Nadie


No hay nadie. La puerta lleva cerrada con llave desde las siete de la tarde. Nadie más que el vigilante sentado en medio del pasillo, junto a la puerta metálica; una máquina de escribir, un cenicero con colillas, media docena de fichas de ingreso, un flexo fluorescente que resalta en medio de la oscuridad la mano del vigilante, su reloj de muñeca. Faltan cinco minutos para las doce. No hay nadie en el sótano, nadie en el tanatorio, nadie más que el vigilante del turno de noche, que apoya el codo en la mesa y se queda dormido.

¡Poum! Un golpe. El vigilante se despierta, desconcertado.

Llaman a la puerta.

Classic-Old-Fashioned-Door-Lock

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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