Historias para no dormir


Aparece de repente, con esa bata horrible de franela que no se quita ni para ducharse, y que la hace parecerse cada día más a su madre.

–¿Qué horas son éstas de volver a casa, eh?, ¿qué horas son éstas? –grazna, apuntándote a la nariz con una revista enrollada–. ¡Uf, cómo apestas a…!, ¡a…!

Las llaves se te caen del sobresalto. Al ir a cogerlas, tropiezas con el paragüero y sueltas un juramento.

–¡Como me despiertes al niño, Josinacio!, ¡como me despiertes al niño!

–Oye, Ana Carmen, que yo…

–¡Ni oyes ni ollas!

La puerta se cierra a tu espalda. Te estremeces al pensar que era la única salida.

Estás en sus manos.

 

© DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

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