vecino de mesa, un vejete con la nariz encendida como una bombilla, que se ríe, ¡ji, ji, ji!, con una risilla de idiota, y apura el vaso de un trago—, que ohalá hubiera sío la Arhentinita, ¿eh, Lamparilla?, ¿eh?, en lugá d’ese mendrugo».

Gallito Chico recortaba a los carreteros y a los motociclistas con los que se cruzaba, a los aguadores, los limpiabotas, y los toreaba con un capote que llevaba consigo, arrastrándolo, «máh negro que un pahe de Cuba». Si venía un tranvía o una camioneta, se arrodillaba y lo citaba de lejos; pero antes de que llegara, «er mu caguerilla», se ponía en pie de un salto y desaparecía corriendo por alguna callejuela, gritando:

—¡Arsa y olé, hihoh de puta!, que se mató por vuestra curpa. ¡Y er que tenga huevoh, que venga y me coha!

 

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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