Capítulo I – Todos los pasos

Yshaq al-Ayamiyya medita sobre la voluntad del Señor y la habilidad que tenemos los hombres para adaptarla a nuestras necesidades. Y luego comienza la historia.

Bendito sea el Señor del Israel, el clemente, el misericordioso. Aquel cuya voluntad no varía por mucho que lo hagan los hombres. «No matarás», le dijo Yavé a su profeta en el monte Sinaí. Y para que no lo olvidara, le entregó los mandamientos grabados a fuego sobre tablas de piedra. Pero el hombre es caprichoso como la veleta de un campanario; aún no había bajado el profeta de la cima del monte, cuando ya su pueblo había olvidado por completo a Yavé, y cantaba y bebía alegremente, jugando a los dados, y se postraba ante el becerro de oro como antes lo había hecho ante las cabras y los hipopótamos de Egipto.

El Señor escribe recto con renglones torcidos, oigo decir a los gentiles para justificar sus actos, como si las Escrituras fueran un tratado de alquimia o los rollos de la Sibila, y, para desentrañar su significado, hubiera que leer entre líneas o recurrir a fórmulas quirománticas. En el combate, antes de embrazar los escudos, los caballeros se gritan entre ellos para conjurar el miedo: «¡Dios lo quiere!, ¡Dios lo quiere!», como si el Señor no tuviera cosa mejor que hacer que aparecerse entre las nubes para decirles con voz de trueno que eso era lo que esperaba de ellos, eso precisamente, mientras los bendice con una mano y con la otra se atusa las sacrosantas barbas. «¡Ay, hombres remilgados! –he oído gritar no hará ni dos días a la puerta de una iglesia–, ¡hombres medio hombres! Salid de una vez de las faldas de vuestras madres y marchad a combatir al infiel. Confiad en Nuestro Señor, pues ¿no guiaba Él la mano de David cuando derribó de un cantazo a Goliat, el gigante filisteo?». ¿Quién dijo nada del no matarás? En su lugar, una montaña de cadáveres y de miembros desperdigados.

Entendedme, maestro Lanfranco, que el Señor os guarde. Cuando hablo de una montaña de cadáveres no lo hago en sentido figurado. Yo, por mis pecados, he pisado el campo de batalla. No combatí ni empuñé un arma, pero vi cómo obispos y villanos se aplastaban el cráneo a golpe de martillo. Sentí cómo el suelo temblaba bajo mis pies con cada carga, mientras los perros del contorno lanzaban un coro siniestro de aullidos. Caballeros que se llamaban a sí mismos peregrinos o discípulos de Cristo y que decían obrar en su nombre trituraban a los caídos con los cascos de las cabalgaduras, les hundían el asta en el cuello o les saltaban los dientes de una patada, sin importarles lo más mínimo que alguno pidiera clemencia. Desde el campamento podíamos oír sus alaridos; el relincho frenético de las bestias, el fragor de las espadas. Imaginad una manada de ciervos hostigada por los lobos, y cómo estos van diezmándola a lo largo de toda una jornada, hasta que el último cae y es devorado. Los que hablan de las guerras como si estuvieran discutiendo sobre el precio de una libra de salchichas, los que ponen y quitan soberanos sin coger un cuchillo ni mancharse las manos de sangre, esos simios disfrazados de ermitaños que se encaraman a los púlpitos para encorajinar con su verbo florido a cientos, miles de muchachos, y mandarlos de cabeza a una degollina, mientras ellos se refugian en la paz de sus conventos, donde comen y beben al amor de la lumbre, relamiéndose como un gato castrado, esos, creedme, no han estado a menos de diez leguas del campo de batalla. Y si lo han hecho, o son unos monstruos o no tienen entrañas.

Pero vayamos al meollo del asunto en lugar de andar divagando, que poco o nada se gana escupiéndole al aire. La historia que me pedís que os cuente ocurrió hace más de seis lustros. Perdonad si mi memoria ya no es lo que era, si escribo luego en lugar de ciego y veo un gato donde debería haber una liebre. Son los gajes de hacerse viejo; la cabeza se vacía de seso y la boca se llena de aire. Pensad que una naranja no da jugo dos veces. Aun así, intentaré satisfacer vuestra curiosidad en la medida de lo posible, siempre y cuando la vista me responda y me quede un pellizco de aceite en la candileja.

Vamos a hablar de ajedrez, a vos que tanto os place enredar con los trebejos. En los tiempos de los que se trata, mi señor se intitulaba Imperator totius Hispaniae. Había heredado los reinos de Aragón y Pamplona de su hermano, y para sus hombres, con los que había compartido durante años el pan y la sal, con los que había luchado a pie y a caballo, en el foso o en la torre albarrana, más que un caudillo era prácticamente un santo. Estaba casado con Urraca de León, llamada la Temeraria, reina de Castilla y Galicia, pero la partida se alargaba y él estaba lejos de dominar el tablero. Muchos castellanos no lo reconocían como su señor verdadero, y, según se cuchicheaba en los corrillos de las chancillerías, Urraca tampoco. Tanto el conde de Portugal como el de Barcelona querían sentarse a la mesa de los mayores y disputarles bocado; y del Tajo para abajo, la ganancia era para los agarenos.

Alfonso tenía prisa por adueñarse de Zaragoza antes de que lo hicieran los castellanos. Lo contrario hubiera supuesto que Castilla le cerrara el paso hacia el sur, limitando el crecimiento de su joven reino y recluyéndolo prácticamente en su actual territorio, como le había ocurrido a Navarra. Zaragoza era la perla del Ebro. No soy yo quien lo dice, no podría ser justo. Esta tierra que acoge ahora vuestro talento es la tierra en la que nací, y en ella reposan los huesos de mis antepasados. Es Hakim al Barrani el que habla, cálamo en mano: «A mediodía llegamos a Saraqusta, la perla del Ibruh, en cuyas aguas se contempla con el deleite de una princesa enamorada de su reflejo. Rodeada por una muralla de sólidos sillares levantada en tiempos de los rumi, sus calles bien trenzadas, largas y aireadas, se ven frecuentadas por todo tipo de gente. Mendigos harapientos y peregrinos cubiertos de polvo se mezclan en el zoco con esparteros que saludan –«as-salamu alaikum»– mientras trenzan sus capazos, barberos y talabarteros que sonríen obsequiosamente, vendedores de alfombras aposentados bajo los soportales y, alfombrándolo todo, cestos de higos, peras, melocotones, lentejas; una retahíla de cautivos saqaliba llegados del norte –rubios o pelirrojos, de grandes barbas y modos bárbaros– que esperan su turno para ser subastados, y soldados sudaneses, negros como el ébano, que marchan a paso redoblado hacia la alcazaba, apartado a empujones al primero que se cruza por delante. «¡Naranjas y ciruelas…, ajos! ¡Tengo higos y avellanas!, ¡lechugas frescas!». Los mercaderes vocean a la sombra de los tenderetes, ofreciendo a los transeúntes ruibarbo o jengibre recién traídos de oriente, velas de Bujía, cuencos de peltre. Mulas cargadas de leña que rebuznan negándose a dar otro paso, por mucho que sus dueños, un par de monjes novicios, tiren del ronzal y las amenacen con las penas del infierno, y yuntas de sufridos bueyes que las adelantan muy despacio, camino de los arrabales. Al caer la tarde, cuando el bullicio se atempera y las golondrinas surcan el cielo, puede oírse el rumor de las acequias que corren entre los olivares, el clop clop clop de las norias, y en las riberas, arrodilladas en la desembocadura del Warba, a las lavanderas golpeando los tejidos con la pala, frotando y frotando hasta desollarse las manos, y cantando tonadillas equívocas en una lengua que es árabe y mozárabe y a la vez sefardí.

»Medina Albaida la llaman los poetas en sus moaxajas. Saraqusta la Blanca. Y algo de eso tiene, porque cuando amanece, poco después de que el almuédano llame a la primera oración del día, cuando el aroma del pan recién hecho perfuma las calles y en los patios y los balcones se desperezan los flores de las corregüelas, el sol reverbera en los azulejos de las torres y en los muros encalados como si los hubiesen tallado en alabastro».[1]

Alfonso volvió a sus reinos patrimoniales como quien sale de debajo del agua para respirar. Le ocurría cada vez que dejaba Castilla. Estaba cansado de las intrigas de aquellos donnadies que ponían su autoridad en tela de juicio; condes e infanzones leoneses, riojanos, que se revolvían contra su mando y le atacaban como una traílla de perros de presa, rodeándole, hostigándole, todos a una contra el jabalí aragonés. Estaba harto de las veleidades de Urraca, a la que no había tenido más remedio que repudiar, mal que le pesase; de las negociaciones interminables, no sabía muy bien a santo de qué ni con qué objetivo, y del reparto continuo de dineros entre unos barones y ricoshombres que, llegado el momento, no iban a mover un dedo por su partido. «¡Por las treinta monedas de plata!, ni que yo tuviera el cuerno de la abundancia», se lamentaba. El rey gruñía entre dientes. Marchaba de mala gana, parecía incluso que estuviera incómodo sobre la silla; pero asomaban las tierras llanas por el horizonte y la mirada se le iluminaba. Espoleaba a su montura sin mirar atrás, sonriente como un niño a hombros de su padre. Galopaba un trecho, hasta un escarpe desde donde podía divisarse una amplia perspectiva del valle, con Zaragoza en primer término, rodeada por los campos y las alquerías, las huertas, las tierras fértiles que bañaban el Ebro, el Huerva, el Gállego. Olvidaba por un momento toda la frustración y la amargura que había acumulado durante los últimos meses y, señalando aquí y más allá, discutía con voz recia, casi a gritos, con sus capitanes, distribuyendo en el aire almajaneques y torres de asedio, y derribando los lienzos de la muralla a fuerza de carcajadas.

Porque Alfonso, en el fondo, más que un rey era un soldado, y era precisamente en compañía de sus hombres donde más a gusto se encontraba. No era mi señor dado a los alardes cortesanos, ni le gustaban los bailes o andar requebrando a las damas. No disfrutaba como otros de las peleas de gallos, ni rodeado de bufones y equilibristas en mitad del banquete, y bailarinas de Qadis que se contoneaban al son de las castañuelas mientras él le hincaba el diente a un cochinillo. Alfonso era un hombre frugal, un equites Christi, y a la cetrería y las justas carnavalescas, a las sobrevestes de terciopelo y armiño y los mantos recamados con rubíes y perlas, anteponía el ejercicio desnudo de la guerra, salpicado de barro hasta las orejas y sordo por el griterío a cualquier otro sonido que no fuera el canto templado de las espadas. Ese era su gaudeamus.

Plantamos nuestros pendones en la atalaya de Deus-lo-vol, al norte de Zaragoza. Nuestra situación era privilegiada. Mandada construir por Pedro Sánchez, el hermano del rey, en lo alto de un balcón natural al que los musulmanes llamaban de Mezi Meeger o Mazu Meeger –entre barrancos rocosos, blancos de yeso, y paredes cortadas a pico–, desde sus almenas podía controlarse buena parte de la vega del Ebro. El rey subía a la torre a menudo, alguna vez junto a sus hombres, la mayoría de las veces completamente solo. La ciudad estaba a poco más de cuatro millas de distancia. En los días despejados se veía tan carca, tan al alcance de nuestra mano, que solo con ponernos de puntillas daba la impresión de que pudiéramos llegar a tocarla.

–Eso es lo que quieren los moros –le confesó una mañana al obispo Esteban, maestro suyo en Jaca y su más antiguo correligionario–, que nos confiemos. Es su mejor baza.

–Lo que es por mí, pueden pintarse la cara de verde y el culo de morado –arguyó este, encogiéndose de hombros–. En cuanto oiga los tambores y los añafiles voy a apretar los dientes y a aguijar hasta que se me caigan las espuelas. Lidiar con coraje y avanzar, ensartar a tantos sarracenos como pueda y seguir avanzando, que el Señor ya proveerá.

–Llevo oyéndoos decir lo mismo desde que era bachiller vuestro.

El obispo soltó una risotada. Era un hombre alegre, corpulento como un oso, con una mata de barba espesa y dura como una gavilla de alambres que se atusaba mientras hablaba.

–Y a estas alturas, ¿no creéis que ya es un poco tarde para cambiar la divisa?

Los estandartes se sacudían con violencia. Los dos tajos rojos de la cruz de san Jorge con la leyenda «Anfos Rex» y, en los cuarteles, las cuatro cabezas cortadas. Siendo infante todavía, recordó el rey, participó en la conquista de Huesca bajo el mando de su hermano.

–Pedro era un rey noble y generoso, y un caballero como no he visto a otro desde Rodrigo Díaz.

–Él decía lo mismo de vos. En cambio, echaba pestes sobre mí, igual le daba que me tuviese delante como en el otro extremo del reino.

Aquella jornada, la llanura de Alcoraz se llenó de cabezas cortadas. Alfonso, alférez de las tropas aragonesas, lideraba la vanguardia con la determinación de un cruzado. El gobernador de la Wasqa musulmana había recibido refuerzos del rey de Saraqusta, de quien era vasallo, y contaba además con el apoyo de un contingente castellano. Las fuerzas estaban muy igualadas. Los caballos pataleaban, caídos de lado; los peones agonizaban cosidos a puñaladas.

–Lo recuerdo como si lo tuviera delante. Olía a humo, a cuerno quemado; un bosquecillo cercano estaba ardiendo, y los cuervos revoloteaban en círculos sobre nosotros graznando excitados. Yo me desgañitaba intentando que mis hombres no se dispersasen, les ordenaba que cerrasen filas y mantuvieran la formación sobre el campo, o de lo contrario los moros iban a sobrepujarnos. Ocurrió poco antes de que anocheciera. Una claridad que no era de este mundo se abrió paso entre las nubes, un torrente de luz que fue a caer donde más arreciaba la lucha. Alguien gritó: «¡San Jorge!, ¡san Jorge!», y pronto muchos le imitaban. Sentimos como un anhelo extraño, un coraje en medio del pecho que nos hacía respirar con más fuerza, redoblar el vigor de los golpes. «¡Aragón!, ¡Aragón!», gritábamos todos. Recuerdo que mientras los moros huían en desbandada, empezó a llover. Caímos de rodillas, con las costillas rotas y los rostros amoratados por los golpes, y, llorando, le dimos las gracias al cielo.

Miraculum verum fuit –concluyó Esteban, juntando las manos como si fuera a rezar, aunque sin terminar de hacerlo.

Francisco Pradilla y Ortiz - Alfonso I el Batallador

Las nubes se perseguían a horcajadas del viento, dándose caza unas a otras en el azul ultramar del cielo. El rey, ensimismado, guardaba silencio. Acababa de cumplir 44 años, la edad en la que muchos estaban ya muertos, ¿y qué había conseguido? «Hastiarme, Yshaq… mi buen amigo», me reveló una noche, apretándome la mano en la intimidad de su cámara. «He pasado los últimos años de mi vida matando cristianos, que Dios me perdone. Gallegos, portugueses, castellanos… desde la mala hora en la que acepté casarme con Urraca. Dejé mis reinos de la mano para ir a combatir donde no me querían ni me habían llamado, y todo ¿para qué? ¿He acrecentado una vara mis dominios, o he ganado prestigio por todas las batallas que he librado?». Alfonso se encontraba ante una encrucijada, o al menos eso es lo que daba a entender. Se le veía preocupado. Por las noches le costaba conciliar el sueño y, cuando lo lograba, era para caer en un mundo sin pies ni cabeza, en el que un búho tocaba el arpa y el esqueleto de un caballo nombraba caballero a una vaca. Durante aquellas noches en el castillo de Deus-lo-vol no era difícil verlo recorriendo el adarve o asomado al pretil de la coracha, con un rosario en la mano y rezando entre dientes hasta que clareaba la aurora.

Sería de madrugada cuando el rey mandó llamarme. Como en otras ocasiones, quería hablar con alguien sin causar alboroto, espantar de alguna manera aquellas visiones que le perturbaban, y con las que no era posible tratar a espadazos. Os cuento esto, maestro Lanfranco, porque estoy convencido de que sois una persona discreta, que sabrá respetar la memoria de un rey, mi señor, y el secreto de su médico hebreo. El rey estaba sentado en una jamuga junto a la chimenea, con la gran mole de Talos, su perro guardián, tumbado a su lado. Le puse una sanguijuela en cada brazo para equilibrar los humores. Mientras bebía a sorbos una tisana a base de abejera y valeriana, y otras hierbas que no es necesario decir aquí, me contó el último sueño que había tenido, pues «nadie como vos entre estos muros –me dijo– entiende de estas jerigonzas, ni ha leído con tanto aprovechamiento a los sabios antiguos de los griegos y los latinos». Alfonso había soñado con un cuadrilátero de madera, uno de esos que se emplean para dirimir las ordalías, los juicios de Dios por combate. En el centro, metido en un hoyo hasta la cintura, había un caballero con una espada; no llevaba yelmo, pero un almófar con carrillera le cubría toda la cara con la excepción de los ojos. Su rival era un enano, vestido con una badana de cuero verde y un turbante rojo, y armado con una faca y una rodela. El caballero barría el suelo con la espada una y otra vez, pero el enano, a pesar de las apariencias, era ágil y rápido como un mono; saltaba o se retiraba en el último instante, y volvía en cuanto pasaba el peligro. En una de estas, el enano se abalanzó sobre el caballero, bloqueó la espada con el broquel sin que le temblara el pulso y le golpeó con el pomo de la faca en la cara, muy duro, rompiéndole la nariz. El caballero, aturdido, cayó de espaldas, momento que aprovechó el enano para sentarse sobre su pecho e inmovilizarlo. Le arrancó el almófar, amenazándole con rebanarle el garguero si hacía el menor movimiento. «¡Mátame si te place, hijo del diablo! –le gritó el caballero–, ¡acaba de una vez lo que has empezado!». El rey observaba las llamas, que crepitaban lamiendo los leños. Era evidente que todavía estaban muy vivas las imágenes en su memoria. Suspiró, bebió otro sorbo y se volvió hacia mí. «El caballero tenía el rostro lleno de sangre –continuó–, la nariz y los ojos empezaban a hinchársele. Aun así, no me costó reconocer a Pedro, mi hermano… que el Señor lo tenga en su gloria».

En el silencio que siguió a sus palabras latía un interrogante, pero ¿qué podía decirle? Yo no tenía el don de la interpretación de los sueños, como lo había tenido José el patriarca –bendita sea la memoria del justo–, ni tampoco los conocimientos oscuros de la bruja de Endor, que era capaz de hablar con los muertos. Cómo explicarle que si el caballero con el que había soñado era su hermano, quizá el enano no hubiera que ir a buscarlo muy lejos; que era él, en el fondo, quien se veía a sí mismo como un traidor por todos los años que llevaba en guerra con su conciencia, en lugar de hacer frente a los moros, y que si Pedro era un Sansón, un gigante –y desde luego, a sus ojos lo era–, él, a su lado, sólo podía ser el enano.

Los reyes no son hombres corrientes. Si algo aprendí durante todo el tiempo que pasé a su servicio es que se trata de seres singulares, muchas veces desconcertantes, que pueden elevarte hasta la cúspide de la fortuna y, al momento siguiente, empujarte, haciendo que pierdas pie y te descalabres. «Mi señor –dije yo, intentando resultar convincente–, los sueños son tierras etéreas, el lugar del que proceden las sombras. Nos hacen promesas que no siempre se cumplen; creemos poder alcanzarlas, pero en cuanto damos un paso hacia ellas, desaparecen como las ranas en un riachuelo.

»Bebed, acabad la tisana. Es la espera antes de la batalla, la incertidumbre, lo que nos pone a todos nerviosos». Le retiré las sanguijuelas e hice traer a un citarista, un joven escudero que cantaba en provenzal con voz suave, y que a Alfonso le gustaba escuchar mientras reflexionaba.

 

 

Talos levantó su enorme cabeza cuadrada y, bostezando, miró alrededor; una urraca que daba saltitos frente a él salió volando y fue a posarse sobre un gallardete. Le echó un vistazo a las escaleras que bajaban hacia las dependencias, pensando en qué es lo que le apetecía más, si bajar hasta las cocinas en busca de alguna molleja o ahorrarse el viaje y seguir calentándose al sol, olisqueando la brisa que subía del valle. Se estiró, dio una vuelta sobre sí mismo. A punto estaba de dejarse caer de nuevo cuando sintió a su espalda la voz de su amo.

–Mi padre murió a las puertas de Huesca –decía–. Mi hermano conquistó la ciudad tras la victoria en Alcoraz. Tomó Sariñena y Barbastro, pero no pudo entrar en Zaragoza. Ahora hemos llegado nosotros hasta los pies de sus muros. Estamos en la misma situación en la que estuvo él hace tiempo, en la misma plaza desde la que planeó la conquista del valle… ¡Anda, Talos!, ¿qué quieres, pequeño? –le preguntó, rascándole en el cogote.

El perro cerraba los ojillos almendrados y gruñía de gusto, agitando perezosamente el rabo. Se había acercado hasta las almenas con la esperanza de que el rey le diera una manzana, como ocurría a veces. No lo había conseguido, pero tampoco se iba a volver de vacío.

–Todos los pasos que habéis dado os traen hasta aquí. ¡Coraje, Alfonso! –exclamó el obispo, golpeándose la palma de una mano con el puño de la otra–. No será fácil. Los moros están agazapados entre las piedras como escolopendras, pero os garantizo que acabarán por rendirse. Tenemos hombres y catapultas, y levantaremos torres de asedio. Es la voluntad del Señor que vos liberéis Zaragoza.

–Las murallas son fuertes. No, no será fácil. Habrá que luchar como lobos hambrientos y, aun así –el rey señaló con la mirada hacia lo alto–, no nos vendría mal un poco de ayuda.

Esteban se acariciaba las barbas.

–Cuidaos vos de la tierra, que nos –repuso, tendiéndole la mano– ya nos ocuparemos del cielo.

El rey hizo una leve genuflexión para besar el anillo pastoral, una esmeralda engastada en oro y rodeaba por doce rubíes que representaban las doce puertas de la Jerusalén celeste. Esteban era un obispo combatiente, pero también un consejero versado en la política del siglo, de genio vivo, con fama de porfiado e intransigente, y, al decir de sus enemigos –que los tenía, y muchos–, soberbio y pendenciero como el delfín de Francia. Al día siguiente partiría para Benevento, la ciudad italiana donde se había refugiado el papa, perseguido por el emperador del Sacro Imperio a causa de la querella de las investiduras. Le pediría que concediese la bendición apostólica y la remisión de los pecados a todo aquel que tomase las armas por Zaragoza; y si «ese monje rencoroso» se le resistía, porque era «escurridizo como un cerdo untado con sebo», le pondría «la rodilla en el pecho y, ¡por el cráneo de san Lamberto!», iba a arrancarle la bula de cruzada «como un barbero arranca una muela».

Al pasar junto al obispo, Talos le soltó un lengüetazo en la mano y se escabulló escaleras abajo detrás de su amo.

 

 


[1]           Hakim al Barrani, poeta y matemático al servicio de la taifa de Almeriyya, visitó Saraqusta en la primavera de 1077. Figura incierta para la historiografía, de sus obras no se conservan más que algunos fragmentos. En el cartulario del monasterio de San Cucufate de Lecina, en el escolio de un monje desconocido, puede leerse: «Visita de un vasallo del rey de Almería, un árabe de aspecto melancólico, al que fray Apapucio se llevaría de buena gana a su celda. ¡Ay, fray Apapucio!, ¡qué calor me viene al prepuc…! [Un borrón no deja ver lo que sigue]. ¿Por qué no volvéis esta noche a mis sábanas?». Se cree que perdió a su mujer y a sus hijos en el marco de las guerras de frontera. Al Barrani intentó envenenarse, pero fracasó, y se dio con desesperación a la comida. En apenas unos meses no podía levantarse ni caminar sin ayuda. Muhammad al-Mutasim, rey de Almeriyya, condolido por su situación, consultó con el médico de la corte, que le había recetado ejercicio y una dieta severa, y decidió enviarlo en misión diplomática al país de los francos.

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