La biblioteca de Babel

 

¬ęLos caballos de Abdera¬Ľ

Leopoldo Lugones

Leopoldo Antonio Lugones (Villa de Mar√≠a del R√≠o Seco, C√≥rdoba, 13 de junio de 1874 ‚Äď San Fernando, Buenos Aires, 18 de febrero de 1938), poeta, novelista, dramaturgo, historiador y fil√≥logo, fue un hombre de letras completo. Es, junto a Rub√©n Dar√≠o, el principal exponente del modernismo hispanoamericano. Sus cuentos le convierten en precursor y uno de los pioneros de la literatura fant√°stica y de ciencia ficci√≥n en Argentina. En Argentina, la fecha de su nacimiento es considerada el d√≠a del escritor.

 

 

 


 

Abdera, la ciudad Tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.

Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser √ļnica. Los habitantes todos ten√≠an a gala la educaci√≥n de tan noble animal, y esta pasi√≥n cultivada a porf√≠a durante largos a√Īos, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, hab√≠a producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran¬†tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe a√Īadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacci√≥n, ocupaba desde el rey hasta el √ļltimo ciudadano.

Estas circunstancias hab√≠an contribuido tambi√©n a intimar las relaciones entre el bruto y sus due√Īos, mucho m√°s de lo que era y es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extrem√°ndose las naturales exageraciones de toda pasi√≥n, hasta admitir caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dorm√≠an en cobertores de biso; algunos pesebres ten√≠an frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sosten√≠an el gusto art√≠stico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo m√°s hermoso de la ciudad estaba consagrado a An√≥n, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual proveniencia: siendo seguro en¬†todo caso que los bajos relieves h√≠picos fueron el ornamento m√°s com√ļn de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba m√°s decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos cr√≠menes que los volvieron singularmente brav√≠os; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lamp√≥n figuraban en f√°bulas sombr√≠as; pues es del caso decir que los caballos ten√≠an nombres como personas.

Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias, conserv√°ndolas √ļnicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual de comunicaci√≥n con ellos; y observ√°ndose que la libertad favorec√≠a el desarrollo de sus buenas condiciones, dej√°banlos todo el tiempo no requerido por la albarda o el arn√©s en libertad de cruzar a sus anchas las magn√≠ficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Koss√≠nites para su recreo y alimentaci√≥n.

A son de trompa los convocaban cuando era menester, y as√≠ para el¬†trabajo como para el pienso eran exact√≠simos. Rayaba en lo incre√≠ble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de sal√≥n, su bravura en los combates, su discreci√≥n en las ceremonias solemnes. As√≠, el hip√≥dromo de Abdera tanto como sus compa√Ī√≠as de volatines; su caballer√≠a acorazada de bronce y sus sepelios, hab√≠an alcanzado tal renombre, que de todas partes acud√≠a gente a admirarlos: m√©rito compartido por igual entre domadores y corceles.

Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y para decirlo todo en una palabra, aquella humanización de la raza equina iban engendrando un fenómeno que los bistones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo casos anormales que daban pábulo al comentario general.

Una yegua hab√≠a exigido espejos en su pesebre, arranc√°ndolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paneles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el capricho daba muestras de coqueter√≠a perfectamente visible. Balios, el m√°s bello potro de la comarca, un blanco elegante y sentimental que ten√≠a dos campa√Īas militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hex√°metros heroicos, acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, due√Īo del enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se cre√≠a que halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre metr√≥poli.

Se√Īal√°base igualmente casos de infanticidio, que aumentando en forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el c√°√Īamo cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el l√°tigo, por medio del hierro¬†candente. Esto √ļltimo fue en aumento, pues el instinto de rebeli√≥n progresaba a pesar de todo.

Los bistones, m√°s encantados cada vez con sus caballos, no paraban mientes en eso. Otros hechos m√°s significativos produj√©ronse de all√≠ a poco. Dos o tres atalajes hab√≠an hecho causa com√ļn contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos resist√≠anse cada vez m√°s al enganche y al yugo, de tal modo que empez√≥ a preferirse el asno. Hab√≠a animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenec√≠an a los ricos, se defer√≠a a su rebeli√≥n coment√°ndola mimosamente a t√≠tulo de capricho.

Un d√≠a los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue menester constre√Īirlos por la fuerza; pero los subsiguientes no se reprodujo la rebeli√≥n.

Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se hartaron de eso, y se les vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.

Medianoche era cuando estalló el singular conflicto.

De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para asaltarla, pero esto se supo luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.

Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la agresi√≥n; y a√Īadido a esto el conocimiento minucioso que los animales ten√≠an de los domicilios, ambas cosas acrecentaron la¬†cat√°strofe.

Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aun. Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas.

Conmovida de tropeles, la ciudad oscurec√≠ase con la polvareda que engendraban; y un extra√Īo tumulto formado por gritos de c√≥lera o de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezcl√°base uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas, un√≠a su espanto al pavor visible de la cat√°strofe. Una especie de terremoto incesante hac√≠a vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como en r√°faga huracanada por fren√©ticos¬†tropeles sin direcci√≥n y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plant√≠os de c√°√Īamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra de destrucci√≥n. Y por el lado del mar era imposible huir. Los caballos, conociendo la misi√≥n de las naves, cerraban el acceso del puerto.

Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado al interior como vitualla.

Entre los vecinos refugiados circulaban los m√°s extra√Īos rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las puertas, las manadas introduc√≠anse en las habitaciones, atentas s√≥lo a las colgaduras¬†suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y objetos brillantes.¬†La oposici√≥n a sus designios fue lo que suscit√≥ su furia.

Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con √≠mpetu bestial; y hasta se se√Īalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la l√°mpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo ense√Īando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia convertida en fiera, con el resplandor humano y mal√©volo de sus ojos incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer atravesado por la espada de un servidor…

Mencion√°base varios asesinatos en que las yeguas se hab√≠an divertido con sa√Īa femenil, despachurrando a mordiscos a las v√≠ctimas. Los asnos hab√≠an sido exterminados, y las mulas sublev√°ronse tambi√©n, pero con¬†torpeza inconsciente, destruyendo por destruir, y particularmente encarnizadas contra los perros.

El tronar de las carreras locas segu√≠a estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar una salida, por m√°s que el n√ļmero y la fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quer√≠a abandonar la ciudad a la m√°s insensata destrucci√≥n.

Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.

Un brusco silencio precedi√≥ al asalto. Desde la fortaleza distingu√≠an el terrible ej√©rcito que se congregaba, no sin trabajo, en el hip√≥dromo.¬†Aquello tard√≥ varias horas, pues cuando todo parec√≠a dispuesto, s√ļbitos¬†corcovos y agud√≠simos relinchos cuya causa era imposible discernir,¬†desordenaban profundamente las filas.

El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue, si se permite la frase, más que una demostración, pues los animales se limitaron a pasar corriendo frente a la fortaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas de los defensores.

Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y su choque contra las defensas fue formidable. La fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias murallas dóricas quedaron, a decir verdad, profundamente trabajadas.

Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.

Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a docenas; pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa, otros, collares, y pueriles en su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.

De las murallas los conoc√≠an. ¬°Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe ciertamente, irgui√≥se sobre sus corvejones, camin√≥ as√≠ un trecho manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial balisteo, contorneando el cuello con serpentina elegancia, hasta que un dardo se le clav√≥ en medio del pecho…

Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a ceder.

S√ļbitamente una alarma paraliz√≥ a las bestias. Unas sobre otras, apoy√°ndose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos hacia la alameda que bordeaba la margen del Koss√≠nites; y los defensores volvi√©ndose hacia la misma direcci√≥n, contemplaron un tremendo espect√°culo.

Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de le√≥n miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares, cada vez m√°s raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes R√≥dopes. Mas nunca se hab√≠a visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los m√°s altos √°rboles, mezclando a las hojas te√Īidas de crep√ļsculo las gre√Īas de su melena.

Brillaban claramente sus enormes colmillos, percib√≠anse sus ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el h√°lito de la brisa su olor brav√≠o, inm√≥vil entre la palpitaci√≥n del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alz√°base ante el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasgo, contempor√°neo de las monta√Īas, esculpi√≥ sus b√°rbaras divinidades.

Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.

A pesar de su fuerza prodigiosa y de su n√ļmero, los caballos sublevados no resistieron semejante aproximaci√≥n. Un solo √≠mpetu los arrastr√≥ por la playa, en direcci√≥n a la Macedonia, levantando un verdadero hurac√°n de arena y de espuma, pues no pocos dispar√°banse a trav√©s de las olas.

En la fortaleza reinaba el p√°nico. ¬ŅQu√© podr√≠an contra semejante enemigo? ¬ŅQu√© gozne de bronce resistir√≠a a sus mand√≠bulas? ¬ŅQu√© muro a sus garras…?

Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin en una lucha contra bestias civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo sali√≥ de la alameda. No fue un rugido lo que brot√≥ de sus fauces, sino un grito de guerra humano, el b√©lico “¬°alal√©!” de los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los “hoyohei” y los “hoyotoh√≥” de la fortaleza.

¬°Glorioso prodigio!

Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel, resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.

Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:

‚ÄĒ¬°H√©rcules, es H√©rcules que llega!

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